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Igor Paskual. Foto: Ricardo Fernández Otazo
Igor Paskual. Foto: Ricardo Fernández Otazo

"Paskual pertenece a la estirpe del rock ilustrado"

Fernando del Val presenta la primera novela del guitarrista de Loquillo: 'El Arte de Mentir'
Fernando del Val
Valladolid

Cuando a Pasolini le preguntaban si era un provocador, él, sobre todo intelectual, echaba balones fuera: “Mi provocación no es programada, esa provocación está en las cosas (…) Los simbolistas postulaban una lengua de la poesía (…) Yo reconozco siempre la religiosidad en el estilo”. Efectivamente, la provocación es vehículo de conocimiento, no es el conocimiento... El arte de mentir… “El título no es lo esencial de una película”, dijo también el, entre tantas cosas, cineasta. De un libro, tampoco el título es lo más importante, pero sí resulta indicativo. Quizá por estos motivos, cada vez me cuesta más digerir el título en los poemas, entendiendo que no forma parte de ellos, no son expresión poética. Y no hay nada más alejado al propio hecho del que hablamos que la recensión, la explicación, el marco. Pero el título dice. Me sorprenden las lecturas literales que personas inteligentes -Diego Manrique, Juan Puchades,…- han realizado de la obra de Igor Paskual, cuando se inserta en una colección de novela y el título y, sobre todo, el epílogo tienen la mirada perdida en la ficción.

Parece que lo han leído como una suma de memorias o episodios ante notario. Subrayar una y otra vez el valor cierto de confesar experiencias sexuales y/o relacionadas con las drogas es atribuir al libro una condición muy corta. Estoy de acuerdo en que, si escribes, has de ser “descarnadamente sincero”, uso palabras de Dragó. Pero la sinceridad literaria no es la literal de la vida, sino otra más alta, apacentada en el símbolo. No puede haber cosa más rasa que aquella que es entendida de manera literal. Pero el autor no nos miente; y si nos miente, no nos hace trampas. Sitúa a Oscar Wilde, el autor, recordemos, de La decadencia de la mentira, escrita contra el realismo dentro el arte, como primer punto de apoyo. “Wilde jamás fue un libertino. Las culpas, a diferencia de los pecados, son imposibles de enmascarar (…) Wilde era un moralista, murió por nuestros pecados”.

Paskual se acoge constantemente a símbolos. El primero, los pantalones. “La desnudez frente a los demás nunca es tan dura como la que sientes al quedarte solo porque el disfraz se te ha quedado pequeño (…) Mis pantalones han sido mi escudo durante años y ahora soy un gatito al que le han arrancado los últimos jirones de piel”, dijo cuando comprobó que estaban rotos y a duras penas le cabían. Uno de los últimos símbolos, un anillo –detrás de todos, el de Pushkin- regalado por un amigo. “El anillo –expresa en la ciento cuarenta y siete- no es la suerte, sino su representación”. Entretanto, asociaciones, comparaciones, asomos chispeantes de poesía.

Fernando del Val e Igor Paskual. Foto: Ricardo Fernández Otazo

Fernando del Val e Igor Paskual. Foto: Ricardo Fernández Otazo

La creación reposa sobre la realidad lo mismo en Landero que en Chéjov, cuyo teatro fue “una completa transferencia de su peripecia vital” –J. E. Zúñiga-, con algunos personajes que eran réplica del autor. Igor Paskual ha dicho que mucho de lo vertido es verdad, pero, también que no usa la literatura de confesionario, la última vez, antes de ayer, en un encuentro digital del diario El Mundo. Así que corresponde tratar la obra como literaria, sin más. Lo deja claro al comienzo, en la página doce –“La máscara revela más de lo que oculta”- y tiene la deferencia de recordárnoslo al final –“Decoré mi vida con las mayores mentiras (…) Todo debía tener cadencia propia de película”. Todo, en el afán de cumplir la sugerencia de Foucault: hacer del modo de estar en el mundo una obra de arte. Vida y obra son en él “una tela de araña que envuelve lo natural y lo artificial”. Por si quedara alguna duda, en julio de dos mil doce, en la revista Rock Estatal, dice: “¿Es necesario haber tenido una vivencia antes de escribir una canción sobre ella? Creo que no (…) El oyente no necesita que las canciones sean verdaderas, sino verosímiles”. A continuación, justifica su respuesta: ni Springsteen estuvo en Vietnam, ni Chuck Berry pisó demasiado las aulas, ni Nick Cave pasó por la silla eléctrica, ni Bowie viajó al espacio. Y ello no les obstó para escribir ‘Born in the USA’, ‘School days’, ‘The mercy seats’ y ‘Space oditty’. Y remata, mirándose al espejo: “¿Cómo puede ser verdad una canción que se basa en una vida que en esencia es falsa? (…) A estas alturas ya no lo sé”.

