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Anónimo: Érase una vez en Tormes

Tendría yo más o menos 11 años la primera vez que leí Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (en adelante el Lazarillo). Fue una lectura de esas obligadas en el cole y, ya entonces, aunque solo entendí la mitad -pues el español del siglo XVI me resultaba añejo e incomprensible- me maravilló. El truco que hizo posible mi admiración fue no dejar de tener en cuenta durante toda la lectura, que lo que allí se narraba le estaba sucediendo a un niño, más o menos de mi misma edad, y la posibilidad, incluso remota, de poder correr tales y tantas aventuras me permitió identificarme con aquel crío que sufría en primera persona todos los avatares que mi exagerada e histriónica imaginación habían anhelado para mí misma.

Las posteriores lecturas del texto me pillaron con más edad y espurias intenciones; a saber: realizar un trabajo de fin de curso en 3º de BUP para subir nota, aprobar Literatura española del Renacimiento en 4º de carrera, desmadejar el texto en busca de agudas, sagaces y difíciles preguntas con las que mortificar a mis alumnos en mis exámenes de control de lecturas obligatorias… Hoy la cosa me coge con otra edad y con el único deseo de transmitirles mi amor por este librito y encenderles, si ello fuera posible, las ganas de leerlo. Vamos pues.

El Lazarillo es una de esas novelas cuya extensión (cortísima) es inversamente proporcional a la multitud de cuestiones filológicas que de él se derivan. Empezando por el enigma de su autoría, pasando por la nunca resuelta incógnita acerca de sus múltiples ediciones y terminando por las innumerables deducciones a propósito de la intención del autor. No pienso aburrirlos con una disertación al respecto pero permítanme que, al menos, los ponga en situación. La primera edición que conocemos de el Lazarillo data de 1554. Carlos I de España (y V de Alemania) gobierna este imperio donde nunca se ponía el sol. Garcilaso nos había brindado ya lo mejor de su poesía italianizante y la miseria de cuerpo y alma campaba a sus anchas por pueblos, villas y ciudades, sagazmente oculta a los ojos de la Historia, en aras de una mayor gloria patria; éramos los dueños del mundo. La reestructuración de la pirámide feudal que ya en Europa parecía consolidada gracias a la aparición de la rica y fecunda burguesía, en España apenas se dejaba notar. El poder absoluto del monarca, la acumulación de tierra y capital en manos de la nobleza y el clero y el completo abandono y continuo sangrado impositivo al que se veían sometidos principalmente los campesinos (que conformaban entonces la mayoría numérica de la clase social más baja) provocaron un éxodo masivo y continuo del campo a las ciudades, en busca de progreso, trabajo y comida. Así, las villas principales se vieron saturadas de gentes que, en muchos casos, no tenían más salida que vagabundear por las calles y buscarse la vida. Uno de aquellos fue Lázaro de Tormes, así llamado por haber nacido en este río donde un parto repentino sorprendió a su madre lavando en su corriente.

Siguiendo con las cuestiones externas a la obra, no quiero dejar pasar el asunto de la autoría. Muchos son los nombres barajados y aún más los estudiosos que dedicaron su tiempo a resolver la gran incógnita del libro. Entre los postulantes se encuentran escritores tan diversos como Fray Juan de Ortega, Diego Hurtado de Mendoza, Juan de Valdés, Sebastián de Horozco, Pedro de Rúa o Lope de Rueda (el de los Pasos no, otro…). Sin embargo, yo creo que lo interesante aquí no es saber quién, sino por qué su autor decide permanecer en al anonimato. En este punto también se dispara la imaginación de los teóricos. De entre todas las sesudas elucubraciones, solo dos me convencen: la primera es de carácter estrictamente mercantilista (marketing, lo llamaríamos hoy). El autor (en adelante Anónimo) entiende que su historia narrada en primera persona y ofrecida como rigurosa autobiografía de un perfecto desconocido habría de tener más impacto si se omitía el nombre del autor real y se nos hacía creer que no había más autor que el propio Lázaro, aun sabiendo que alguien de tan baja condición y azaroso devenir no podría ser capaz de escribir semejante relato. En definitiva, se trataba de hacer un guiño cómplice al lector que debería aceptar de buen grado que todo lo que allí se refería era cierto y de primera mano. La segunda tiene que ver con la sacrosanta Inquisición y su prima la censura. Es tan mordaz y lúcida la crítica que desde la obra se le hace a la Iglesia, que cuesta creer que el autor no temiera verse expuesto al siempre sutil tratamiento del Santo Oficio, extremo este demostrado por las ediciones expurgadas que siguieron a la primera. Así pues, lo mejor era no darse a conocer y resistir la tentación de salir a la luz a pesar del éxito de la novela.

