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Ana María Matute: Su último demonio

Existen autores que mueren y autores que se nos mueren y nos dejan huérfanos los estantes y los ojos, doloridamente conscientes de que nunca más… Existe también un vértigo peligroso y muy poco recomendable que es el de leerlos sin olvidarlos, ponerle cara y voz al cómodo e impersonal narrador omnisciente. Esto ocurre cuando conoces al escritor, lo admiras, lo envidias y lo amas literariamente. Así me ha sucedido con la lectura de Demonios familiares, la última novela de Ana María Matute, tan última que quedó inacabada, suspendida en medio de ninguna parte, a la espera de que la Matute regresara de su enésimo ingreso hospitalario. Pero esta vez no volvió… y hubieron de ser otros los que suturaran improvisadamente las costuras de este relato a medio hacer para poder ofrecérnoslo imperfecto pero magistral.

Demonios familiares narra la historia de Eva, una muchacha provinciana que se ve obligada a volver a su casa cuando los rojos, en los días previos al estallido de la Guerra Civil prenden fuego al convento donde ella se marchita, sometida a un noviciado sin vocación, que su padre le ha impuesto. Regresar al caserón familiar altera sustancialmente su anodina vida conventual y la enfrenta a una realidad que para ella era ya pretérita y de la que se creía a salvo entre los muros del convento. En casa, se reencuentra con su padre, un viejo e impedido coronel con el que nunca se llevó ni bien ni mal y del que solo recuerda el frío incómodo que desde siempre se instaló entre ellos; se reencuentra también con Yago, el inquietante servidor del coronel que terminará siendo para Eva un socio, un igual, un hermano. Allí está  Magdalena, cocinera, ama de llaves y, a la sazón, sustituta de la madre que murió tempranamente. Allí la esperan inalterados su habitación, la cocina perfumada de guisos y confidencias de Magdalena, los ventanales abiertos al bosque y el desván, metáfora de los arrumbamientos caóticos de cachivaches y dolores de los que la memoria se deshace en lugares siempre remotos y polvorientos. Se había marchado de aquella casa cuando era niña y regresaba a ella casi mujer, con una fuerza que la fue ocupando desde el primer día, dispuesta a no dejarse gobernar por nadie ni nada que no fuera la propia vida; abierta y preparada para todo pero triste, ensimismada y sola, sin aliados.

Miren, el resto es puro argumento sin excesivo interés. Ya saben, acontecimientos que suceden, la guerra que acecha, los amores vislumbrados, la carne que se despierta incomprensiblemente, el otoño cerniéndose sobre el pueblo y la vida… disfraces complacientes con los que vestir una novela que como todas las de Ana María Matute nacen con vocación de ensayo, porque una vez más, las protagonistas del relato son la obsesiones que han acompañado a la autora a lo largo de su vida y que la hirieron y desquiciaron hasta el último día: la soledad, el desamor, el miedo, el desarraigo y lo que es aún peor, la inmutabilidad de todos ellos, la certeza de que serán compañeros de viaje hasta el final… como así ha sido.

Estoy convencida de que si hubiera dispuesto la autora de unos meses más de vida habría corregido algunos detalles, habría eliminado otros y habría consolidado la trabazón perfecta de sus novelas más redondas, pero no pudo ser. Por eso Demonios familiares adolece de un cierto aire de boceto, de construcción apresurada y sin remate que sin embargo ofrece pasajes de una belleza literaria  que te dejan sin aliento. Persiste en la obra un pellizco de relato de miedo, de ese miedo clásico y subconsciente que habita en el temblor de piernas al cruzar un pasillo oscuro, en la certeza de unos pasos que nos siguen, de unos ojos que nos acechan, nos juzgan y nos condenan desde los viejos retratos familiares. La omnipresencia de un fantasma que gobierna aquella casa muchos años después de su muerte, esa figura siniestra a la que todos llaman la Madre y que no es otra que la abuela de Eva, la madre del coronel que vuelve del más allá para recordarles a todos los vivos de aquel caserón que ella ni perdona, ni olvida.

Y el bosque… ese entramado amenazante de árboles que se abre ante su ventana y que la llama, la atrae. Eva pasea por él con el confortable descuido de quien se encuentra en casa, en territorio amigo, en lugar seguro. Los árboles la protegen del mal endémico que late en el caserón, de los oscuros secretos que no por revelados dejan de ser siniestros y dolorosos; la salvan de la soledad absoluta de los muros, de la ausencia de amigos –si exceptuamos a Jovita- y de la inexplicable tozudez y frialdad con la que su padre la trata… su padre, ese hombre acabado a quien la guerra de Marruecos dejó inválido y la memoria de su pasado y de su madre le dieron la puntilla condenándolo (hermosa metáfora) a vivir de espaldas al gran balcón de la sala para mirar la vida a través de un espejo.

Demonios familiares deja en la boca un regusto a receta inacabada como si fuera uno de esos platos que pruebas durante el borboteo de su cocimiento y dices “le faltan quince minutos”. Eso hubiésemos querido todos, que la Matute hubiese tenido quince minutos más de pluma y genio; solo otro ratito para terminar los muros de contención de un argumento un tanto endeble y de unos personajes que parecen tallados a hachazos. Eso sí, le sobró tiempo para demostrarnos una vez más, que es dueña y señora de una prosa sólida, inteligente y fascinante que nos reconcilia con la lectura de los clásicos, que nos deja boquiabiertos por su capacidad para contar lo que no está, lo que se sospecha, lo que se desea, lo que se teme.

Atrévanse con estos Demonios familiares y descubran que son primos hermanos de los suyos propios. Aventúrense a imaginar infinitos finales posibles (e imposibles), terminen ustedes lo que ella no pudo, trépense al fantasma de Ana María Matute y permítanle que ella los guíe a través de los corredores de sus obsesiones. Y una semana más, disfruten.

 

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