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Manuel Sierra, Concepción Cruz, Asunción Esteban Recio, Mª Jesús Izquierdo y Pablo Martín. Foto: L. Fraile
Manuel Sierra, Concepción Cruz, Asunción Esteban Recio, Mª Jesús Izquierdo y Pablo Martín. Foto: L. Fraile

Pizarras vacías que muestran la ausencia de todos aquellos maestros represaliados por querer cambiar la sociedad

La historiadora Mª Jesús Izquierdo acudió este jueves al Ateneo Republicano para presentar un libro en el que ha recogido la represión ejercida sobre el profesorado de la provincia de Valladolid tras el Golpe de Estado de 1936
Laura Fraile
Valladolid

"La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece". Esta frase pronunciada por Jorge Luis Borges introduce el libro `Pizarras vacías. La represión de los docentes en Valladolid durante la guerra civil y el primer franquismo´, una obra escrita por la investigadora e historiadora Mª Jesús Izquierdo que este jueves se presentó en el Ateneo Republicano.

El libro, que ha sido editado por la Universidad de Valladolid y que se puede adquirir en el Centro Buendía (c/ Juan Mambrilla, 14), desarrolla a lo largo de 400 páginas los efectos de una represión con nombres y apellidos que afectó a centenares de maestros. En sus primeras páginas Mª Jesús recoge las características de la reforma educativa impulsada por estos docentes. Después analiza el proceso de represión a través de la creación de comisiones depuradoras que acabaron imponiendo un profesorado afín a la ideología nacional. A partir de ahí, esta historiadora recoge pormenorizadamente los casos de los docentes represaliados, tanto de los primeros niveles educativos como de las escuelas profesionales, los institutos y las universidades.

La presentación de este libro contó con la presencia de la historiadora Asunción Esteban Recio, integrante de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Asunción destacó el valioso trabajo de investigación de su autora y su decisión de contar la historia desde la perspectiva de los que "están abajo", y no desde la de las élites. "Mª Jesús se ha posicionado del lado de los vencidos, de los que fueron eliminados de la memoria y la historia oficial", comentó esta historiadora.

A continuación tomó la palabra Mª Jesús Izquierdo, quien señaló que el punto de partida de su libro había estado en la publicación por parte de la editorial Ámbito de la obra `La depuración del magisterio nacional (1936-1943): la escuela y el estado nuevo´, de Francisco Morente. En octubre de 2002 Mª Jesús empezó a colaborar en la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, desde la que inició su trabajo de campo. "La depuración de los maestros tuvo unas connotaciones especiales. En los primeros listados de represaliados no figuraban sus nombres, en parte porque muchos no habían nacido en el pueblo al que habían ido a trabajar. Sin embargo, cuando empecé a hacer la investigación a la inversa y a preguntar directamente por ellos pude comprobar que todos les recordaban y que les consideraban personas valientes y comprometidas con la educación", comentó la autora de este libro.

Durante su intervención, Mª Jesús ofreció un completo análisis de las circunstancias en las que se ejerció esta represión, que se produjo en todos los niveles educativos y tanto en la capital como en buena parte de los pueblos de la provincia de Valladolid. Para reflejar la naturaleza de esta represión, esta historiadora acudió a un discurso pronunciado en 1940 por parte del ministro Ibáñez Martos en el que éste indicaba que era "vital para nuestra cultura amputar con energía" a estos maestros.

Mª Jesús ilustró con algunos datos los avances que quedaron suspendidos tras el alzamiento nacional. "En 1930 había 37.000 escuelas y seis años más tarde la cifra creció hasta las 51.000. El número de plazas de maestros creció en un 50%, la enseñanza gratuita se extendió a los niños de 6 a 14 años y se aplicó la coeducación", comentó al respecto.

Esta historiadora también mencionó a dos alcaldes republicanos de Valladolid (Federico Landrove y Antonio García Quintana), artífices del desarrollo de una política educativa encaminada a la mejora de la calidad de la enseñanza. En esos años, según explicó Mª Jesús, se pasó de 59 escuelas y 3.150 niños escolarizados en 1931 a 151 escuelas y 6.500 niños escolarizados en 1936. El analfabetismo se redujo del 25% al 18%, la escolarización creció un 48% y se crearon un centenar de bibliotecas. Esta "revolución cultural" tuvo su reconocimiento a través de la publicación de un libro llamado `El Ayuntamiento de Valladolid y la enseñanza pública. Una obra ejemplar´ que fue publicado en 1934.