En cuanto a las intenciones de Anónimo también se ha desbarrado profusamente: que si crítica social, que si voluntad erasmista de torpedear a la Iglesia, que si fiel retrato realista… Sinceramente, creo que la verdad es siempre la más obvia. El Lazarillo está escrito para divertir, para burlarse, para hacer reír y para entretener, que es una de las más altas y nobles funciones de la Literatura. No por ello es menos cierto que encontremos feroces y acertados juicios sobre la sociedad de la época, la Iglesia, la nobleza empobrecida, la vileza humana, la maldad egoísta del pobre que intenta sobrevivir… todo ello está en la obra, pero no creo que fuera la primera intención; más bien se deducen las críticas a partir del relato y no al revés.

Entonces, ¿qué es el Lazarillo? Pues miren: es una novela picaresca, la más grande (que no la primera ni la última) escrita en un tiempo donde lo que estaba de moda eran las novelas de caballerías, de héroes nacionales o extranjeros que a lomos de velocísimos caballos y pertrechados tras relucientes armaduras deshacían entuertos, salvaban patrias y enamoraban a lánguidas doncellas. Y en esas llegó Lázaro, con su innoble cuna, su pillería genética, su gracia e inocencia, su interesado afecto, su sed de venganza, su compasión también, sus ganas de medrar a cualquier precio, su falta de escrúpulos y de moral, su generosidad a veces, su descreimiento sobre la condición humana, su capacidad de sobrevivir, su oportunismo profesional… había nacido el antihéroe.

Entregado a un ciego cuando no era más que un niño, Lázaro parte de Tormes iniciando un viaje por lugares perfectamente reconocidos por el lector pero cuya trayectoria tiene mucho más que ver con las peripecias personales que con los cambios geográficos: Salamanca, Alborox, Maqueda, Toledo… meros escenarios cuyas calles e iglesias son testigos mudos de su transfiguración de inocente muchacho a adulto inmoral. Ocho amos lo “instruyen” y preparan para la vida a base de hambre, palizas, abusos y desafecciones. Pero Anónimo tiene mejores planes para este pícaro que, en definitiva, se sale con la suya: tiene casa, esposa, trabajo, cama y comida calientes y, como no podía ser de otro modo, la protección de un arcipreste que, a cambio, “solo” exige los servicios sexuales y domésticos de su mujer… y la gente ¡que hable!

El libro está escrito en un originalísimo formato epistolar que comienza con la redacción de una carta que Lázaro le remite a un superior eclesiástico del arcipreste a quien le han llegado rumores de la barraganía de aquél y de la esposa de Lázaro. Entonces, el pícaro decide referirle su vida para que comprenda de dónde viene y qué azarosas circunstancias lo hicieron llegar al estado actual. El discurso, escrito en castellano ligerísimo y agudo, nos retrotrae a aquella España mendicante y burlona, descrita con un lenguaje correcto pero intensamente popular donde refranes, decires y frases hechas conviven con diálogos y reflexiones llenas de gracia, ironía y mordacidad.

Nunca es tarde para revisar un clásico. Rebusquen en sus estanterías porque seguro que enterrado entre novelas actuales y best sellers aparece arrumbado y desencuadernado un ejemplar de Lazarillo gritándoles: ¡Léanme! No se hagan los sordos; alarguen la mano, agárrenlo sin miedo, alisen sus arrugadas páginas y disfruten.

 

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