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Todos (no) aman a Piketty

Seguramente, desocupado lector, usted ya haya oído hablar de Thomas Piketty, el economista francés que ha revolucionado la discusión económica del año 2014 en Estados Unidos y que parece va a poner las bases del debate económico del futuro inmediato en todo el mundo. Pues si no han oído hablar, quédese con el nombre, hay quien dice que es el nuevo Marx del siglo XXI.

Hasta hace muy poco, Thomas Piketty era sólo conocido por sus numerosos estudios realizados junto al economista norteamericano, de origen francés, Emmanuel Sáez sobre la desigualdad. Sin embargo, su voluminoso estudio en solitario editado en Francia en septiembre de 2013, El capital en el siglo XXI, le ha catapultado a la fama y ha provocado una edición urgente de su libro en Estados Unidos, en inglés, en marzo de este año, sólo seis meses después de la edición francesa. Las ventas no se han hecho esperar y el grueso trabajo económico –seiscientas páginas de argumentos y gráficos económicos en la versión anglosajona y novecientas en la versión francesa—se ha convertido en un best seller que ha desbancado de las listas a las habituales novelas amables que inundan los escaparates de las librerías. Si sabe inglés o francés puede descargarse un amplio resumen en la página web del propio autor (http://piketty.pse.ens.fr/en/capital21c).

Lo que Piketty ha puesto sobre el tapete, con argumentos científicos, es lo que una observación empírica ya permitía comprobar en los años de la crisis, que el modelo económico actual no es un buen sistema de distribución de riqueza, que no premia el esfuerzo ni recompensa el trabajo, sino que favorece a quienes ya poseen la riqueza. La máxima extendida en los últimos años de que el 1 por ciento de la población se enriquecía a marchas forzadas con la crisis y controlaba que los recursos fueran a sus manos, se demuestra con argumentos de la ciencia económica  en el estudio de Thomas Piketty.

Durante quince años Piketty se ha dedicado a recoger datos fiscales de países desarrollados como Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Japón, Reino Unido, Suecia y algunos otros, llegando a varias conclusiones:

a)       que el porcentaje de retorno del capital supera el porcentaje de crecimiento económico;

b)      que la riqueza que se hereda siempre posee más valor que la que un individuo puede acumular en su vida;

c)       que de los dos datos anteriores se desprende que el capitalismo entra en contradicción con la democracia y la justicia social.

Como propuesta, Piketty plantea que se establezca un impuesto progresivo a la riqueza o al capital, de alcance global, favoreciendo al capital con “utilidad social” y relegando al capital meramente rentista.

Piketty ha recibido el rechazo de los economistas ortodoxos y de la derecha económica, pero pese a su planteamiento provocador, ha sido adoptado por las élites de  Wall Street. En España, en las últimas semanas, es casi abrir las páginas de los periódicos y encontrarse aquí y allá con su nombre. Desde Paul Krugman hasta el vallisoletato Luis Garicano, todos los economistas de opinión han dedicado sus columnas de prensa al fenómeno Piketty. La clave del futuro está de nuevo, como siempre, en la desigualdad.

 

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