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El periodista José Miguel Ortega. Foto: L. Fraile
El periodista José Miguel Ortega. Foto: L. Fraile

Cuatro siglos de hospedaje en Valladolid

El periodista José Miguel Ortega acaba de publicar un libro en la editorial Maxtor en el que recoge la historia de buena parte de las posadas, paradores, fondas, pensiones y hoteles que hubo en esta ciudad entre los siglos XVI y XX
Laura Fraile
Valladolid

Durante el tiempo en el que todos estos hospedajes permanecieron abiertos éstos se convirtieron en el refugio de centenares de viajeros, comerciantes, artistas y escritores que venían a Valladolid. Sólo han sobrevivido dos: el hotel Roma y el hotel Imperial, pero su historia ya no permanecerá en el olvido gracias a la labor del periodista José Miguel Ortega.

José Miguel es el autor de `Cuatro siglos de hospedaje en Valladolid´, un libro dividido en cinco partes en el que describe con todo lujo de detalles cómo eran estos refugios. En la primera, llamada `Caminos, carreteras y transportes´, este periodista analiza los caminos de postas, el primer plan de carreteras y los modos de transporte, como las literas de un solo pasajero que se usaban para los desplazamientos cortos o las diligencias.

El segundo capítulo de su libro se centra en las posadas. Una de las primeras fue El caballo de Troya, un alojamiento al que le acompaña una leyenda relacionada con la Inquisición. José Miguel también alude en este capítulo a una posada situada en la calle Esgueva cuya historia quedó marcada por el asesinato de una mujer que apareció degollada en una de sus habitaciones.

Decenas de imágenes de la época en la que estos establecimientos permanecieron abiertos se entremezclan con un relato en el que este periodista vallisoletano incluye todo tipo de información: anécdotas, comida que se servía, precio de las habitaciones, servicios que se ofrecían a sus visitantes... También hay alusiones a otros libros como el `Manual para viajeros por España y lectores en casa´ que escribió el abogado inglés Richard Ford. En este libro Richard narraba: "Las posadas españolas son divididas por los ingeniosos en varias clases: las malas, las peores y las incomparablemente peores, aunque al viajero siempre le quedará la opción de ir a una fonda o a un hotel, donde no se admiten caballos, aunque suele haber un encargado de establo, o de alguna posada de menor cuantía en las cercanías, a la que los viajeros pueden enviar los animales".

El tercer capítulo de este libro está dedicado a los paradores. El de las Diligencias, que se inauguró en el año 1832 en la plaza de Santa Ana, servía un menú en invierno en el que no faltaban el cocido, el repollo con carne de gallina, la ensalada de lombarda, el pinchón o el queso de Villalón.

En la plaza de la Rinconada estaba el parador de las Ánimas, un establecimiento situado al lado de otros como los paradores de la Cruz y del Ángel. Los tres fueron derribados cuando el Ayuntamiento decidió construir la Casa de Correos y Telégrafos.

El tramo que iba desde el Arco de Ladrillo al Paseo Zorrilla conducía al parador de la Alegría, un hospedaje que permaneció abierto hasta 1977. Por otro lado, el del Lugués, que estaba situado junto al Puente Colgante y frente al manicomio provincial, se hizo famoso por sus meriendas.

Las fondas, pensiones y casas de huéspedes también tienen su espacio en este libro. La Fonda del Siglo tuvo el privilegio de acoger al escritor y viajero italiano Edmundo D´Amicis, que llegó a Valladolid en el año 1872. Junto al Campo Grande estaba la Fonda del Comercio, un hospedaje situado en la Acera de Recoletos en el que se llegó a realizar una demostración de la Compañía de Bomberos. Completan el capítulo fondas como la de la Estación, la de Perillán o la Fonda Europa, en la que se hospedaban con frecuencia vicetiples y artistas de compañías de revista que acudían a Valladolid para actuar en el teatro Carrión.

