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Svetlana Alexiévich.
Svetlana Alexiévich.

El particular Inferno de Svetlana Aleksiévich

La autora rusa, galardonada recientemente con el Premio Nobel de literatura, culmina en El fin del “Homo sovieticus” una de las mejores y más originales obras literarias y de pensamiento de estos principios de siglo XXI
Pedro Piedras Monroy
Valladolid

Cualquiera que se acerque a las páginas de El fin del “Homo sovieticus” descubrirá al instante que se encuentra ante una obra profundamente nueva, que rompe paradigmas y estilos, que vuelca el caldero de eso que desde el siglo pasado conocemos como ciencias sociales y que lleva a cabo una narración por completo sorprendente, a la vez magnética, grandiosa y terrible.

A primera vista, la obra se divide en dos partes que recogen testimonios de personas que vivieron en la URSS, tanto en la Rusia actual como en el resto de los países surgidos tras su colapso. La primera parte se centra en los registros realizados entre 1991 y 2001, y la segunda, en los llevados a cabo entre 2002 y 2012. Tan solo una mínima introducción (“Apuntes de una cómplice”) parece delatar la presencia de un autor. Ahora bien, eso es tan solo una apariencia. Bajo el discurrir de los relatos tejidos a partir de las grabaciones originales y las notas dispersas tomadas por Aleksiévich, esta articula una estructura meditada hasta el ascetismo y hace latir una prosa rotunda e incisiva, que nos deja sin aliento y nos remonta de continuo a los más grandes prosistas rusos como Dostoyevskii, Turguieniev, Tolstoi o Chejov. Quien la lea verá que no exagero.

En todo caso, el título de la edición en español es más un obstáculo que una ayuda. Lo que han pretendido con él, emulando a la edición francesa, es dirigir el foco de esta obra hacia el público interesado en cuestiones de historia y politología… incluso de sociología política. Es una opción. Sin embargo, ello hará que la obra pase desapercibida para buena parte de los amantes de la literatura, de la teoría o del pensamiento. El título original ruso Tiempo de segunda mano, mucho más vago y sugerente, oculta ciertamente uno de los objetos centrales de la obra (a saber, ofrecer las múltiples caras del poliedro del tipo de personalidad que se forjó en el ámbito soviético y su destino tras la caída de la URSS) pero deja un espacio abierto para la concurrencia de muchos más lectores… unos lectores de los que dudo que la autora quiera prescindir. Según ella, “El comunismo se propuso la insensatez de transformar al hombre ‘antiguo’, al viejo Adán. Y lo consiguió. Tal vez fuera su único logro. En setenta y pocos años, el laboratorio del marxismo-leninismo creó un singular tipo de hombre: el Homo sovieticus.” (p. 9) Tras la disolución de la Unión Soviética, en cambio, ese espécimen humano siguió viviendo, amando, sufriendo y haciendo sufrir… aunque, tras los cambios, se había “entrado en una época en la que no se vive en un tiempo auténtico sino de segunda mano” (p. 20). Así, un sovietismo zombie compartido por millones de personas trata de reubicarse en una realidad donde ni el pasado ni el presente (ni, sobre todo, el futuro) son estables ni, desde luego, se parecen en absoluto a los de hace tan solo unos años. Más allá de eso, me pregunto si el fenómeno descrito por la autora no nos concierne más de lo que pensamos. No creo que nadie que lea este libro piense que el horror y el vacío que se describen en sus páginas atañan solo al “Homo sovieticus”, del mismo modo que la lectura de Crimen y Castigo no nos remite solo a la problemática del ruso de mediados de siglo XIX sino a la nuestra propia. Todos los que hemos crecido en la dialéctica izquierda-derecha, en paradigmas de ideas sólidas, en un mundo de grandes bloques, ¿no tenemos una dificultad análoga para sobrevivir en este tiempo nuevo? ¿No vivimos acaso también nosotros un tiempo de segunda mano?

1.

La sensación que uno experimenta ante esta obra es la misma que tendría ante un imponente fresco que recogiera en sí el mundo en todas sus contradicciones, con todas sus preguntas sin respuesta, con toda su inagotable carga de amor y de terror. En realidad, puede que la comparación más aproximada sea la del Inferno de Dante… La obra de Aleksiévich porta un mensaje desaforadamente (in)humano, que hace de su lectura una auténtica Saison en enfer, que te trastorna el ánimo y llega a obsesionarte.

