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Ahora sí, Murakami

Si recuerdan, hace cosa de un mes escribí mi artículo a propósito de la última novela de Murakami Los años de peregrinación del chico sin color. Entonces admití no haber comenzado con lo mejor de este autor y prometí leer lo antes posible Kafka en la orilla. Y lo hice. Lo leí. Lo devoré. Lo absorbí. Ahora, esponjada hasta los huesos y conmovida como en pocas ocasiones, intentaré reseñar esta historia sublime. No esperen orden ni concierto.

Kafka en la orilla me recordó a Cervantes, a Sófocles, a Homero o a Virgilio por lo que tiene de novela de viaje sin retorno, de exilio espiritual, de ostracismo voluntario o autoimpuesto, de búsqueda, de recorrido didáctico, de conversación con nuestro “otro”, de conclusión simple y llana. Al final está la verdad, esa que se encuentra tras responder a las preguntas que el camino propone y el destino dispone.

Kafka en la orilla me olió a té, a miedo, a ropa lavada, a abrazo de madre, a libro viejo y protector (¿y qué libro no lo es?), a estación de tren, a pelo de gato, a lluvia, a axila adolescente, a discreto perfume de mujer, a semen fresco, a ola borradora, a bosque y a futón sudado.

Kafka en la orilla me sonó a batir de alas de cuervo, a ronroneo minino, a risa monstruosa, a música clásica, a motor de camión, a monólogo interior, a clásicos griegos magistralmente recreados, a palabras gatunas, a cuchillos asesinos, a pies que se arrastran, a ruidos inciertos, a viento en los árboles, a silencios hirientes, a respuestas mortales.

Kafka en la orilla me supo a bol de arroz con anguila, a odio, a piel lamida con culpa, a sangre, a sed insaciable, a rencor generacional, a café del bueno, a agua fresca, a ausencias imperdonables, a abandono, a miseria humana, a grandeza humana, a búsqueda ciega, a marlboro y a Kentucky Fried Chicken.

Kafka en la orilla me tocó como seda y puñal, como frío en una noche en manga corta, como primera vez con un primer libro, como baño de luz, como viaje a la sombra, como susto que se espera y se disfruta, como espejo al que no quieres mirarte, como manos apretando fuerte y tijeras cortando lazos, como mi propia vida, como la vida de todos… también la de ustedes.

Kafka en la orilla me mostró la simpleza de lo infinito, la curva que se cierra sobre sí misma, el gozo de los puntos de partida, la furia del aire llevándoselo todo y permitiéndonos recomenzar más fuertes, más sabios, renovados. Contemplé la desolación absoluta metamorfoseada en libertad, el amor ilimitado que brota de terribles decisiones de abandonar cuanto amas; entreví la posibilidad de ser más que uno en una sola vida, la pluralidad que los ensueños nos conceden y observé de cerca la delgadísima línea que ¿separa? lo real de lo anhelado.

Kafka en la orilla me obligó a cruzar puentes tendidos entre lo fantástico y lo mundano, entre lo atávico y arcano y lo tangible. Me acomodó en una confortable biblioteca donde nunca podría suceder nada malo y me demostró que el paraíso está más allá del paisaje que un solitario muchacho contempla en un cuadro que cuenta sin palabras la intrahistoria de esta historia.

Kafka en la orilla me obligó a trascender argumentos, a olvidar finales previsibles, a ignorar la sintaxis y el estilo. Me forzó a tragarme la píldora de situaciones completamente inverosímiles en aras de verdades mayúsculas: allí donde la razón niega la posibilidad, el corazón entiende y acoge sin más preguntas. Tuve que asumirme como lectora-actora. No pude ni supe quedarme fuera. Y tanto da que la cosa fuera en Japón o en España pues lo geográfico es circunstancial (que no despreciable). Aquí también sabemos de secretas pulsiones y bosques amenazadores que si no se cruzan te convierten en un condenado a muerte y que si se atraviesan te llevan al conocimiento y al renacimiento… pero antes te matan.

Kafka en la orilla me contó una historia con pies y cabeza; me regaló una caja de piezas sueltas que monté a mi antojo. Me habló de ternura, de estupidez, de búsqueda de identidad, de maldad suprema, de amor constante más allá de la muerte (gracias, don Francisco). Me permitió enamorarme de Nakata, el personaje más redondo, más profundo y más irreal de la novela. El hombre simplísimo que come, duerme y caga impelido por una urgencia que no es más que apacible espera de lo que está por venir. El viejo que, accidentalmente vaciado de memoria e inteligencia, recorre todo el país buscando la piedra de entrada y no ceja en su empeño hasta conseguirlo.

Kafka en la orilla es un sillón de psicoanálisis disfrazado de novela de aventuras. Aquí podrán ustedes matar cómodamente a su padre, acostarse con su madre, regresar irreconocibles a su Ítaca de la juventud, atravesar el Arno, volverse estatuas de sal de tanto revisar el pasado, recorrer su laberinto y abrazar a su minotauro.

No dejo de pensar en todo lo que queda por decir… Esta novela polimorfa, absorbente, delirante y adictiva ha ganado la batalla del análisis literario. Por eso les dejo aquí este montón de impresiones a modo de recomendación. Les suplico disculpen el exceso de subjetividad y la escasez de rigor. Lean y lo entenderán. Eso sí, esta vez, más que nunca les exijo que disfruten.

 

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