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Portada del libro.
Portada del libro.

Yo, asesino

La obra de Altarriba y Keko es una pieza magistral y desoladora que aborda el problema del mal desde una perspectiva sorprendente y en absoluto convencional
Pedro Piedras Monroy
Valladolid

Desde El Arte de Volar (Edicions de Ponent, 2009), Antonio Altarriba (1952) se descubrió como uno de los guionistas más interesantes del panorama español de la novela gráfica. Yo, Asesino, no hace sino confirmarlo.

Se trata de una pieza magistral y desoladora que aborda el problema del mal desde una perspectiva sorprendente y en absoluto convencional. Un profesor e investigador de la Universidad del País Vasco, dedicado a la teoría e historia del arte, en la cumbre de su éxito académico, esconde bajo su apariencia de sabio un asesino en serie que trata de convertir el crimen en un arte en sí mismo; un arte en el que funda su reflexión y un arte desde el que construye su propia teorización.

Detrás del personaje principal, Enrique Rodríguez, descubrimos al propio Altarriba pero también las trazas (físicas, incluso) de otros autores como Michel Foucault, con quien los límites convencionales entre placer y dolor, bien y mal, a veces se tornan sumamente borrosos. Y es que el “yo” del título tiene, a su vez, su propio despliegue dentro de la obra. Ese “yo” es el personaje de Enrique Rodríguez y es el autor, pero también somos cada uno de nosotros, que nos sentimos interpelados desde los prolegómenos, cuando a través de un relato de Eça de Queiroz se nos interpela sobre si haríamos sonar la campanilla que acabaría con la vida de un rico mandarín de la lejana China que nos legaría su herencia, a sabiendas de que nada podría incriminarnos. El reconocimiento de nosotros mismos en la personalidad del asesino es uno de los aspectos que más nos perturba de la lectura de este libro.

 

1.

Algo muy de agradecer a Altarriba es que, a diferencia de otros autores de cómic, es capaz de proponer una trama compleja, llena de vértices y con un sentido nada obvio y no incluir al final de su obra un libro de soluciones que desvele claves y explique sentidos y metáforas, lo que – en tantas ocasiones – acaba por arruinar en unas pocas páginas la magia de todo lo que se ha construido pacientemente a lo largo del relato. En Yo, Asesino, todas las líneas de la narración son abiertas y el final resulta tan inquietante como el propio desarrollo.

Uno de los elementos que se trabajan con más cuidado en este álbum es el de la personalidad del asesino. Enrique Rodríguez aparece definido como un ciudadano normal cuya vocación es el asesinato pero que también sabe que uno tiene que trabajar para comer. Ello le abocará a una doble vida, puesto que el asesinato por necesidad, para obtener beneficios, sería para él inconcebible. Ahora bien, su arte tiene el problema ineludible de estar perseguido por la justicia; por ello, a la vez que la técnica mortífera habrá de implementar la seguridad de su creación.

Enrique Rodríguez y el Raskolnikov de Crimen y Castigo se situarían en los dos extremos de la imagen del asesino. En el primero, no hay tortura psicológica alguna; la frialdad de Enrique es el sumo opuesto a la fiebre de Raskolnikov. Así, el perfil de nuestro killer se acerca mucho más al de los carniceros nazis, que estudian metódicamente los medios a través de los cuales borrar sus huellas sin que, en ningún momento se ponga en cuestión la necesidad de la labor que se lleva a cabo. En ambos casos, el remordimiento resulta inconcebible.

Enrique Rodríguez ha convertido la muerte en un acto creador y ello le ha llevado de forma natural a hacer de ese asesinato cerebral una obra de arte, un campo de experimentación y una forma de conocimiento; matar le inspira muchas de las ideas de sus trabajos académicos y, al mismo tiempo, sus conocimientos teóricos redundan en un perfeccionamiento de la técnica y la estética de la muerte.

En su vertiente de ciudadano bienpensante y “normal”, no obstante, hará suyo siempre cualquier lugar común que haya sobre el mal, siendo consciente de que nadie – excepto aquél que sea como él – podrá concebir que lo estrictamente inhumano pueda formar parte de la vida de nadie. Cada asesinato de este libro será una obra de arte íntima, a la vez monstruosa y privada, “disfrutable” solo por la víctima y el victimario. Horrible.

Yo, Asesino descorre así muchos de los velos que ocultan la trastienda de la apariencia de la bondad humana. En esa trastienda, no reside el animal irracional como tantas veces se ha vendido sino – a menudo – el sujeto hiperracional. El mismo que ha obsesionado durante decenios a los estudiosos de los grandes genocidios contemporáneos. Recientemente, la formidable película argentina El Clan de Pablo Trapero realizaba una más que interesante indagación en la misma cuestión.

 

2.