En estas páginas, podemos encontrar relatos angustiosos como el del enigmático joven que ansiaba quitarse la vida y acaba haciéndolo a los 14 años; el de uno de los defensores heroicos de la fortaleza de Brest que se suicida tras su última visita a la misma, al caer la Unión Soviética; el de una mujer nacida en un campo del Gulag, donde ni ella ni los otros niños sabían lo que significaban palabras como “caramelo” o “papá”, y educada luego como hija del Régimen; el del mariscal Ajromeiev que también se suicida al considerar que el mundo por el que había luchado desaparecía, y cuya tumba será expoliada para robarle el uniforme y las condecoraciones; el de la familia que hubo de vivir con el cadáver de la abuela por carecer de medios para enterrarla con dignidad y que finalmente lo conseguirá a costa de caer en manos de redes mafiosas que la desahuciarán y la abocarán a la mendicidad; el de una madre asesina y corrupta, que tras matar a su marido, convierte la vida de sus hijas en una verdadera película de terror; el de Karagandá, la ciudad que nació sobre un campo del Gulag; la de la chica armenia y el chico azerí que se enamoran y se casan en mitad de las matanzas que se infligen sus respectivos pueblos; el de la joven policía rusa que fue linchada en Chechenia por sus propios compañeros; o el de la joven manifestante de Minsk que participó en 2011 en la conocida como “Revolución de los niños” y vivió episodios represivos idénticos a los de la URSS… etc., etc… Unas auténticas Mil y una noches atroces y descorazonadoras del mundo post-soviético narradas con una fuerza inusitada que obsesiona al lector y le impide despegarse de sus páginas.

2.

A través de las múltiples voces que aparecen en el libro de Aleksiévich, podemos distinguir ideas y temas decisivos desde los que acceder al presente y al pasado reciente de lo que fue la sociedad soviética. La recurrencia de algunos elementos permitirá, al mismo tiempo, percibir el peso social específico de determinadas ideas, y el valor global de facto de algunas circunstancias.

Entre las ideas más extendidas entre los homo sovieticus está la de que el pulso contra los países capitalistas se perdió por el deseo de alcanzar el colorido occidental o bagatelas como los pantalones tejanos o el salchichón. Frases como “Su Alteza el Embutido ganó la guerra” (p. 223) o “Cambiaron el socialismo por unos plátanos y unos chicles.” (p. 429) resultan del todo elocuentes.

“¿Acaso alguien se cree que este país se hundió porque la gente descubrió la verdad sobre el Gulag? Eso lo creen los que se dedican a escribir libros. Pero la gente de a pie no vive preocupada por la historia. Sus vidas son mucho más elementales: enamorarse, casarse, ver crecer a sus hijos… levantar una casa. La desaparición de la URSS se debe a la escasez de botas de mujer y papel higiénico. El país se hundió porque no se vendían naranjas… ¡Y por esos malditos pantalones tejanos!” (pp. 66-67)

A lo largo de todo el libro, asistimos a la naturaleza del drama de la decepción por las expectativas frustradas después de la perestroika y la “revolución” de 1991. Unos explican entre lágrimas su sentimiento de ridículo por haber creído en el socialismo, al tiempo que lo echan de menos y otros muestran su inadaptación al nuevo estado de cosas, lo que en una gran cantidad (¡terrorífica!) de casos extremos acaba en suicidio. Los hay que señalan su frustración por los libros, que en la era soviética sustituían a la vida y que después han perdido