Las canciones son mentira. Las novelas, los cuentos, el teatro, tal vez la poesía. Juan Ramón Jiménez llegó a decir: “Es frecuente que los que escriben sobre mí, digo, contra mí, me echen en cara que no he vivido (…) Mi apartamiento, mi soledad sonora, mi silencio de oro (…) no los aprendí de ninguna falsa aristocracia, sino de la única aristocracia verdadera (…) Los aprendí desde niño, en Moguer, del hombre del campo, del carpintero, del afilador, del talabartero, del albañil, del marinero, que trabajaban solos en su heredad, su taller o su barco, con el cuerpo en el alma”. Mismamente Onetti pasó media en la vida en la cama y escribió una de las columnas sobre las que reposa el templo de la literatura del siglo veinte. La experiencia tantas veces es intelectual. La mezcla de vivido e imaginado, o pensado, en el sillón de casa está en la base de toda creación y no le vamos a preguntar a Igor las dosis de una y otra.

El libro tiene una afortunada difícil catalogación. Es esa novela moderna, evolucionada, “mosaico de géneros”, al decir de Saramago, tan europea, de cuyos mares uno desemboca en Vila-Matas y que surge, según Kundera, en el Quijote. Diario, memoria, pero también ensayo y novela. Gotas de poesía. Él es -Igor Paskual- su propio personaje.

Felicidades a César Sanz, una vez más y van… por descubrir a un autor, por darse cuenta de que la palabra de Paskual, aun sustentada en la tradición, era palabra no dicha. Están el libro autolacerante de Pete Townshend, Who I am y el de Keith Richards, Vida –yo sí creo que lo escribiera él, después de un escenario el lugar donde más cómodo se siente es en su gran biblioteca-. Hay algún otro ejemplo, pero de menor entidad. Éste, a diferencia, no es un libro de memorias, sino de creación. E Igor Paskual es el único escribano, no ha necesitado de nadie que ajuste su prosa. Un espejo convexo sacado del callejón del Gato, en el que lo que es a menudo no lo parece y lo que parece no siempre es. Testimonio literario de una persona que piensa, de un músico que interpreta, compone, da charlas en facultades y escribe. Un libro sin parangón entre los de su género, sobre todo en España, propio de un artista que cuida su carrera al tiempo que va sembrando su leyenda.

A diferencia de Mark Oliver Everett –Eels-, quien lanzó Cosas que los nietos deberían saber, Paskual es un exhibicionista recatado: le importa la altura artística y luego tiene que recomendar a su chica y a su madre que no lean. “Daría lugar a bastantes incomodidades”, manifestó en una entrevista reciente. Inevitable, terminar el libro sin pensar que una cosa es el arte y otra la vida, aunque, en los mejores casos, las dos terminan fundidas en un mismo cuerpo. “Creo en la duración de la pareja, no en la fidelidad”.

Igor Paskual. Foto: Ricardo Fernández Otazo

Igor Paskual. Foto: Ricardo Fernández Otazo

Parece la propuesta de una autora, Charlotte Roche -cuya calidad de paso pongo en duda- que el otro día abogó por abolir la monogamia. ¡Cómo se lo explicaríamos a Turquía, a quien exigimos hace menos de una década suprimir la poligamia para negociar su adhesión a la Unión Europea! En todo caso, Paskual habla de valores permanentes en un mundo en constante fuga, habitado por personas desesperadas. Acaba de tener un hijo y cree en la familia. Para creer en la familia no hay que ser conservador, sino romántico –revolucionario, diría nuestro común editor César Sanz-. Lo cual no parece descabellado sabiendo que manejó los últimos años el poeta Byron como referente. “A cada estado mental le corresponde una indumentaria (…) Estuvimos varios meses con nuestra vida de levitas, intercambiando esbozos de poemas y conversaciones sobre Shelley. Para completar el cambio de época sólo nos faltó pedir absenta en los camerino y exigir una berlina al salir del hotel”. El resto de banda y él definieron aquel estilo como Rock and Byron.

En vez de citando a Pasolini, podría haber comenzado con Banville, uno de los mejores narradores vivos, y nos habríamos metido de lleno en uno de los meollos de la ¿novela?: “Me arrepiento de todo”. Contra los cantos de sirena de la posmodernidad, Paskual cree en el progreso, en el esfuerzo y no participa en modo alguno de la evanescencia propia de la sociedad líquida de Bauman. Aprovecha que habla del gran Bowie, del gran Morrisey, para amonestar a Margaret Thatcher, a quien hace pocas fechas rindieron un grotesco funeral, casi de Estado, llamado ceremonial, que hizo parecer que la reina fuera ella y no Isabel Segunda –¿harán lo mismo con John Major?-. Y, frente a los cantos de sirena, él se arrepiente o duda o se somete a revisión. Fundamental, en una sociedad satisfecha que tiene un collarín que le impide mirar a otro sitio que no sea adelante. Y habla, en distintos momentos del libro, de una cosa tan antigua y tan moderna como la culpa. En el segundo single de su disco Equilibrio inestable, ‘Bebemos’, ya había dejado muestras de estas preocupaciones, al cabo, morales: “Bebemos y luego nos arrepentimos porque hacemos lo que no debemos”. Paskual pertenece a la estirpe ilustrada del rock, aquella que no entiende esta música fuera de la cultura. Y piensa. Tiene asumido –página cincuenta y nueve- que, a partir de Duchamp, o de su urinario, desaparece el arte que se ve y empieza el que se piensa.

Lleva tocando desde que a los diecisiete compró su primera guitarra. Pero ahora saca El arte de mentir y comprobamos que escribe –o piensa- casi mejor que toca. Y, para desenvolverse con tanta facilidad entre realidad y ficción, parece que hasta te puedes fiar de él.

 

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