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Albert Camus: El extranjero de sí mismo

Releer a Camus tantos años después (qué lejanos y hermosos los tiempos de Universidad, desapego e inconsciencia) te pone delante un espejo cuyo crudo reflejo testimonia que está uno más viejo, más descreído, más crítico, menos feliz. Sin embargo, leer El extranjero a los cincuenta te permite entender extremos que a los veinte ni se atisban. Sin demasiadas claves ideológicas, con actitud conscientemente demodé y sin pose alguna que te obligue a consumir esos textos de obligado cumplimiento, El extranjero se me aparece ahora tan rico de matices, tan pleno de sentido y de humanidad que no puedo evitar una dulce nostalgia por aquella primera lectura inocente. La relectura me ha devuelto una obra que me gusta mucho más que entonces, pero también la certeza de que entonces era más feliz, porque era eterna, no temía a la muerte y el mundo me cabía en un solo bocado. Basta de divagar. Al tajo.

Albert Camus fue siempre más filósofo y pensador que novelista. Como sucediera en España con Unamuno o con Baroja, algunos escritores optaron por novelar su pensamiento quizá como método didáctico, como deformación profesional de una docencia que les exigía no quedarse para ellos esas conclusiones, ideas, aciertos y reflexiones que, afortunadamente, entendieron que debieran ser patrimonio de todos. Etiquetado como existencialista y nihilista, Camus rechazó tales encasillamientos y concedió, en todo caso, pertenecer a un movimiento humanamente más integrador: el absurdismo. A partir de planteamientos sumamente básicos cuyo acervo nos permite vislumbrar al propio Platón y sus ideas sobre la verdad, la justicia o la felicidad, Camus interroga al lector a propósito del sentido de la existencia, el para qué, la finalidad última de vivir, de ser un animal social y los límites de actuación e integración dentro de un hormiguero cuyas normas asustan por absurdas y alienan por incomprensibles. El resultado de una lectura atenta de El extranjero es, primero cierta estupefacción y después rabia por el inmovilismo del protagonista. Meursault es un treintañero gris y conformista que trabaja en la oficina de un indeterminado negocio y cuya existencia transcurre dentro de una cadencia insoportablemente convencional que, una vez superado el extrañamiento, le permite vivir como pez que fluye con la corriente, sin planteamientos, sin preguntas, sin moral. La novela comienza con un hecho luctuoso que, para cualquier ser humano, debiera ser forzosamente doloroso: la muerte de su madre, a la que tiempo atrás confinó en una alejada residencia alegando falta de tiempo y de medios para atenderla. La frialdad y falta de empatía con la que asiste al entierro estremece y confunde. Ni una lágrima, ni una pizca de culpabilidad. Solo un frío enorme debajo del calor extremo que asola el remoto pueblecito argelino donde se celebra el sepelio. Meursault suda, se adormece, tiene hambre, se recrea con el entorno, fuma, observa el féretro cerrado donde yace la madre muerta pero se revela incapaz del menor sentimiento de empatía. Mamá ha muerto, qué calor asfixiante, mañana a estas horas estaré en Argel, en la playa, bañándome con Marie. Y no es maldad, no crean. Es apatía. Esa desgana moral que adolecen todos los psicópatas sociales y que resulta tan incomprensible para el resto.

Camus no se detiene en buscar las raíces de la amoralidad de su criatura. Qué bueno y gratificante hubiera sido para el lector autocomplaciente que se le hubiera argumentado una infancia desgraciada, una adolescencia solitaria y viciada, unos complejos insuperables que lo trajeron hasta este vacío moral. Pero no. Camus nos ofrece a Meursault desnudo y sin excusas. Incapaz de llorar a su madre, se angustia, sin embargo, por el maltrato que un vecino ejerce sobre su perro, sarnoso compañero de vejez, o se hace amigo de un macarra que golpea a su novia con orgullo de macho alfa llegando incluso a declarar a su favor cuando esta lo denuncia. Meursault no se cuestiona la frontera del bien y del mal. Actúa con un egoísmo animal con independencia de las consecuencias. Celeste le da de comer en su restaurante, Marie atiende sus necesidades sexuales, el mar lo refresca cuando el calor arrecia, los cigarrillos lo defienden del tedio y Raymond, su amigo proxeneta, lo entretiene trayéndolo y llevándolo por un Argel tórrido y aburrido. La existencia es un plato llano, un recorrido circular cuyo inicio radica en la salida misma.

En este contexto donde solo el calor parece desmadrarse y desquiciarlo, se produce el hecho central de la novela. Una tarde de paseo por la playa se topa con un desconocido al que mata a tiros con una pistola que, horas antes, ha guardado en su chaqueta sin más intención que la de evitar que Raymond cometiera una tontería. Así que la comete él. Mata al hombre con displicencia, con frialdad, sin motivo. O puede que sí, que el motivo fuera el de descarriar a propósito esa existencia gris y viscosa que lo superaba y lo aturdía. Quizá la intención era la de introducir un elemento nuevo y por tanto emocionante en su vida, como cuando alguien se golpea con fuerza buscando ser más consciente de carne, de su humanidad, de su capacidad de padecer. Meursault quería sentir. Sin embargo, se deja detener impasible, se deja juzgar y condenar sin defenderse, ante la rabia del comisario y la incomprensión de su abogado que contempla impotente el camino inexorable al cadalso, de su defendido. ¿Por qué? ¿Por qué no se defiende? ¿Por qué no se excusa? ¿Por qué se niega a contar todas esas mentiras que cualquier otro asesino habría argumentado en su favor? Díganmelo ustedes.

El extranjero los pondrá en el disparadero. Asuman de antemano que sentirán tanta repulsión por este anti héroe, que desearán meterse entre las líneas y sacudirle su negligente actitud vital; que se creerán capaces de enfrentarlo con sabios argumentos de seres sociales bien domesticados (como somos ustedes y yo) pero que acabarán sucumbiendo a una duda razonable ¿Y por qué no? ¿Por qué no cargarse a un desconocido y poder seguir adelante, como si nada? ¿Acaso estas leyes no están hechas por hombres como yo para controlar y justificar las vidas de hombres como yo? Entonces, ¿a qué obedecer tales normas? Preparen los sesos porque se los van a devanar; nada de mantas para esta lectura porque a pesar del frío mesetario van a sudar de lo lindo… Y aunque dudo mucho de que lo consigan, disfruten.

 

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