todo valor… o, al contrario, echan de menos el papel que esos libros desempeñaban en aquella sociedad como modelo frente a los únicos referentes actuales del dinero y el lujo. La búsqueda del dinero, según la mayoría, ha transformado el sueño soviético en una sociedad que tan solo se dedica al mercadeo; y la del lujo lleva a circunstancias tan asombrosas como que la propia Duma cuente, en sus pasillos, con una joyería de alto standing (p. 584) . En todo caso, se constata el fin de los intelectuales. Algunas opiniones recelan y dicen que en este proceso tan solo se ha dado la circunstancia de que unos comunistas han juzgado a otros… sin haber más donde elegir; o plantean el hecho de que Rusia siempre necesitará un Zar, se llame Nicolás, Stalin o Putin. Al mismo tiempo, el desencanto sea con el régimen soviético, con Gorbachov, con Yeltsin o con la democracia es una de las constantes en la mayor parte de los discursos, mientras entre los jóvenes de hoy en día se extiende una especie de neo-estalinismo que lleva a considerar al dictador soviético como una instancia deseable frente a la injusticia presente. Lo mismo ocurre con el antisemitismo o la xenofobia, cada día más rampantes y más incontrolables. Uno de los entrevistados repite a menudo la idea de que “el hacha sobrevive a su dueño” (p. 383) y así aunque haya caído el viejo régimen de los verdugos, la amenaza de la violencia, la opresión y el horror sigue en estado latente, lista para aflorar a la menor ocasión. De todas formas, es raro el caso en el que no aparece un chiste que ilustre el discurso, a modo de sanción del mismo. “El comunismo es como la ley seca: una buena idea que no funciona.” (p. 186)

No obstante, pocas cosas impregnarán más la memoria del lector que las numerosas imágenes monstruosas de violencia y torturas inhumanas que atraviesan estas páginas. Tales imágenes no procederán – como pueda pensarse – de la época del Gulag sino que se repartirán de forma sorprendentemente uniforme desde ese momento histórico hasta la actualidad: por ejemplo, cómo uno de los castigos ejemplares en los campos era rociar con agua helada a algunos presos a la intemperie y dejarlos como estatuas heladas hasta la llegada de la primavera, o cómo a los intelectuales se les hacía comerse sus propias heces, pero también cómo a algunos tayikos los ataban a los árboles y los decapitaban después… Esa violencia ha pasado de forma natural de la vieja URSS a la nueva Rusia, Tayikistan, Azerbaiyán, Armenia, Georgia, Abjazia, Chechenia o Bielorrusia y en cada una de estas geografías muestra una facies semejante, como una impronta aprendida de modo subconsciente y aplicada espontánea e implacablemente cuando las circunstancias lo permiten.

Entre todas las formas de violencia que se describen dentro de esta obra, destaca de modo particular (¡cómo no!) la ejercida contra las mujeres, una violencia sostenida en el tiempo y extendida en el espacio. Los heroicos partisanos antinazis tenían esclavas sexuales, que recibían un tiro en cuanto se quedaban embarazadas. Lo mismo rusos que chechenos, armenios o azerbaiyanos, abjazos que georgianos… el primer blanco sobre el que descargarán toda su crueldad serán las mujeres. Algunas descripciones resultan solo a duras penas superables como el asesinato de embarazadas, a las que luego se saca el feto de un modo salvaje, con barras, para acabar con él de forma inhumana… La mayoría de las mujeres ha soportado estoicamente esa violencia pero muchas serán aniquiladas en cuanto se resistan (como en el caso de la agente de policía desplazada a Chechenia ya citada).

“Se emborrachó y le dio un ataque de celos. La pateó, la pinchó con un tenedor. La violó después de muerta… No sé si se emborrachó o se drogó… A la mañana siguiente acudió al trabajo y dijo que su mujer había muerto. Le dieron algo de dinero para el funeral. El dinero se lo entregó a mi sobrina y se fue a la comisaría a entregarse. La niña vive ahora conmigo.” (p. 552)

Una pregunta late en el fondo del relato de Aleksiévich: “¿Dónde se escondía tanta crueldad?” (p. 325) La cuestión es compleja en grado sumo y la respuesta ha de sondearse a lo largo de todo el libro. Algunos entrevistados ven las raíces de esa crueldad en el culto a la violencia que se practicaba en la URSS. Así, los propios familiares de víctimas de atentados, como el del metro de Moscú del 6 de febrero de 2004, plantean de un modo sorprendentemente cerebral que si ellos mismos habían considerado héroes a terroristas con muchas muertes a sus espaldas, bien revolucionarios bien partisanos bien patriotas… cómo justificar que, por ejemplo, el terrorismo checheno sea, en cambio, peor…