En la calle María de Molina estaba la pensión Moderna, que tenía "amplias habitaciones, calefacción central, comedor con mesas independientes, excelente trato, luz eléctrica y timbres en todas las habitaciones", tal y como describe José Miguel Ortega, quien ha utilizado hemerotecas, documentos del Archivo Municipal y testimonios de familiares o antiguos trabajadores de estos hospedajes para documentar este libro.

Uno de los capítulos más extensos de esta obra describe los hoteles que se abrieron al público a partir del siglo XIX. El primero que se inauguró en Valladolid fue el hotel de París, que abrió sus puertas en el año 1859 (por aquel entonces la ciudad tenía 50.000 habitantes). Allí se alojó Blondin, un funambulista que había atravesado las cataratas del Niágara, el Támesis y que, aprovechando su estancia en Valladolid, cruzó la plaza de toros del viejo coso de Fabionelli.

En la calle de Teresa Gil estaba el hotel de Francia, que disponía de una sala para celebrar tertulias y un piano. Allí se alojó la actriz María Guerrero, que solía alquilar una planta entera. En 1913 se celebró allí un banquete homenaje al dramaturgo Jacinto Benavente y en 1930 durmió en una de sus habitaciones la bailarina Josephine Baker, que bailaba charlestón con una falda de plátanos. Hasta Umanuno pasó por este hotel, según indica el periodista José Miguel Ortega.

En 1885 se inauguró el Iberia, en el que se alojaban viajantes, representantes y doctores que aseguraban tener un remedio para la calvicie. "El 14 de febrero de 1914, tres meses antes de que llegase el teléfono a la ciudad...", escribe José Miguel para describir la apertura del hotel Imperial, que se hizo famoso por su buen olor. "Se decía por entonces que arrimándose a las ventanas de la cocina del hotel Imperial, en la calle del Correo, y con un riche y un vaso de vino, bastaba con el aroma para hacer una buena merienda", escribe más adelante este periodista. Pepe Isbert, Lola Flores, Manolo Caracol y el dramaturgo Luis Maté (que murió de un infarto en una de sus habitaciones) pasaron por este hotel, que actualmente permanece abierto.

Otro de los hoteles que no podía faltar en este libro es el hotel Roma, que llegó a alojar al aviador Eddy Arcos `Fantomas´, un estafador internacional que pretendía "permanecer enterrado en un ataúd egipcio a dos metros bajo tierra durante seis días, sin comer ni beber", tal y como escribe José Miguel Ortega en esta obra.

El Gran Hotel Moderno, que estaba en la Plaza Mayor, alojó al novelista Vicente Blasco Ibáñez, Raquel Meller y Concha Piquer. En 1936 el alcalde Antonio García Quintana organizó una feria del libro en sus soportales y en 1965 hubo un incendio que destruyó su cubierta, lo que provocó su cierre.

En este capítulo tampoco podía faltar una referencia al hotel Inglaterra, donde se alojó La Yankee, una artista sevillana que en 1928 acudió a Valladolid para actuar en el teatro Pradera. En 1937, según escribe José Miguel Ortega, el hotel empezó a llamarse Italia y un año después acogió un banquete homenaje al general Queipo de Llano.

`Cuatro siglos de hospedaje en Valladolid´ es el último libro publicado por José Miguel, quien el año pasado presentó por estas fechas la obra `Viejos Cafés de Valladolid (1809-1956). Tertulias, conciertos y varietés´ (Maxtor). En aquella ocasión aludió a establecimientos como el Café del Norte, el Café Royalty, el Café Ideal Nacional o la cafetería Maga. José Miguel también ha publicado las obras `50 años del Real Valladolid´ (1978), `Historia de 100 tabernas vallisoletanas´ (2006), `Valladolid cotidiano´ (2006), `El Templete de la música´ (2008) e `Historia del deporte vallisoletano´ (2013). Este verano tiene previsto publicar un libro llamado `La saga olímpica vallisoletana´ y más adelante otro sobre el Real de la Feria, lo que le permitirá describir cómo han sido los carruseles, circos y barracas que han pasado por Valladolid en los últimos siglos.

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