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OPINIÓN: Viva el alcohol, muera la cultura

C. Chávez
Valladolid

La última oleada policial contra locales culturales de Valladolid, a propósito de una ley de espectáculos caótica e ignorante de la realidad, ha certificado una vez más que hartarse de alcohol recibe más comprensión y apoyo por parte de las instituciones que una obra de teatro, un concierto o una exposición.

Emborracharse, incluso bañarse en alcohol durante las fiestas de la ciudad, está bien visto y perfectamente delimitado. Pero que nadie lea un poema en voz alta en un café, que nadie saque ni una guitarra española para cantar a viva voz, porque podrán aparecer ocho policías, incluyendo nacionales de paisano, para suspender este acto ilegal y multar al criminal organizador con hasta 30.000 euros.

La ley de espectáculos de Castilla y León de 2009, ese puzzle equivocado que podría ser fruto de un día de resaca de un par de barrigudos de copa y puro, es la encargada de regular las actividades culturales en la región, y el ayuntamiento es quien vela por su cumplimiento y por la manera en la que se aplique, lo que provoca continuos peloteos entre una y otra institución, el desconcierto de los ciudadanos, que no saben a quién dirigir sus quejas, y la muerte, por omisión de socorro, de las manifestaciones artísticas.

Cuando hablamos de la muerte de las manifestaciones artísticas, me refiero a la pérdida de nuestra identidad cultural, eso de lo que tanto se habla en mítines y tertulias sin saber qué significa. Me refiero a la desaparición irremisible de aquello propio de nuestra forma de ver, sentir y pensar el mundo, como españoles, catalanes, castellanos o lo que sea, es decir, seguidores de la cultura greco-latina, germen de la civilización europea.

No son dramáticas mis palabras ni grandilocuentes, simplemente son la constatación de un hecho. Los posibles y futuros Buñueles son abortados en favor de la hamburguesa de Hollywood, los Delibes no llegan a nacer a causa del último bestseller sueco.

Sabemos que también hay representantes ciudadanos que sí están dispuestos a promover y a apoyar este germen. Son ellos los que, aprovechando su lugar preeminente, deben dar el siguiente paso, sin ceder al miedo, para ayudar a hacer de Valladolid una auténtica ciudad de la cultura. Cuando miles de personas han emigrado de Valladolid y de la región en el último año por la falta de perspectivas laborales, cuando nuestra comunidad muere en un lento coma por la desoladora falta de ideas y creatividad de los que toman decisiones, no se puede despreciar, ningunear u obstaculizar una de las poquitas cosas interesantes y esperanzadoras que ha sucedido en los últimos años en la meseta: un incipiente movimiento cultural independiente que está consiguiendo aunar a los mejores artistas, de aquí y de fuera, promover un tejido cultural inteligente, extender una red participativa y situar el nombre de Valladolid en el panorama artístico nacional.

Desde hace más de 30 años, una parte esencial del arte en la ciudad se ha gestado y desarrollado en pequeños locales (bares y cafés) con inquietudes culturales. En realidad, así ha pasado siempre en toda Europa desde el siglo XIX. Todos los artistas empezaron a darse al público en un pequeño café o una minúscula sala de exposiciones. Pero en todo este tiempo, los representantes ciudadanos no han querido trabajar seriamente y con esfuerzo para legislar de acuerdo a la realidad.

Como quien quiere parar el mar, en lugar de hacer una ley que ordene lo que ya existe, pretende que lo que ya existe se ordene según una ley, no se sabe si por vaguería, ignorancia, alejamiento de la realidad o por mala fe.

En un momento en el que a todos los políticos se les llena la boca con palabras como “emprendimiento”, “innovación” y “apoyo a los jóvenes empresarios”, hay que ser muy corto de entendederas para no darse cuenta de que todo ese movimiento cultural de Valladolid proviene de la iniciativa de los pocos jóvenes que quedan (apoyados por algunos experimentados) que arriesgan su dinero propio (no hay subvenciones, no hay mecenas) y se exprimen la cabeza para crear un tejido artístico donde se pueda experimentar y generar las mejores ideas, aquellas que nos puedan ayudar a darnos respuestas a nuestros problemas, a salir de la crisis, a establecer también una economía basada en la inteligencia, la creatividad y la colaboración, aquellas manifestaciones culturales que nos hagan pasar un buen rato y se postulen como alternativa al pelotazo de alcohol y el becerrismo de madrugada.

Así, no creemos a esos que dicen fomentar la economía y la cultura y no se sientan a trabajar, a hablar con los ciudadanos para potenciar de verdad la cultura de base. Ocho policías interrumpiendo un recital, un concierto o una función de teatro, al más puro estilo de operación antidrogas nos hacen desconfiar.

Hoy en día, se puede abrir una charcutería-zapatería y en el resto de Europa las licencias culturales están unificadas desde hace tiempo, pues en países como Alemania, se entiende que un colectivo de artistas es esencial para el desarrollo económico y cultural y que una manera de que puedan existir es dándoles la posibilidad de autofinanciarse con actividades económicas paralelas: una sala de exposiciones que es un bar, donde a su vez se celebran conciertos y se venden los diseños de ropa de jóvenes creativos, por ejemplo. Por eso, cuando hasta el más paleto viaja a Berlín queda maravillado con la explosión artística de la ciudad y con la potencia de las ideas que se están desarrollando allí. Por eso, este tipo de apoyo a la cultura está recogido en Alemania como línea estratégica económica nacional.

Mientras tanto, aquí, no se sabe si porque nuestros representantes no hablan idiomas y, por eso, no entienden, o tal vez por otro motivo, no hacen más que obstaculizar o punir toda iniciativa particular independiente, todo espacio cultural que no encaje en ese mundo cuadriculado, absurdo e ignorante de la realidad que han creado en sus leyes. La ley, la norma administrativa es la excusa permanente que, como consecuencia, está convirtiendo la región en un desierto.

Aquí, no se trata únicamente de hosteleros que usan la cultura para hacer caja, lo cual es maravilloso y le da a las manifestaciones artísticas una dimensión económica, sino también de colectivos de artistas que usan una barra de bar para sostener sus actividades culturales.

Con voluntad, inteligencia y buena disposición se pueden hacer las cosas. Si además, estamos juntos, podremos sentarnos a hablar y encontrar soluciones para impulsar de verdad una salida creativa a esta crisis, para resituar a nuestra región en el panteón de las artes y las letras donde una vez estuvo.

Una oleada de denuncias contra pequeños locales con inquietudes culturales se ha sucedido en la última semana en Valladolid, con un desproporcionado y amedrentador despliegue policial

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