Uno de los elementos que acompaña en todo momento a la violencia es el miedo. El miedo permea una buena parte de los relatos. La omnipresente experiencia del esconderse de una amenaza mortal o de formas de tortura horrendas, convierte a estos textos en ocasiones en una verdadera prueba para el lector. De ese modo, no sorprende que desde las propias citas iniciales aparezca la idea de que, en la época soviética, la frontera entre verdugo y víctima se volvería del todo difusa. En pocas ocasiones, como en este libro, pueden leerse testimonios de verdugos; a buen seguro porque estos se saben productos de un sistema que se dedicaba a convertir de forma masiva a las víctimas en verdugos: al individuo se le planteaba la disyuntiva entre ser verdugo o víctima y siempre parecía más rentable ser lo segundo. “Los verdugos se contaron por millones” afirma una entrevistada (p. 356). Hasta las propias víctimas, obligadas bajo torturas a delatar a gente inocente, acababan cambiando su condición de forma natural.

“Antes me preguntaste – yo se lo había preguntado - hasta cuándo un hombre seguía siendo un hombre. Te lo diré: hasta que le metes la pata de una silla por el culo o una lezna por el escroto. Entonces deja de ser un hombre… Ja, ja, ja… De inmediato, no hay más. ¡Se convierte en una mierda!” (p. 383).

No obstante, en mitad del horror, la violencia absoluta, el miedo o el asco y, en ocasiones, a partir de esos mismos elementos, encontramos por todas partes una belleza que, en el toque sutil de Svetlana Aleksiévich, nos transporta a las mejores páginas de Dostoyevskii, Tolstoi o Bunin… una belleza que como la flor del loto surge del fango y la inmundicia y se mantiene limpia y pura. Para muestra, un botón:

“Los deportados bajamos del tren en las afueras de la ciudad. Junto al lago. Vivíamos en el subsuelo, en viviendas cavadas en la tierra. En una de ellas nací yo. Y en ella crecí. Desde siempre, para mí la tierra huele a hogar. Gotea el techo, se descuelga un terrón que rueda hasta llegar a mi lado. ¡Es una rana! Pero yo soy una niña muy pequeña aún y no sé a qué se le debe temer. Duermo acompañada de dos cabritos en la litera de arriba. Me calientan. La primera palabra que pronuncié fue beee. Solo después aprendí a decir ma y, más adelante, mamá. Vladia, mi hermana mayor, recuerda cuánto me sorprendía que las cabras no hablaran nuestra misma lengua, mi estupor. Porque las consideraba mis iguales. Compartíamos un único mundo, un mundo que formaba un todo indivisible. Tampoco ahora concibo distancia alguna entre nosotros, entre los hombres y los animales. Les hablo y me entienden… Los escarabajos y las

arañas también fueron parte de mi infancia… Escarabajos coloreados con tanta gracia… Fueron mis juguetes. Cuando llegaba la primavera, juntos nos arrastrábamos a tomar el sol y reptábamos por la tierra en busca de alimento. Nos calentábamos. Y en invierno nos apagábamos como los árboles, entrábamos en hibernación para olvidarnos del hambre. Yo me eduqué en mi propia escuela y no fueron solo los humanos los que me dieron clases. Soy capaz de escuchar a los árboles y a la hierba. Y nada me interesa más en la vida que los animales. ¡Me apasionan! ¿Acaso puedo ignorar aquel mundo en el que crecí? ¡Por supuesto que no! De repente, ¡El sol! ¡Había llegado el verano! Y subo a la superficie donde me espera una belleza alucinante, pero nadie me da de comer. La naturaleza se despereza y murmura; los colores embellecen el paisaje. Avanzo llevándome a la boca cada brizna de hierba que encuentro a mi paso. Y las hojas, las florecillas, las raíces… Un día me empaché de comer beleños. ¡Por poco me muero! Mi memoria guarda escenas, paisajes enteros… Recuerdo la montaña Barbazul y el tono azulado que la coloreaba. La luz bajaba por su ladera izquierda hasta iluminarla toda. ¡Era un verdadero espectáculo! Me temo que me falta el talento necesario para describirlo. Para resucitarlo. Las palabras no son más que un complemento que busca trasmitir un estado para despertar nuestros sentimientos. Las rojas amapolas, las azucenas, las peonías… Todas abriéndose de golpe ante mis ojos. Bajo mis pies.” (pp. 305-306)

3.

