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Echegaray (XVIII)

Esta callecita, corta y hacedera, de un solo portal, a lo sumo dos, en el lado de los números pares, escueta, como una túnica inconsútil, o sea, sin costuras, se anda poco menos que en un suspiro. Elegante por céntrica, tiene su inicio en el mismo frontispicio del Teatro Calderón y termina… termina en la nada, porque, antaño, cuando se la conocía por calle de los Baños, acababa sus pocos metros en el hermano Esgueva, más propiamente en el puente que decían de Magaña, pero hoy, con eso del urbanismo (Todo se cambia por el movimiento progresivo de los pueblos, dejó escrito para los tiempos futuros don Juan Agapito y Revilla: esta frase no la supera ni el ínclito Fernando Savater, filósofo de mucho tronío), finaliza sus metros la pobre en la plaza del Mercado del Portugalete, sin Portugalete, sin el antiguo mesón de Magaña y sin el querido regato Esgueva, aquel por el que bajaban navegando las inmundicias lugareñas con la prestancia y donosura que se le puedan atribuir a los remeros del Volga (eso que ahora denominan en el lenguaje políticamente correcto residuos sólidos urbanos). Dicho lo tiene en otros sitios: si es que no respetan nada.

Al paseante, eso de “gran matemático e insigne dramaturgo” dedicado por su maestro Revilla, honrado sea su nombre, al colega Echegaray siempre le ha hecho mucha gracia. Una gracia ácida, teñida de cierto e irónico menosprecio, también es la verdad, pero, en fin, para gustos etcétera.

Hoy, el pesadín y correcalles del paseo vespertino, esto y más, lo piensa mientras pisa y mide sus aceras, por millonésima vez y por hacer algo, por echar el rato, porque como objeto de callejeo, la calle Echegaray, recortadita como un fandango del Camarón, cuarenta metros de largo, menos que medio campo de fútbol, no paga el cartucho, que diría el otro, cazador.

También piensa que esta calle, llamada en otros siglos como ya antes se dijo, de los Baños, domicilió hasta hace muy poco tiempo, hasta el año pasado, el paseante funcionario transcribe sus andares en febrero de 2010, en su único portal el Comedor Social del Calderón, o de Transeúntes, o de Indigentes, o sea, de pobres, centro benéfico donde manducaron casi de gratis generaciones y generaciones de vagabundos y otros necesitados.

Situación de la calle Echegaray en el mapa. Foto: Google Maps

Luis Laforga realizó un reportaje fotográfico en ese Comedor Social, reportaje que, lo mismo que tantos de los suyos, quedará como documento gráfico de una época, como todas las fotografías que lleva hechas el amigo profesional de la cámara oscura.

A mediados de los años noventa, el diario Alerta, que jolín con el nombrecito, de Santander, por las razones que fueran, por hache o por be, allá cada uno, decidió tentar a la suerte e instalarse una temporada en Valladolid (fracasando en el intento, como no podía ser menos). Tenía su sede periodística en la calle Miguel Íscar, hacia el medio, cree recordar el paseante.

Una mañana de nieblas, al entrar en la redacción para la cual realizaba trabajos esporádicos, Luis Laforga vio sobre la mesa de la entrada unas fotografías de tamaño mediano. Era un rostro.

Nos las acaba de enviar hace un momento la policía, Luis, para que las publiquemos. Se trata de un hombre desconocido, sin familiares que se hagan cargo de sus restos. Es un hombre que apareció anoche en el río, cosido a puñaladas.

A Luis Laforga su cara le sonaba, mucho, pero mucho. Sin embargo no era capaz de situarlo en un espacio concreto, ni aclarar de dónde le sonaba aquel rostro de ojos entreabiertos, ahora marcado por el rictus del dolor. No hay que olvidar que los fotógrafos ven dos veces.

Penetró en las instalaciones de la redacción y estuvo trabajando buena parte de la mañana. Al principio tenía aquel rostro metido en la cabeza; luego, el trabajo le absorbió y terminó por olvidarse.

Al salir, cercano el mediodía, las fotografías del cadáver seguían sobre la mesa de entrada. Volvió a escrutar con suma atención aquel rostro, procesó de nuevo sus datos, inquirió mentalmente a la memoria de su archivo, cerró los ojos un momento y, de pronto, recordó.

Ya sé de qué le conozco.

Vista aérea de la calle Echegaray en el mapa. Foto: Google Maps

Unos meses atrás, como aquí ya quedó documentado, hubo de realizar un reportaje fotográfico en el Comedor del Calderón, fotografiar a los desfavorecidos, las mesas, las instalaciones, el servicio, de todo un poco, un reportaje extensivo. De aquel trabajo recuerda el paseante la cara, bellísima, expresiva y llena de arrugas, de la anciana comiendo macarrones que le sirvió para, en su día, pergeñar unos folios que luego fueron utilizados como introducción al catálogo que efectuó, cree recordar, la Diputación Provincial.

Cuenta Luis Laforga que, haciendo las fotografías entre los comensales, de pronto, un hombre joven y algo fornido le recriminó, Tú, fotógrafo, no me hagas retratos, que no quiero que se me vea en los papeles. Luis Laforga, hombre educado y que no se altera con facilidad, le dijo muy tranquilo: No pasa nada, lo siento, si usted no quiere que yo le haga fotos, no se las hago y en paz, no hay ningún problema. El hombre joven y algo fornido, que comía solo, se quedó pensando unos segundos, como calculando el pro y la contra, y, al final, le dijo, Da igual, hombre, tírame las fotos que quieras, que ya todo me importa un comino…

Luis Laforga le hizo unas cuantas fotografías, a media distancia, algunos primeros planos, como a todos, ni más ni menos. Acabó el trabajo, cargó el bolso al hombro y se marchó a casa. Cuando llegó el momento de la selección para exponerlas, porque había quedado bien de luz y exposición, una de ellas era la de aquel hombre joven y algo fornido a quien, hoy, después de transcurrido tanto tiempo, volvía a encontrar en aquellas tristes instantáneas que había enviado la policía, por si alguien lograba identificarle, porque carecía de familia o allegados.

 

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