Los asesinatos de Enrique Rodríguez se proyectarán, por otro lado, sobre diversas pantallas que contribuyen a multiplicar lecturas y significados. El asesinato de Fernando Buesa por ETA, resulta especialmente significativo. El protagonista recuerda haber acudido a la escena del crimen minutos después; los cuerpos desmembrados ardiendo lo sacudirán y generarán en él una extraña convulsión psicológica. Una desagradable extrañeza y contradicción se arrastrará desde las sensaciones del asesino de Altarriba a las nuestras propias respecto de una violencia como esa, hasta hace tan poco cotidiana.

Otra de las pantallas sobre las que se extiende la historia de Yo, Asesino es la de la universidad, los egos académicos, las pugnas por el control de los departamentos, las navajadas por encaramarse en los primeros puestos de las evaluaciones de la ANECA, las volubles camarillas que apoyan a unos o a otros líderes intelectuales según sople el viento, la competitividad, el odio, el sexo como elemento inextricable de toda esta pugna profesoral… y todo ello sacudido por la deriva criminal macabra de un asesino que no solo está dentro sino que es adelantado – también en el ranking curricular – por otro pujante asesino que acabará destronándolo, no del crimen sino de la universidad. Desde luego, pocas veces podrá accederse de una forma más nítida y menos dulcificada a las verdaderas tripas de la universidad actual; un lugar cuya corrupción conocen bien los que están dentro pero del que la mayoría calla. También en eso, Antonio Altarriba – catedrático de la propia UPV – se muestra como un autor sumamente valiente.

En general, al hilo de la carrera homicida de Enrique Rodríguez irán desfilando toda una serie de personajes que dibujan una extraordinaria feria de las vanidades: desde Cristina, su mujer, desgarrada por su maternidad insatisfecha y dedicada al estudio psicoanalítico de cuentos infantiles, hasta un par de performers snobs, cuya superficialidad saca de quicio al protagonista, pasando por artistas mediocres y arribistas, jefes de departamento de militancia abertzale, profesores superficiales y dedicados a la intriga o a la seducción de sus objetos de deseo intelectual… sobre el marco de un mundo cultural que es a la vez causa y efecto de esta sangrienta historia.

La articulación de todo esto desde la sugerencia y el equilibrio es un verdadero ejercicio de genialidad.

3.

Lo imponente del guión de Altarriba se materializa, no obstante, solo gracias al no menos brillante trabajo gráfico de Keko. Yo, Asesino propone un blanco y negro sobrio, descarnado y sin concesiones, con un medido uso del rojo que redunda en la economía de recursos y en el fascinante expresionismo del conjunto. Sería insuficiente hablar de sordidez y lobreguez; el cuadro dibujado por Keko es un siniestro mundo metálico y sobrecogedor que tan solo se ve alterado por las monstruosas efusiones de sangre que lo impregnan todo.

El dibujo de Keko retrata extraordinariamente el silencio que envuelve el pensamiento del asesino, su razonamiento, su teorización y le concede a la trama un aire único de inminencia y de opresión. Aquí y allá, casi en cada página, aparecen cuadros fascinantes, como el espeluznante del protagonista bajo el chorro de agua en el balneario de Budapest.

 

4.

Yo, Asesino presenta un ritmo trepidante, a pesar de que su acción es todo menos apresurada; y, con ello, un dominio absoluto del tiempo narrativo. Desde el asesinato de las primeras páginas, camino de una conferencia en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la acción avanza de forma aparentemente lineal, estableciendo escalas a través de diversos flash-backs que informan a partes iguales del pasado de Enrique Rodríguez y de su currículum como asesino. Paso a paso, va desgranándose a través de las páginas de esta novela gráfica la complicada madeja del pensamiento del criminal y su peculiar vida cotidiana.

En lo profundo, la obra de Altarriba y Keko supone, al mismo tiempo, una reflexión sobre el sentido de la propia creación. El arte homicida de Enrique Rodríguez es, al mismo tiempo, el arte narrativo de Altarriba. Sus novelas gráficas, tramadas con minuciosidad y ascetismo, son los equivalentes artísticos de los crímenes del asesino y quién sabe si los trastornos que generan en su mundo puedan estar sublimados en la historia que aquí cuenta.

 

Apéndice

El misterioso crimen de Huerta del Rey

 

Uno de los elementos curiosos que presenta esta novela gráfica para el público de Valladolid es el episodio del asesinato de una de las empleadas del Museo de Escultura policromada. Altarriba tiene el acierto de proyectar su particular “ensayo”, en torno al sufrimiento y la muerte, sobre el que él mismo denomina como “el museo más doliente del mundo”. El deambular del protagonista entre las piezas del museo enlaza extraordinariamente el pathos del expresionismo barroco que puede verse allí con el del cruel dibujo de Keko. Su paseo por las calles de la ciudad hasta el edificio de la víctima, perfectamente reconocible, le resultará al lector local doblemente siniestro y doblemente elocuente.

Sorprende que ningún medio local se haya hecho eco de una aparición tan inteligente y tan impresionante de este episodio decisivo en esta obra maestra del arte secuencial.

 

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