Uno de los elementos más llamativos de esta obra maestra es su compleja arquitectura fundada en una concepción del texto radicalmente polifónica. Algunos individuos tejen un discurso continuo que, al hacerse texto, apenas tiene cortes… aquí y allá un momento para el sollozo o para el silencio. En otras ocasiones, los entrevistados interpelan, juzgan y hasta critican a la autora-entrevistadora, que solo rara vez interviene para desdecir o apostillar. A veces, se establece un diálogo; y a veces, el diálogo se convierte en una conversación de cocina, emblemático y casi único reducto íntimo de la libertad de expresión en el mundo soviético. Esos intercambios a varias voces, en interiores, en la calle o en manifestaciones redundan en el carácter bajtiniano de la obra.

A menudo, la propia lógica del texto nos muestra cómo los azares de una entrevista nos llevan de una madre a su hijo, por ejemplo, y acabamos descubriendo que cada una de las historias que se van desvelando como en un juego de muñecas rusas se hace cada vez más alucinante y más intensa.

En todas las intervenciones, en todo caso, se habla desde la perspectiva de la memoria. Sin ninguna duda, este es además un ejemplo paradigmático de lo que, en otro lugar, denominé Nueva Memoria Textual (NMT [http://www.unizar.es/historiografias/numeros/8/piedras.pdf]): un tipo de texto nuevo que se funda en la memoria con todos sus límites y posibilidades y cuyo trabajo formal (literario, gráfico, plástico o del tipo que sea) lo convierte en una posibilidad diferente a la hora de acercarse al pasado.

Es cierto que la memoria fluye a menudo desde la oralidad, pero no es menos cierto que el impacto que produce en nuestra sociedad se plasma ante todo en textos. Tan solo un replanteamiento de la forma en que se organizan esos textos permitirá su visibilidad dentro de

la tupida selva textual de la actualidad. Ahora no basta con publicar un relato interesante de la memoria … es esencial mostrarlo de un modo que le haga al potencial lector – un lector que hasta hace poco solo contaba con libros de historia – arrojarse sobre él. De ese modo, la memoria textual está llamada a redibujar el mapa del conocimiento en lo que desde el siglo pasado hemos conocido como ciencias sociales. En el campo de la historia, puede constatarse desde hace mucho (¿Quién no recuerda El Queso y los Gusanos de Carlo Ginzburg?) que la vieja pretensión de creación de relatos omniabarcadores que den cuenta de una realidad concebida a vista de pájaro, que habla de procesos y de estructuras, ha ido empezando a dejar paso al detalle íntimo y la experiencia individual para dar cuenta precisamente de grandes procesos. De ese modo, es como los individuos que entran en contacto con esos relatos son más capaces de entender y de captar la complejidad de las circunstancias que describen los libros de historia. Sin salir del ámbito de los estudios de historia contemporánea rusa, ello puede verse con claridad en la peculiar forma de contar del extraordinario historiador Orlando Figes en obras como La revolución rusa: la tragedia de un pueblo (1891-1924) (Edhasa, 2001), El baile de Natacha: Una historia cultural rusa (Edhasa, 2006), Los que susurran: La represión en la Rusia de Stalin (Edhasa, 2009) o Crimea. La primera gran guerra (Edhasa, 2014) o Una palabra tuya. Amor y muerte en el Gulag (Edhasa, 2015). En Figes, lo general se indaga ante todo desde la perspectiva del individuo.

Lo sorprendente de El fin del “Homo sovieticus” es que cuando pensábamos que era la Historia convencional la principal afectada por la fuerza de los relatos procedentes de la memoria, Svetlana Aleksiévich nos hace ver que la Sociología también ha de prepararse para replantear su discurso ante la arrasadora incursión formal de relatos como el que ha construido la autora bielorrusa. Detrás de esta obra hay toda una compleja elaboración sociológica que desarmando el discurso hiperconceptual propio de la sociología teórica apela a una construcción alternativa, menos discursiva y radicalmente intuitiva a la hora de alcanzar la comprensión, el Verstehen del que hablaba Max Weber.

