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Octubre

“Cuando los soldados le pusieron la mano encima, amedrentado, dio un salto hacia atrás y se aferró a su vecino (…). El obrero no podía andar. Se lo llevaron a rastras, mientras gritaba. Cuando hubo llegado al poste cesó repentinamente en sus gritos. Pareció haber comprendido algo. Comprendió, tal vez, que estaba gritando en vano o que era imposible que sus semejantes lo mataran. Quedó quieto ante el poste, y mientras aguardaba a que le pusieran la venda miró en torno con ojos brillantes, como una bestia herida. (…) El cuerpo cayó. Algunos soldados, con movimientos rápidos, pero torpes, arrastraron el cuerpo tras el poste y lo arrojaron al hoyo. Todos sabían, al parecer, que eran unos criminales que debían ocultar lo antes posible las huellas de su crimen.”

De Guerra y Paz. Liev Tolstoi A Ángeles

Un año más, resonaba desde semanas atrás en mi mente el dictum April is the cruellest month de la Tierra Baldía de T.S. Eliot, aunque en ella como por un mecanismo automático abril se trocara en octubre. Octubre es el mes más cruel. Luego han venido todos estos líos de Parots, de cárceles, de muertos y de víctimas y mi espíritu ha visto redoblada su congoja.

Es verdad: resulta difícil de explicar ese sentimiento de haber sufrido la tortura, la muerte, el empujón brutal que decía el poeta, tan cerca, en tu entorno, en tu familia, en tu propio cuerpo. Si nada se parece a una víctima más que otra víctima, nada se parece a un familiar de un asesinado más que el familiar de otro asesinado. Y, sin embargo...

Muchos familiares de víctimas se quejan de indefensión, de abandono… se quejan de que los asesinos y torturadores y sus secuaces están sueltos y se ríen de ellos… ¡Cómo les entiendo! Cómo les entendemos las familias que hemos experimentado el dolor de esa violencia ejercida sobre nuestros mayores. Resulta inservible la lengua para expresar el nudo en la garganta que suscita su presencia cuando nos juntamos para acordarnos de ellos porque sabemos que, en realidad, estamos casi solos en su recuerdo.

Al menos esos familiares que estos días se sienten engañados no están tan solos… Grandes mayorías, gobiernos, oposiciones y medios los comprenden de uno u otro modo. Nada es bastante pero imagino que tiene que ser reconfortante.

Nosotros, los familiares de víctimas del franquismo, sin embargo, somos otro tipo de familiares de víctimas. Nosotros no merecemos ni crédito ni consenso y hemos de escuchar a menudo que nuestros muertos se lo merecían. Nosotros que sólo queremos enterrar a nuestros padres, abuelos, tíos sólo servimos para reabrir heridas y remover en la basura. Tanto nos lo dicen que son muchos los que lo creen.

Parece como si sólo nos quedara esta melancolía de tarde lluviosa de un nuevo octubre.

Porque octubre es el mes en el que después del primer hachazo fascista que sembró el terror en mi pueblo y que acabó con la práctica totalidad de los miembros del Ayuntamiento democrático de Nava del Rey y de muchas mujeres y hombres, se llevaron a cabo las ejecuciones de navarreses en San Isidro. Entre el 22 y el 26 de octubre, indefensos y aterrorizados, después de tres meses de cárceles y abusos, fueron asesinados 40 jóvenes de la localidad: Isauro Pérez García, Juan Zarzuelo Pérez, Ángel Zarzuelo Calleja, Sebastián Calleja Bay, Lorenzo Hidalgo San José, Cireneo Díez Macías, David Colodrón López, Félix Hernández Cabezas, Justo Bravo Villarreal, Miguel Juan García, Juan Bay Luis, Justo García Jiménez, Pantaleón Rodríguez Díez, Saturnino Torres Zarzuelo, Esteban Vegas Zarzuelo, Pedro Bergaz Martín, Gonzalo Santiago Olivares, Dionisio Losada Espinosa, Práxedes González Castaño, Gregorio Lozano de la Fuente, Aurelio Pajares Sánchez, Ignacio Cuadrado Pérez, Vidal Martín Sánchez, Germán Galán Hernández, Félix López González, Laureano Paniagua Rodríguez, Ricardo Rodríguez Bay, Felipe Lozano Ulloa, Atanasio Vázquez Velasco, Félix Pérez García, Leoncio García de la Fuente, Ponciano Pérez Juez, Honorio García Pérez, Faustino Pérez Rodríguez, Mariano Fernández García, Baldomero López de la Iglesia, Alfonso Pajares García, Félix Álvarez Martín, Saturnino Hernández Rico, Juan Zarzuelo Bergaz.

Ya he contado en otra parte cómo mi abuela, con mi padre en su vientre, salió con los suyos de Nava la madrugada del 21 al 22 de octubre de 1936, con un coche que nadie sabe de dónde había salido para asistir al fusilamiento de su hermano Lorenzo. Toda mi familia cuenta, en versiones diversas, cómo mi bisabuelo, hombre piadoso de rosario y misa diaria, se meaba encima durante el trayecto, del terror y de la angustia de ir a ver asesinar a su hijo. Algunas madres contaron que los cuerpos se movían aún cuando los estaban cubriendo de cal.

El aire de octubre lleva y trae estas historias. Así será ya siempre.

Nadie pagó por esos crímenes ni pagará. Casi 100 muertos en un solo pueblo. Ninguna institución pública cree oportuno que aquellas pobres gentes tengan un reconocimiento. Tan denso fue el silencio que ni siquiera muchos de sus paisanos recuerdan ya qué pasó ni cuándo fue. Ni siquiera su pueblo lo recuerda. Como un terremoto que hubiera destruido los sismógrafos, el exterminio de navarreses de aquel octubre será sólo otra horrenda catástrofe silenciada. ¿De veras, existió?

 

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