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Belén Gopegui: Amar en el hueco

Les traigo una de amor. Esperen, no abandonen, que este no es un amor cualquiera, de argumento sabido y final previsible. Esta historia, se lo aseguro, los arrollará por neurótica, original y complicada. ¿Puede el amor zafarse de los tópicos? ¿Queda algo por decir al respecto que no haya sido contado ya? ¿Existe alguna novela que no sea –incluso de modo involuntario- de amor? ¿No es esta la voluntad implícita del que empuña las teclas?

Sergio Prim conoció a Brezo en su época de estudiante, cuando él cursaba Topografía y ella Geografía. La vio y la reconoció al instante, dolorosamente, como el que sabe que nunca podrá tener con la persona deseada más que una charla de pasillo y un café. Así que se rindió antes de empezar y se guardó en los ojos y en la memoria la imagen de lo imposible; acompasó la compañía inexistente de Brezo a su paso insustancial por la vida y se instaló en el hueco exacto que el vacío de ella le dejó en el pecho. Se acostumbró a no tenerla, a extrañarla, a compararla con otras. Domesticó su voluntad hasta comprender que la ausencia de Brezo era la esencia misma de su vida. Terminó los estudios, se casó con Lucía, encontró trabajo, se divorció de Lucía y un día cualquiera, uno de esos días tan parecido a los otros que produce hasta náuseas, se reencontró con Brezo y salió el sol. Pero no un sol brillante, cálido y esperado, sino desgarrador, hiriente y excesivo. Un sol que achicharró en un segundo toda una vida dibujada durante años a una escala cómoda donde la falta de Brezo era lo cotidiano y previsible. Se quedó sin refugio, inerme y expuesto. El hueco que ocupaba se ensanchó hasta hacerse llanura y no hubo lugar donde esconderse o al que escapar. El inesperado y gozoso amor de Brezo lo pilló desprevenido, desganado y vencido. Pero aún y así, no pudo sustraerse a la maravilla de los encuentros con ella, a un sexo cálido y mil veces imaginado por él que superaba con creces su fantasía, a la manera familiar y delicada en la que ella iba entrando en su vida, en su casa, en sus armarios y se hacía dueña, sin premeditación, de todos los agujeros que él había construido y donde vivía cómodo, triste y resignado. Había sido literalmente atropellado por el amor.

Y hasta aquí, dirán ustedes, más de lo mismo. Pero no. Belén Gopegui traza un mapa existencial y sentimental de los personajes, absolutamente novedoso. Para empezar, el narrador es el propio Sergio quien, unas veces en primera persona, otras en tercera y las más en segunda, dirigiéndose a Brezo directamente, se afana en explicarse y comprenderse a sí mismo. ¿Qué hacer con un amor así, si yo soy un tipo que aspira a vivir en el hueco de un abrigo, en el hueco de un rincón que se salvó de la ocupación inútil de enseres y que me garantiza soledad, equilibrio y silencio, si llevo toda la vida horadando mi queso de bola hasta convertirlo en el perfecto gruyere, laberinto cóncavo de galerías protectoras?

A estas alturas el lector ya le está gritando a Sergio que está loco, que no la suelte, que la tiene ahí, justo donde él había querido siempre, desplegada entre su cama y su cuarto de baño, dueña de las tazas de té y de su teléfono, Ariadna eficaz que tira del hilo con una fuerza sobrehumana. Ya son dos y son uno ¿no era eso lo que él ansiaba? ¿No era la amada en el amado transformada? ¿No estaba alcanzando con ella la feliz e imposible superposición y simultaneidad que el amor primerizo y desbocado nos ofrece? Entonces, ¿por qué huía? ¿Por qué corría a esconderse en hoteles lejanos donde una y otra vez, laboriosa hormiga, se veía abocado a horadar nuevos huecos en los que estar a salvo? ¿Qué neurótica compulsión lo obligaba a desposeerse de lo que más amaba? La respuesta es tan cotidiana como despreciable, máxime cuando todos nosotros podemos reconocernos en ella: Sergio Prim negaba la relación para salvarla, para preservarla de la rutina y las facturas y la familia y las navidades y los cuñados y las farmacias y los fines de mes y los celos y la mansedumbre letal de los años que pasan y los finales garantizados y los dolores irremediables. Anticipando el derribo de la relación, elabora el duelo prematuramente. Había decidido matar y enterrar su amor para no verlo morir.

Brezo, tan ajena y transeúnte en esta historia donde apenas se la escucha, donde su presencia mental y sentimental devora su protagonismo –pues ella es en la medido en que Sergio la piensa, la añora y la ama- Brezo, digo, no cuenta para nada pues todo depende de él. En los intersticios diminutos y fugaces que separan su vida en el hueco y la realidad, busca Sergio en vano una salida “normal” (disculpen el horrible adjetivo) a su locura cortaziana y lacerante: vivir en el hueco y simultáneamente ser el tipo que se refleja en el cristal y se apea en una estación de metro que lo lleva a la vida de acá para continuar él mismo, que es el otro, sentado en su asiento viajando al lado de allá. Busca apoyos reales, psicología reparadora que le dé las claves para no perderla, autoengatusamientos disfrazados de lugares comunes: casa, coche, ¿hijos?, viajes, hipoteca, tentaciones fortísimas de decir que sí, mentiras piadosas y otras posturas que le permitan no perderla. Pero todos estos nuevos paisajes son un mapa liso, abierto y expuesto donde no hay lugar para esconderse, para zafarse, para coger a Brezo, (hermosa Brezo, ¿qué voy a hacer contigo, qué voy a hacer sin ti?) y empadronarla en el hueco perfecto donde su amor no envejecería jamás, no acabaría jamás, no se cansaría ni se suicidaría jamás. Al final… sorpresa aventurada que se justifica cuando se conoce a Sergio en su totalidad, en su complejidad, en su dificultad para ser y estar. Esa, se la dejo a ustedes.

Belén Gopegui nos regala una imprecación y un poema épico. El canto desesperado de un hombre capaz de amarlo todo pero incapaz de vivirlo en un plano real. Un hombre que encontró en la escala diminuta de los mapas el tamaño preciso al que rebajar su existencia. ¡Qué acertada la prosa poética y descriptiva! ¡Qué novedosas metáforas! ¡Qué desacostumbrada introspección la de esta escritora que tenía por entonces menos de treinta años y que nos deslumbra con una historia de amor de las de siempre, contada como casi nunca!

Recuerden: Belén Gopegui, La escala de los mapas. Disfruten.

 

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