últimoCero
 

César Hernández Romón: El hombre bueno

Un día cualquiera te tropiezas con una causa, con una injusticia, con un prójimo perplejo por lo que se le viene encima. Ese día tomas posición, te arremangas, no haces preguntas, no juzgas. Te complicas, te implicas, te replican, te salpican. Aguantas. Y sigues. Lo haces porque entiendes, en tu ignorancia, que ese prójimo atribulado es tu igual y si para él no vale, no vale para ti. Un día cualquiera nos tropezamos con Nerea, con su pena, con el dolor de su familia, con el primer indulto denegado, con el ingreso inminente en prisión, con la abrupta separación anti natura de su bebé lactante, con los juicios de valor y de los otros. No entendíamos, no sabíamos, no alcanzábamos; Nerea nos quedaba enorme, su caso era desesperado y nosotros teníamos únicamente voluntad de hacer y oscuridad total.

Un día (esta vez, no uno cualquiera) llamamos a César Hernández, un abogado que suponíamos afín a nuestras luchas, y lo abordamos sin vergüenza, como unos auténticos caraduras y lo enredamos y le contamos y le pedimos… y él se entregó. Hoy sé que no pudo ser de otra manera, porque César es además de letrado, perito en charcos de toda índole y cuanto más grandes mejor; ingeniero de obras, canales y puertos, sobre todo de aquellos a los que arriban para malvivir y malmorir, los refugiados; catedrático de todo lo que huela a solidaridad con el otro, con los humanos que habitan el lado inhumano del sistema: con los parias, las mujeres maltratadas, los niños sin futuro, los presos sin justicia…, con Nerea.

Ni siquiera dijo “sí, quiero”. Arrancó y ahí sigue. De él fue la idea (que se demostró genial) de solicitar el tercer grado para Nerea. Era una apuesta difícil pero no había tiempo que perder. Mientras, la cara visible de lo que se conoce como PLATAFORMA DE APOYO A NEREA organizábamos concentraciones en Fuente Dorada, concedíamos entrevistas a quien quisiera oírnos, liábamos a todo el que se cruzara, pedíamos ayuda a diestro y siniestro… Fueron días intensos, emocionantes, decepcionantes, desesperados en la búsqueda de apoyos, que no faltaron, pues de todas partes de España comenzaron a llegar las adhesiones, las firmas, las cartas, las iniciativas valientes, las ocurrencias impensables y el calor. Si algo resultaba imprescindible en aquellas horas, era saber que no estábamos solos para poder asegurarle a Nerea que ella tampoco lo estaba.

Pasaban las semanas. La mecánica de la justicia se nos reveló con todo su poder y su burocracia, con una lentitud exasperante, con la morosidad de quien no entiende de prisas, de pechos que se secan, de bebés que llaman a mamá por la noche, de hijos adolescentes que no encuentran su lugar, de madres y padres rotos, de maridos con las manos vacías. Era el tiempo de la espera. Las noticias llegaban con cuentagotas. Pero César se mantuvo ahí. No solo no perdió la esperanza nunca, sino que nos la devolvía cada vez que nos veníamos abajo, cada vez que nos daban ganas de tirar la toalla y abandonar. Si decíamos “desistir”, él respondía “resistir”. La PLATAFORMA DE APOYO A NEREA tuvo en César su motor, su corazón y su razón. Con una paciencia casi de santo nos explicaba los avatares, enredos y triquiñuelas del sistema penitenciario y sus tiempos, maneras y costumbres. Nos dio un cursillo acelerado de trámites, pasos, informes, sentencias. Él nos enseñó a esperar, a actuar con fuerza pero con cabeza, a tirar sin pasarse, a tragarnos el desánimo y a enfocarnos en lo importante y sacudirnos lo accesorio: el ruido de fuera, las dudas ajenas. Él lo tenía claro y nos dio su luz. Su trabajo consistió en meter la cabeza entre legajos, encerrarse en despachos, hablar con colegas y compañeros, pasearse los pasillos de los juzgados, consultar, estudiar, sopesar posibilidades y mantenerse presente pero casi siempre callado, observando y ocultando el pecho a cualquier tentativa de colgarse una medalla.

Fue entonces cuando supimos que además de un magnífico abogado habíamos encontrado a una persona buena y generosa. A uno de esos tipos raros que da y no pide, que entrega y no espera, que se mueve en la sombra procurándonos luz al resto. Con César la generosidad adquirió carta de naturaleza y sus maneras de hombre tranquilo que alguien pudiera confundir equivocadamente con pasividad, resultaron finalmente las acertadas, las buenas, las válidas, las que sacaron a Nerea de Villanubla y le permitieron retomar una vida casi normal junto a los suyos. Lejos del perfil de otros abogados al uso que hacen de su carrera estrellato, César no quería focos, no reclamó aplausos, no aspiró a la gloria. Es más, cuando Nerea obtuvo el tercer grado nos felicitaba a los demás, agradecía los apoyos de nuestras amigas on line, de los miles que firmaron, de los grupos que arrimaron el hombro… y agachaba con pudor la cabeza cada vez que nosotros le dábamos a él las gracias. “Es vuestro” decía… “El triunfo es vuestro y el premio es para Nerea”. Pero todos sabemos que nada de esto habría sido posible sin él y ahora entendemos el significado de sus silencios, de su decisión de mantenerse en la sombra. Esa es la única recompensa que él reclamó para sí: la libertad de seguir caminando anónimo y sin fanfarrias por los derroteros de una solidaridad que se auto exige sin descanso pero que le permite reconocerse y reconciliarse con su manera de estar en el mundo, de andar por la vida.

Ver a Nerea disfrutar otra vez del aire de la calle y del abrazo de su gente es un placer inenarrable, un triunfo de muchos que fuimos contingentes y sumamos pero, sobre todo y a pesar de que él lo niegue, fue un éxito de César, el necesario. Esta orquesta desafinada y voluntariosa tuvo un director invisible pero imprescindible y gracias a él, somos muchos los que bailamos al son de una melodía que empezó desafinada y terminó en un pedazo de tema.

Hoy, que ya pasó lo peor y que las urgencias de los asuntos nuevos envejecen prematuramente los ya resueltos, queremos darle las gracias a César por ser, estar y vivir como lo hace; por haberse dejado la piel, por no haber exigido nada, por hacer suya nuestra lucha, por cruzarse en nuestras vidas y darnos, sin pretenderlo, una lección de solidaridad sin pasar factura, por renunciar a la palmada en el hombro y no perder jamás la sonrisa, por los cientos de llamadas a horas intempestivas que siempre contestaba o devolvía con un talante envidiable, por su humildad, por su eficacia, por su responsabilidad, por su habilidad, por su profesionalidad. Y sobre todo, por habernos reconciliado por momentos, con el género humano. César es el ejemplo viviente de que aún hay esperanzas para el hombre cuando uno es un hombre bueno.

 

Bodegas Hiriart - Cigales

 

Formulario de búsqueda

 
Presentación | El equipo | Videos de Apoyo | Suscríbete | Contacta