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Fernando Valiño: Aireando las vergüenzas de un sinvergüenza

Érase una vez una ciudad castellana y sobria. Érase una vez un alcalde ruin. Érase una vez un periodista valiente, valioso, bien armado y mejor informado. Érase una vez Yo, León. Yo, Nerón. Una biografía no autorizada del alcalde de Valladolid. Y, como el que avisa no es traidor, los prevengo que el viaje tiene muchas curvas, así que agárrense.

Conocí a Fernando Valiño hace no mucho tiempo. Quedamos en uno de esos cafés céntricos y nada sospechosos ideológicamente… ya saben el Peni o el Beluga. Yo lo había citado allí para hablarle de mi proyecto de Lecturas desordenadas y me presenté pertrechada de buenas razones y con el primer artículo escrito, dispuesta a demostrarle que Último Cero necesitaba una sección como aquella. Él apareció con una puntualidad insultante que frustró mi último ensayo general de propuesta literaria. Era septiembre y hacía calor. ¿Así que aquel tipo era el famoso Valiño? Una, en su fantasía periodística se esperaba a alguien mitad Lou Grant mitad Cebrián, pero quien allí se presentó iba ligero de camisa y equipaje, despeinado y desprovisto de cualquier posible glamour de los mass media. Le planté dos besos de los míos que recibió azorado con esa manera tan gallega de besar que es la de dejarse, la de arrimar las mejillas y que sea lo que dios quiera. Me dije, con un tímido hemos topado, vete suave. Pero, poco a poco fue asomándole por debajo otra cosa… un animal inteligente y socarrón que se le salía por los ojos, un escuchador profesional y educado que aguantó mi verborrea con interés no fingido y media sonrisa. Esta vez me dije, acelera que este puede con todo. Y no me equivoqué. La prueba es que aquí estamos. Les cuento todo esto porque imaginarán que no hay nada más difícil que escribir sobre alguien que conoces y que admiras. Temes pasarte, quedarte corta, ser parcial, ser subjetiva… Y lo voy a hacer. Y lo voy a ser.

La prensa de esta ciudad no podría escribir su historia sin Fernando Valiño. El Norte de Castilla, el Diario de Valladolid, El Mundo… Por todos ellos pasó (y por otros muchos más) y en todos ellos se dejó la vida, ejerciendo el periodismo con ética tozudez, constancia y libertad. Cuentan los que saben de él, que es memoria viviente de todo lo importante que se cuece en este villorrio desde hace más de 40 años. Nada sustancial relacionado con el Ayuntamiento, la Universidad, las empresas o los movimientos sociales escapa al conocimiento de Fernando. Al parecer, como buen obseso del periodismo, atesoraba ingentes cantidades de información en un archivador de dos cuerpos en el que no cabía ni un papel más, pero de cuyas profundidades extraía con presteza cualquier dato por antiguo que fuese, previamente archivado en una de aquellas miles de carpetas de colores, con un desorden sistemático, preciso e infalible. Porque Fernando, como no podía ser de otra manera, es alérgico a las tecnologías y donde esté una libretita y un boli bic que se quite un disco duro. Cómo no quererlo…

Con estos antecedentes ¿quién si no él para escribir semejante biografía? Porque, no se engañen, este libro no es fruto de un día, ni de un cabreo puntual con el alcalde, ni de una venganza cocinada a fuego lento. Hace mucho tiempo que Fernando pergeñaba esta obra y sabía que acabaría escribiéndola tarde o temprano. Y ese día llegó. Yo, León. Yo, Nerón es la demostración palmaria e irrefutable de 20 años de desmanes y caciquismo cometidos por un alcalde que no merece el título pero que (y lo digo con asombrada pesadumbre) renueva trono cada cuatro para desgracia de los que aquí vivimos. Es tal la cantidad de información, datos, cifras, fechas, sentencias y anécdotas, que no queda espacio para la duda. El acierto de esta obra reside en cómo Femando permanece discretamente vigilante entre las líneas y deja que los hechos probados hablen (más bien griten) y denuncien: el asunto del ático, los chanchullos del PGOU, lo de Torre Gaviota, el desastre de Pingüinos, el “despiste” del Zambrana, los negocios con los amiguetes de la Iglesia (ascensor de la catedral, aparcamiento en la Rondilla…), Valdechivillas o Niña Guapa, el cerrojazo a la Escuela de Música, los letales permisos para la colocación de antenas de telefonía, las declaraciones machistas y homófobas, las más de 138 sentencias condenatorias contra el Ayuntamiento… Así que prepárense para un mareo documental y documentado que les irá descolgando la mandíbula a medida que avanzan. Contadas son las ocasiones en las que Valiño se permite conclusiones personales pues la VERDAD se impone en la obra con absoluto poder.

Con una seguridad y un aplomo devastadores, este adicto a la libertad de expresión por encima de cualquier otra norma, desvela no solo los arteros manejos de León de la Riva sino su aviesa personalidad que ya mostrara desde sus tiempos de estudiante primero, de ginecólogo después y que viene manteniendo (aumentados y corregidos) hasta esta última etapa profesional como político: hombre intolerante, maleducado, trafullero, instigador, irresponsable, arribista, pelota, déspota, cobarde… (abro aquí un espacio de libre disposición para que ustedes mismos continúen con la lista). Si ya resultan insultantes sus maniobras políticas, aplaudidas y refrendadas por su partido, ni les cuento la repugnancia que suscitan sus maneras: amiguismos, nepotismo descarado, favoritismos, traiciones… en fin, un dechado de virtudes, el prenda.

¿Por qué hay que leer este libro? Porque los de a pie creíamos saberlo todo del ¿señor? alcalde y estábamos equivocados. Urge enterarse de quien es quien en este ayuntamiento, quien corta el bacalao y quien sufre desde la oposición y la calle las tropelías y negligencias de un puñado de PPolíticos capitaneados por el más prepotente edil que la ciudad recuerda. Gracias Fernando por seguir en la brecha, por saber dónde está lo injusto y no callarlo, por creer que la libertad de información es un derecho innegociable y por darnos la oportunidad de saber la verdad, esa que duele tanto y alimenta más que el pan.

Y a ustedes, lean, sobrecójanse, infórmense para no seguir engañados, cabréense, vigilen a quien votan y crucen los dedos para que Madrid no lo designe nuevamente como candidato. Si les queda hueco, disfruten.

 

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