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Hamlet: épica, lírica y dramática

Me he metido en un jardín, lo sé, pero algún día tenía que atreverme con Shakespeare. Sea. Sabido es que todo está dicho de esta obra y de este autor así que la idea es acercarlos al drama sin repetirme con datos enciclopédicos ni marearlos con fechas y teorías. Les propongo que se acerquen a Hamlet con pretendida y conveniente amnesia;  que finjan no conocer al bardo de Avon y que se hagan de nuevas. En esa clave lo he releído yo.

La grandeza, más bien la enormidad, de esta pieza radica precisamente en lo que no se ve, en lo que se intuye, en lo que pasa sin quedarse pero deja memoria de sí, como un buen perfume. Desde el primer diálogo comienza a sonar una música de sutilísimo compás que asciende o se torna mortecina cuando la escena lo requiere. Esa música es, sin duda, la de la poesía, que se deja escuchar por todas partes, pues Shakespeare no dejó nunca de ser poeta y aunque la obra no está escrita en verso (ni falta que le hace) emana ritmo y rima, pausas y cesuras, encabalgamientos e hipérbatos, metáforas y antítesis. Lírica apabullante, en definitiva. De su mano va entrando la épica, la de las grandes hazañas y los héroes magníficos, caballeros de brillante armadura, entuertos que desfacer, malvados con los que acabar, damas que suspiran al borde de la locura, leales compañeros de armas, castillos inexpugnables, mensajeros, afrentas, combates de espada, traiciones asesinas y honores mancillados que claman venganza. Reunidas en íntima asamblea, poesía y épica se disfrazaron de drama. Qué mejor manera de salir a escena y así, el antiquísimo y sublime género del teatro puso cara y voz a este dramón, nada original, por otra parte. Y es que los dramaturgos del siglo XVI y XVII no cifraban sus virtudes artísticas en las innovaciones temáticas. Más bien al revés. Era considerado de buen gusto utilizar antiguas leyendas e historias pretéritas y renovarlas. Es el caso, pero prometí no aburrirlos con lecciones de historia y no lo haré.

El argumento es conocido: Hamlet, príncipe de Dinamarca, asiste incrédulo al ignominioso espectáculo de la boda de su madre la reina y su tío, hermano de su padre, el rey, que hace apenas dos meses que ha muerto. Merced a la intervención del espectro de su padre se entera de que éste ha sido asesinado por su tío para usurparle el trono y el tálamo de un solo golpe. Horrorizado y asqueado, Hamlet trama un astuto plan para vengar su memoria y desenmascarar al traidor.

Releyendo la obra para este artículo, caí en la cuenta de la enorme complejidad de Hamlet, de su inteligencia, de su sombrío dolor, de su profundidad de carácter y sentimientos. Pudiera creerse que una personalidad tan arrolladora terminaría por devorar al resto de los comparsas, pero, señores, que estamos hablando de Shakespeare y no hay personaje ni acción que sobre. La historia viste la tela justa. Discípulo en la distancia de Aristóteles, don Guillermo cumplió a pie juntillas los sabios preceptos de aquél e hizo de su héroe un hombre perfectamente imperfecto, socavado por el sufrimiento, impredecible e imprevisible, o sea, lo dotó de libre albedrío y le concedió el derecho a equivocarse y enmendarse. Había nacido un mito. Las sesudas reflexiones del príncipe, ese modo inquirente y trascendental con que mira el mundo nos habla mucho y bien de un personaje polimorfo y a la vez muy sólido que sustenta el peso de la acción en todo momento, incluso en las escenas en las que no aparece. Es mucho más que “ser o no ser” lo que lo atribula. Hamlet pelea contra todo porque en su honesta inocencia no entiende nada: el mundo es un lugar hostil donde los amigos escasean y la hipocresía, la traición, la ambición descontrolada y la abulia campan por sus fueros. Les ruego que superen lo anecdótico y rebusquen los mensajes encriptados. No se pierdan el hermoso y contenido alegato antibelicista del propio Hamlet en la escena cuatro del acto IV o los intensos debates que mantiene consigo mismo a propósito de la locura, del amor, de la amistad, del sentido de la existencia, de la dignidad humana… No es gratuito que nuestro príncipe danés se siente a la diestra de Alonso Quijano y de Horacio Oliveira, allí donde sea que van los arquetipos que nos explican la vida una vez que el autor los pone en libertad.

Como les iba diciendo, Hamlet deja hueco a otros personajes que han de dar réplica justa a tanto ingenio. Más allá de la reina y el rey, de Polonio y Laertes, mucho más allá de la desvaída Ofelia, aparecen unos secundarios de lujo de dignísima mención y cuya presencia le permite a Shakespeare dejarse oír. Así sucede con los actores que se acercan al castillo para representar la obra que ha de desenmascarar al malvado rey y con los que Hamlet mantiene una interesantísima conversación acerca de las artes escénicas, que constituye en sí mismo todo un tratado de dramaturgia. O los enterradores, personajes chuscos que se burlan de la muerte y que con hábiles juegos de palabras ponen en solfa los discriminatorios criterios que los poderosos muestran a la hora de enterrar a los suyos; con ellos sostiene Hamlet un diálogo para besugos, divertidísimo. O el pobre Osric, emisario del rey que en su ansia de aparentar ser quien no es, se expresa con tal ampulosidad y despliegue de florituras que Hamlet no puede evitar desenmascararlo y enfrentarlo al ridículo de su verborrea hueca, aprovechando de paso para burlarse de todos aquellos que hacen un uso estrictamente culteranista de la lengua (a buen seguro que Shakespeare pensaba en alguien en concreto), si se me permite el desencuentro cronológico.

También queda lugar para los personajes nobles y de gran corazón. Horacio encarna el valor de la amistad más pura y desinteresada y será el único testigo vivo de este drama; alguien tiene que vivir para contarlo. ¿Y Ofelia? Me pregunto qué tendrá este personaje que tanto revuelo organiza por donde pasa. Les juro que me esfuerzo en quererla, en entenderla, en empatizar con ella, pero me aburro. ¿De verdad puede una mujer querer ser Ofelia, ver su grandeza o envidiar su suerte? Esta muchachita atolondrada y manipulable cuya voz apenas se deja escuchar, no tiene más mérito en la obra que la de ser el objeto (nunca mejor dicho) de los amores (muy inconsistentes, por cierto) de Hamlet. Además, no se suicida. Se cae al río y se ahoga. Léanlo bien y verán que no miento. Creo sinceramente que este personaje formó parte del decorado de la obra dejando al aire el más que evidente plumero de la misoginia del autor que se conformó con darle un tratamiento muy petrarquista pero tremendamente insustancial.

Para ir terminando. Hamlet  es un drama en cinco actos, como mandaban las normas clásicas, con una clara unidad de tiempo, acción y espacio (faltaban aún tres años para que el gran Lope nos enseñara su nuevo arte de hacer comedias) cuyos entresijos están trabados con un hilo conductor que no se pierde ni nos distrae y cuyo mensaje trasciende con creces la trama. Prueben a leerla en clave actual; verán para su disgusto que la corrupción, los arteros manejos de los poderosos, los espías y los lameculos no son cosa de hoy en día. Aquí se la dejo. Disfruten.

 

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