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Luis Díaz Viana. Foto: Laura Fraile
Luis Díaz Viana. Foto: Laura Fraile

Luis Díaz Viana: "Se ha producido una renuncia al lugar, al tiempo y a la memoria propios"

El antropólogo vallisoletano/zamorano Luis Díaz Viana llenó el salón de actos del Palacio de Villena del Museo de Escultura para hablar del paisaje con su conferencia De aquí a un poco más allá del paisaje: los escenarios sin memoria de la sobremodernidad
Javier Dámaso
Valladolid

El antropólogo vallisoletano/zamorano Luis Díaz Viana llenó el salón de actos del Palacio de Villena del Museo de Escultura para hablar del paisaje con su conferencia De aquí a un poco más allá del paisaje: los escenarios sin memoria de la sobremodernidad.

Presentado por María Bolaños, comenzó por definir el paisaje de acuerdo con el diccionario como la “extensión de un campo que se ve desde un sitio”, para adentrarse de inmediato en su carácter de construcción humana, de mirada sobre la naturaleza, donde se concede “relevancia a la experiencia visual”. Desde esta perspectiva, la aproximación antropológica ofrece una atalaya privilegiada, pues persigue descubrir el carácter humano del paisaje, la huella del hombre en la construcción del entorno que se percibe con la mirada. “Cualquier paisaje, hoy, constituye un itinerario de modelos o escenarios fracasados”, afirmó.

Su reflexión antropológica está completamente alejada de la perspectiva folclorista, que sirve, con su defensa ciega de lo propio, como banderín parroquial para el consumo político local y provinciano. No en balde Luis Díaz escribió un libro magnífico, alegato contra esa mirada folclorista estrecha e interesada, que fue Los guardianes de la tradición (Sendoa Guipúzcoa, 1999).

Con ejemplos de Viana de Cega y de Tierra de Pinares, la tierra de su infancia y de su residencia actual, fue mostrando la doble dimensión material y cultural del paisaje. Material, por el entorno de un espacio que muestra las huellas humanas: “Por todas partes uno se tropieza con los vestigios de la modernización que no prosperó, de la revolución industrial que no se hizo, de las reformas fracasadas de un sector agrario que se tragó las subvenciones europeas pero que nunca acabó de modernizarse”.

Cultural porque es la construcción humana, la creación del relato, la que conforma el sentido del paisaje, que se pierde a medida que se pierden las referencias culturales por la sobremodernidad: “los paisajes no suelen ser la naturaleza sino más bien lo que los humanos van haciendo con ella”. “La poética y narrativas populares del presente nos advierten de las consecuencias de aquellos embustes de la “Nueva Era”, convertidos –hoy- en supuestos programas científicos y políticos a falta de un “metarrelato” mejor”. (…) ¿Qué quiero decir con esto? Pues que los paisajes han dejado – efectivamente- de ser "escenarios de acontecimientos" (como dijo Virilio), en los que aquello que ocurría siempre parecía buscar un sentido, para irse convirtiendo en "no lugares", “paisajes sin memoria” o "paisajes dislocados" donde tiempo y lugar divergen; donde las cosas “suceden” o “caen” sin la aparente responsabilidad de nadie.

Una suerte de “aculturación” general, como diría el antropólogo peruano José María Arguedas, fruto de la aceptación acrítica de la sobremodernidad. ¿Y qué es la sobremodernidad? Aunque Luis Díaz no la definió, en ella están sin duda el fetichismo tecnológico y la lógica del progreso que impera en nuestras sociedades, es decir, la lógica de nuestra economía, el nuevo dios y becerro de oro que hoy rige nuestras vidas y que, como reiteraba Luis Díaz como criterio de análisis, nos aleja de “lo humano”: “un modelo conservacionista de la naturaleza, de los paisajes y del campo ha dejado a las gentes que aún viven en éste como figuritas de un Belén, presas en postales que algunas administraciones mantienen ahí para ser visitadas”.

La pérdida de la memoria, la “aculturación”, se traduce también en la pérdida de los nombres de los lugares. Los jóvenes se extravían porque ya no saben identificar el territorio porque no saben nombrarlo, han olvidado la identidad de los espacios. Por eso saber el nombre de lo que nos rodea es vital, porque lo hacemos nuestro.

Por último se planteó la pregunta de cuál debe ser el modelo de gestión del territorio, del paisaje y se respondió que una combinación de uso de ocio y turismo y de reactivación de determinadas actividades económicas, incluso industriales, que ya fueron rentables y beneficiosas en el pasado. Todo ello con dos condiciones. Primera, que la intervención en el entorno sea integral, contemplando tanto los aspectos medioambientales como los antropológicos, “ya que hombre y paisaje no son separables”. Segunda, que se haga desde dentro, pues “la mejor gestión sobre tales territorios es casi siempre la que se hace desde el interior de los mismos”.

La conclusión partió de una afirmación implacable: “Se ha producido una triple negación de los elementos que nos anclaban a un territorio, a una época y al legado de las gentes que nos precedieron. Una renuncia al lugar, al tiempo y a la memoria propios”.

La clave, en conclusión, pasa por recuperar la dimensión humana de las cosas: humano, demasiado humano.

 

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