4.

Las búsquedas de Svetlana Alexiévich no obedecen a ningún discurso histórico y, en ese sentido, han de ser diferenciadas de los modelos más convencionales de historia oral. Cuando, por ejemplo, Ronald Fraser lleva a cabo su formidable obra Blood of Spain: An Oral History of the Spanish Civil War (Pantheon, 1979), traducida al español como Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española (Crítica, 1979), organiza con una cronología escrupulosa la secuencia de acontecimientos históricos e inserta – como en la base de un puzzle – los recuerdos de los testigos en los momentos correspondientes. Si bien es verdad que, en nuestra autora, hay una cierta voluntad de ordenamiento temporal, está más preocupada por sacar a la luz los temas que preocupan y obsesionan a los entrevistados en el momento de la entrevista que el que estos desplieguen un relato circunscrito a determinados acontecimientos históricos concretos. Así, algunos de los relatos de la primera parte en realidad se remontan a la época de la guerra, al estalinismo, al Gulag y hasta a la época revolucionaria, sin guardar un orden aparente con la problemática principal del momento histórico descrito, pero revelando con ello cuáles son los traumas, los recelos y los miedos latentes que a veces superan con creces las evidencias que se deducen de los trabajos históricos. En ese sentido, si cabe, la segunda parte, cuyo “trabajo de campo” acaba en 2012

resulta aún más reveladora a la hora de establecer las líneas a través de las cuales el pasado conecta con el presente.

“Yo observo el mundo con ojos de escritora, no de historiadora.” (p. 14). Sin duda, Aleksiévich no busca lo histórico sino lateralmente; podría decirse incluso que lo histórico es un residuo natural de su propia pesquisa. En los testimonios que recoge hay un componente enorme de azar, tanto en el fluir del discurso de los entrevistados como en el descubrimiento de nuevos protagonistas de la narración. El método de la autora puede percibirse a la perfección en uno de sus apartes en cursiva, que se sitúa entre dos momentos diferentes de conversación.

“Unos años más tarde volví a visitar la ciudad de N. (omito su nombre por expreso deseo de mi entrevistado). Le llamé por teléfono y nos citamos. Lo encontré enamorado y feliz. Y me habló de su amor. No pensé en poner en marcha la grabadora desde el principio para poder captar así el momento del tránsito de la vida, de la vida más simple, a la literatura, un momento que siempre vigilo tanto en las conversaciones particulares como en las corales. No obstante, a veces dejo de estar vigilante y se me escapa alguno de esos momentos en que ‘un pedacito de literatura’ asoma de repente, a veces en el lugar más insospechado. Así sucedió esta vez. Sigue lo que alcancé a registrar…” (p. 509)

Está claro que la búsqueda de la autora es una búsqueda literaria, aunque me atrevería a decir que no en el plano convencional en el que suele usarse este término. Para Aleksiévich, la literatura es una forma de conocimiento, más complejo y profundo. Sin el extraordinario talento de esta autora como narradora y sin lo arriesgado de la forma que plantea, esta obra no podría haber alcanzado su asombrosa fuerza y su desbordante nivel artístico.

Del mismo modo que Apuntes de un Cazador, Almas Muertas, Crimen y Castigo o Guerra y Paz trastornaron la vida y la imaginación rusas, dudo que Rusia o los otros países exsoviéticos puedan seguir igual después de la publicación de este libro. Por otro lado, no puedo imaginarme un ejercicio igual en el pétreo ámbito de nuestras letras.

Y de ningún modo podrá decirse que la autora exhibe una visión sesgada o que no ofrece un arco variopinto de experiencias y opiniones. En absoluto. Ahora bien, resulta sorprendente de veras que opiniones y análisis radicalmente dispares y puntos de partida del todo opuestos lleguen a menudo a conclusiones tan análogas entre sí como las que aparecen aquí. Aleksiévich no parece en ningún momento interesada en impartir doctrina porque no hay doctrina que impartir, tan solo pretende mostrar la insondable dimensión y complejidad de la encrucijada histórica, social y psicológica que se abre para una población de tantos cientos de millones de personas.

 

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