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Un hombre habla con su teléfono móvil. Foto: últimoCero
Un hombre habla con su teléfono móvil. Foto: últimoCero

OPINIÓN: Ictus a Mansalva

El biólogo Alfonso Balmori relaciona el uso de teléfonos móviles con el aumento de la incidencia de casos de ictus cerebrales
Alfonso Balmori
Valladolid

La precisa definición del diccionario de la Real Academia Española califica
el ictus como un «cuadro morboso que se presenta de un modo súbito y
violento, como producido por un golpe». Con un aumento en su incidencia del
40% desde 1998 y una cifra nada desdeñable de 120.000 nuevos casos cada año
el ictus, también llamado infarto cerebral y accidente cerebrovascular, ha
ido ganando posiciones en la siniestra clasificación de causas de muerte en
España, hasta situarse en primer lugar para las mujeres, superando a
dolencias como el cáncer y el infarto de miocardio, y manteniéndose en
segunda posición para el conjunto de la población.

El doctor Jaime Gállego, coordinador del Grupo de Estudio de Enfermedades
Cerebrovasculares de la Sociedad Española de Neurología (SEN), ha lanzado
la alarma, insistiendo en que la actividad preventiva es el único medio para
reducir su incidencia y que se debe actuar sobre los factores de riesgo que
contribuyen al desarrollo de la enfermedad, especialmente la hipertensión,
la diabetes, el colesterol y la obesidad. Achaca el aumento al progresivo
envejecimiento de la población y al abandono de hábitos de vida saludable,
recomendando hacer ejercicio físico, controlar el tabaco y el alcohol.
En el mundo la situación no es mejor. En un artículo publicado el mes
pasado en la prestigiosa revista “The Lancet” los investigadores señalan
un aumento alarmante del 25 % en el número de casos de ictus entre las
personas de entre 20 y 64 años en los últimos 20 años, constatando que su
incidencia afecta cada vez más a jóvenes y a personas de mediana edad y
pronostican que la discapacidad y la muerte prematura por esta causa se
duplicará en todo el mundo para el año 2030.

En la década de los noventa empezó a generalizarse el uso de los teléfonos
móviles en el mundo. En 1998 menos del 10% de la población tenía móvil y
a partir de ese momento su tendencia ha sido exponencial. En mayo de este
año había 6.800 millones de contratos de móviles en el mundo y se prevé
que el próximo año superará al número de personas (hay países como Omán
con 1,6 móviles por persona). Ahora ya se sabe: al que no lo tiene, en el
mejor de los caso le miran con un rictus de sorpresa y en el peor no puede
realizar alguna tramitación oficial para la que se le requiere ineludiblemente su número.

Una de las primeras lecciones que se aprende en estadística es que los
hallazgos de correlación entre dos variables no deben ser necesariamente
interpretados como un indicio de causalidad; por tanto puede parecer
arriesgado y especulativo relacionar ambas tendencias (la de móviles y la de
ictus). A principios de este año, la Agencia Europea de Medio Ambiente hizo
público y accesible a través de su página oficial el segundo volumen del
documento  “Late lessons from early warnings”, algo así como
“Lecciones tardías de alertas tempranas” que ha pasado bastante
inadvertido. Este voluminoso trabajo de más de 700 páginas recorre, entre
otros,  temas tan jugosos como la manipulación de las investigaciones por
parte de la industria del tabaco, o un capítulo dedicado al aumento del
riesgo de tumores cerebrales por el uso del móvil. Dicho capítulo señala
en su introducción que los beneficios de las telecomunicaciones móviles son
muchos, pero que deben ir acompañados por la consideración de la
posibilidad de daños masivos y que las acciones preventivas para reducir
exposiciones en la cabeza limitarían el riesgo de tumor cerebral y otros
posibles daños que puedan existir. Este capítulo señala la resistencia de
la industria de la telefonía móvil a considerar los diversos estudios
existentes y a tener en cuenta la clasificación de la Agencia Internacional
de Investigación del Cáncer de la OMS (que declaró en 2011 las
radiofrecuencias  que emite el móvil como posible carcinógeno en humanos).
Alude asimismo a la ineficacia de los medios de comunicación para la
presentación al público de una información rigurosa y consistente sobre
sus posibles riesgos para la salud. Los autores del capítulo, reconocidos
expertos mundiales en la materia, se lamentan de que la clasificación de la
OMS tampoco parece haber tenido un impacto significativo en la percepción de
los gobiernos frente a su responsabilidad de proteger la salud pública ante
esta fuente generalizada de radiación.

Intentando cerrar el círculo puede ser relevante señalar que durante los
últimos años se han publicado varios estudios de impacto que vinculan la
radiación electromagnética a problemas en el sistema circulatorio, la
diabetes y la tensión arterial, como hemos visto antes, reconocidos factores
de riesgo del ictus (a otros agentes se les ha puesto en la picota por
bastante menos). Algún sesudo investigador debería analizar esto en
profundidad, aunque en ese caso deberá enfrentarse a los voceros de las
operadoras que rápidamente saldrán, cual can en defensa de su hueso, para
echársele al cuello, como puede pasarme a mí por escribir esto. Tal vez en
el futuro, aquella imagen clásica de la muerte disfrazada de negro cargando
una guadaña, aparatosa herramienta en desuso, sea sustituida por un móvil,
adminículo bastante más ligero, discreto y sutil.

Alfonso Balmori es biólogo.

 

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