El Golpe de Estado dinamitó todos estos logros. "La depuración se produjo desde el minuto cero. Los edificios de las escuelas de primaria y de las facultades se pusieron al servicio del franquismo y del ejército, que empezaron a usarlos como hospitales y edificios administrativos. En 1938 3.000 niños no podían ir a clase por la falta de escuelas. Esta falta de locales fue suplida por la Iglesia, que asumió la dirección de colegios como el Lourdes, San José o las Jesuitinas", comentó este jueves esta historiadora.

Los profesores que habían ejercido su labor durante el gobierno republicano empezaron a ser considerados como unos "envenenadores del alma popular", tal y como dejó escrito en una circular de 1936 el presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza José Mª Pemán. José Mª también se atrevió a recomendarles que se dedicaran a otras tareas: "Será mejor que se busquen otro medio de vida picando piedra, aserrando madera o escarbando cebollinos", escribió en esta circular.

La represión también afectó a sus herramientas de trabajo. "Hubo un intenso control de la producción, comercialización y circulación de libros. Se destruyeron todos los que fueron considerados como antipatrióticos o antirreligiosos. 108 autores fueron tomados como tóxicos. En Valladolid 32 fueron denunciados y se rechazaron 63 obras", indicó esta historiadora. "Paralelamente se fue implementando el nacionalcatolicismo mediante himnos totalitarios, izadas de banderas, reposiciones de crucifijos y vírgenes y la introducción de nuevos docentes a través de curas, alféreces provisionales, excombatientes o mutilados del ejército", continuó Mª Jesús. Su misión está bien reflejada en estas palabras, procedentes de un documento emitido durante esos años: "Al maestro se le encomienda esta obra trascendental. España entrega a sus hijos para formarles en el amor a Dios y a su patria".

Mª Jesús también se refirió a las fases de este proceso de depuración, que se canalizó a través de varias comisiones centradas en la Universidad, las escuelas profesionales, la primera enseñanza y los institutos. Los alcaldes, curas y padres de familia debían firmar unos informes referidos a la conducta pública y privada de los maestros, con alusiones a su actividad profesional y militancia. A partir de ahí se formulaban los cargos y se practicaban las sanciones.

Durante la presentación de su libro, Mª Jesús enumeró todos los tipos de acusaciones a los que se podían enfrentar estos docentes. Desde el punto de vista político, bastaba con simpatizar con ideas izquierdistas, haber realizado "actuaciones contra la patria", haber asistido a mítines, pertenecer a la Casa del Pueblo, a la masonería o colaborar en el Socorro Rojo. Desde un punto de vista sindical bastaba con formar parte de la FUE o la FETE, desde el religioso ser protestante y desde el social defender el estado laico, leer prensa de izquierdas o conmemorar fiestas republicanas. La "mala" conducta pública y privada, tener una "moral relajada" o defender una enseñanza renovadora también eran motivos para ser víctima de estas acusaciones. "En el caso de las mujeres, el hecho de acudir solas al teatro, haber hablado de sexualidad en las aulas o haber invitado a Clara Campoamor y Margarita Nelken, como ocurrió con una maestra de Valladolid, también era motivo para ser acusada", comentó Mª Jesús.

Los docentes acusados tenían diez días para presentar su defensa a través de un escrito de descargo. Muchos de ellos, sin embargo, acababan siendo sancionados mediante medidas como la inhabilitación para ocupar cargos directivos, el traslado, jubilaciones forzosas o las suspensiones de empleo y sueldo que podían oscilar entre el mes y los cinco años. Paralelamente a estas medidas, los maestros sufrieron una represión física que derivó en torturas y centenares de asesinatos.

Éste fue el caso de Juan Moreno Mateo, quien en 1936, a la edad de 34 años, fue ejecutado. Su sobrina Concepción Cruz estuvo ayer en el Ateneo Republicano para rescatar una biografía caracterizada por una dedicación plena y apasionada a la docencia a través de su trabajo en la escuela del Casino Republicano. Juan defendió la creación de parques infantiles, programó ciclos de cine educativo en el Teatro Pradera, impartió conferencias sobre la atención a los alumnos ciegos y sordomudos, escribió contra el intrusismo en la enseñanza, colaboró con el hospicio provincial...

Andrés Martín trabajó como maestro en Castromonte hasta que en septiembre de 1936 fue ejecutado extrajudicialmente por parte de la Falange. Su historia también estuvo presente en el acto de ayer, en este caso a través del emocionado testimonio de su nieto Pablo Martín. La presentación del libro `Pizarras vacías. La represión de los docentes en Valladolid durante la guerra civil y el primer franquismo´ culminó con la intervención de Manuel Sierra, autor de su portada y de `La alegría de la República´, un mural que se ha convertido en un recordatorio y merecido homenaje a todos esos maestros que perdieron la vida por defender la libertad.

Todos los vídeos de la presentación del libro

 

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