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Antiquijotes

Intentando buscar las razones que hacen que el pueblo español no traduzca toda la ira que acumula últimamente en una respuesta colectiva que cambie las cosas, se me antoja que uno de nuestros problemas, quizá el más grande, es esa incapacidad de organizarnos y juntarnos para abordar cualquier acción común. Y es que implicarse en los asuntos colectivos encaja mal en esta cultura global competitiva y consumista, pero encaja todavía peor en la sociedad española, que tiene especial reparo en “mojarse”. Lo común en este país ha sido abandonado, y esto es especialmente intenso en tierras castellanas, donde todo lo colectivo da pavor.

 

Debido a esta incapacidad para confiar y cooperar con el otro, la indignación no se traduce en soluciones colectivas, como el apoyo a partidos que puedan ser mejores o sindicatos más combativos, y sólo tímidamente crece la participación en organizaciones sociales. El ciudadano de a pie no se moja en política con la excusa de que no hay partidos políticos honestos (ni siquiera un poco menos deshonestos), ni gente que haga algo desinteresadamente por los demás. Sin embargo abundan las personas capaces de comprometerse y, por ejemplo, ponerse delante de la policía a parar un desahucio; luego, personas altruistas y quijotescas existen en este país y es difícil creer que no existan políticos, al menos, un poco menos corruptos.

 

Quijotes haylos, el problema es que, en este país, no suelen despertar la confianza de las masas, más bien, paradójicamente, despiertan la desconfianza. Quizá la razón de esto se esconde en nuestra lengua y en ese término quijotesco. A veces los personajes de ficción tienen más influencia de la que nos parece. Quedan escondidos en el subconsciente colectivo y, sin que nos demos cuenta, condicionan nuestra forma de pensar. El Quijote, personaje idealista, activo defensor de la justicia, virtuoso y culto es, sin embargo, un loco desconectado de la realidad y, por ello está constantemente condenado al fracaso. El Quijote puede ser respetado, incluso admirado, pero, está claro que la genial novela de Cervantes no invita a seguir su ejemplo.

 

El problema de los grandes personajes literarios es que son tan buenos que nos deslumbran con su verdad, pero, al hacerlo, no nos dejan ver otras caras de la realidad igualmente importantes. ¿No nos habrá creado el Quijote un mito que asocia altruismo con fracaso y con acciones bienintencionadas pero inútiles e incluso peligrosas? Sin cometer el error de caer en el mito contrario, y defender el idealismo sin condiciones, no nos vendría mal revisar el mito de lo quijotesco, ya que no siempre el altruista es un loco, existen muchos ejemplos de personas altruistas y generosas enormemente cuerdas. De hecho, para ser realista e incluso egoísta de forma inteligente, es preciso tener cierto grado de altruismo, ya que el bienestar de uno es imposible sin el bienestar de los que le rodean y sin vivir en una sociedad sana.

 

Los españoles, más que de quijotismo, tendemos a pecar de lo contrario: de antiquijotismo. Es decir, de creer que el egoísmo, la zafiedad y la falta de principios son una virtud, en lugar de un defecto. En cierta forma tenemos la impresión de que las personas que sólo buscan sus intereses tienen ciertas dosis de realismo que les hacen estar bien adaptadas a esta sociedad y ser sólidas, porque no son como los fracasados quijotes.

 

Sólo esto explica que, a la hora de votar, confiemos de forma tan insensata como lo hacemos en políticos cuyas “cualidades” son, precisamente, la falta de interés por lo colectivo y las escasas virtudes personales. Y es que es tremendamente frecuente que se llame “buenos gestores” a todos esos antiquijotes arrogantes que llenan nuestros partidos políticos, que de buenos gestores de los dineros públicos no tienen nada, ya que sólo son buenos gestionando sus cuentas corrientes. De esa forma ponemos nuestros asuntos públicos en manos de personas que jamás se han preocupado de los problemas comunes y cuya visión de la realidad nunca va más allá de su propio estatus. No es de extrañar que nos pase lo que nos pasa.

 

 

Pero quizá más importante todavía es darse cuenta de que no siempre estos antiquijotes egoístas son personas cuerdas. Muchos de ellos son auténticos locos de atar desconectados de la realidad y cegados, no por su idealismo, sino por su codicia. Porque sólo la locura explica que tantos políticos (junto a banqueros y empresarios) nos hayan metido en una burbuja especulativa como la que hemos vivido y todavía piensen en locuras similares como Eurovegas o el fracking. Porque, si bien cierto que a corto plazo los platos rotos los suelen pagar otros, a medio plazo estas burbujas también les perjudican a ellos. Matando a la gallina de los huevos de oro como hacen, demuestran que no son más que una panda de antiquijotes, tan malvados como necios, gente a quienes nunca deberíamos elegir como representantes políticos.

 

Lo peor de todo esto es que dejamos a las personas modestas, sensatas y generosas fuera de los cargos políticos. Y así, toda esa gente que disfruta trabajando por su comunidad, simplemente porque siente pasión por lo colectivo, termina en organizaciones sociales y partidos minoritarios, haciendo labores muy valiosas, pero lejos del poder real. En lugar de dejarnos guiar por los mejores, nos dejamos llevar por lo peores, e incluso llamamos antisistema a los altruistas que se preocupan del bienestar de la comunidad, y gente bien a los egoístas que no dudan en destrozar lo común en su beneficio.

 

Ojala volviera a nacer alguien con el talento de Cervantes que ridiculizara, tanto a los antiquijotes como a todo ese antiquijotismo del pueblo llamo que se deja engañar por ellos. Espero que alguien nos haga abrir los ojos, porque está claro que necesitamos lo colectivo para salir adelante y es de ilusos antiquijotes pensar que un individuo puede arreglárselas solo cuando la sociedad en la que vive se derrumba.

 

 

 

 

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