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Jesús Carrasco: no es autor para cobardes

No todas las semanas tiene una la fortuna de descubrir a un gran autor. A lo largo de tantos años de lecturas desordenadas he aprendido a abandonar al segundo párrafo y sin culpabilidad, muchas obras que poco me ofrecían a cambio de mi escaso tiempo. Y es que la vida es muy corta y la Literatura de la buena, muy extensa. Abrí Intemperie, leí el primer fragmento y supe (sentí, más bien) que algo enorme, salvaje y diferente me esperaba.

Intemperie te devora desde dentro, como los cánceres agazapados y asesinos. Te va horadando la piel dormida, esa manta gris de paquidermo que vamos adquiriendo los que leemos por vicio. No hay regreso después de Intemperie, solo desolación y retinas abrasadas por una prosa brutal, desprovista de cualquier piedad para con el lector. Con el corazón encogido y la razón como de corcho, acabas admitiendo que la Belleza es también inquilina de los sórdidos sótanos de la maldad. ¿Cómo es posible que, palabras tan hermosas sean vehículo de dolores tan enormes?

Jesús Carrasco te mata cuando lo lees pero lo peor es que te deja sin opción, pues entiendes que tu vida de lector, tu existencia dentro del propio libro, solo será posible con su obra en tu estantería. Necesito leérselo todo. Ya. Bienvenido, Jesús a mi parnaso subjetivo e intransferible. Entiendo que llegas para quedarte.

Al lío. Intemperie cuenta la historia de un niño sin nombre que se escapa de casa –no les diré por qué- y que en su huida a través de un páramo hostil y peligroso (también sin nombre) conoce la amistad, la entrega, la fidelidad y la incondicionalidad de un viejo pastor que le da cobertura en su viaje desesperado hacia ninguna parte que no sea lejos, muy lejos de casa. Sin concesiones, de modo cruento e indelicado, Jesús Carrasco va narrando los avatares de esta pareja imposible pero complementaria (otra vez Quijote y Sancho, Lázaro y el ciego, Horacio Oliveira y Traveler…) y lo hace con tanto detalle, con tanta morosidad y acercamiento que, a ratos le gritas: ¡Para ya, por favor! ¿Es necesaria tanta explicitud? ¿No hay en tu verbo ni ápice de árnica que nos consuele?

Preparen sus encías y el dorso de su lengua pues se sentirán invadidos por el sabor acre de la tierra y de la sangre. Sufrirán el tormento de las heridas abiertas en la carne frágil del niño o en el pellejo cuarteado del pastor. Padecerán la taquicardia que produce el terror, la adrenalina disparándose ante el acecho de la violencia inminente. Llorarán a lágrima viva cada infortunio que estos parias perseguidos por los poderosos sufren a cada paso, a cada línea, a cada letra mientras ruegan porque esto acabe pronto… pero no podrán dejar de leer. Es la perversa adicción que provocan los relatos bien pergeñados y mejor contados.

Y el cuerpo, esa máquina perfecta que parece soportarlo casi todo, se desmorona por el cansancio, la sed permanente, el hambre nunca suficientemente saciada, el frío absoluto, el sol calcinante, el miedo que los acompaña junto al perro y las ovejas. Los olores nauseabundos del sudor, las heces, la orina y los animales, la precariedad extrema de todo lo básico, el silencio constante, la soledad completa pero compartida… y el amor y la generosidad como flores de vertedero.

Y la maldad, descrita de todas las formas posibles se hace dueña del relato. Esta maldad suena a moto de alguacil, a rodamiento de carrito de tullido, a escopeta de matón. En el colmo del esperpento, quiso Jesús Carrasco dotar de una monstruosidad perfectamente reconocible a sus antagonistas. Seres repugnantes, malditos, embrutecidos y envilecidos por el poder que ostentan; traidores, perseguidores infatigables en pos de su trofeo. Malos sin paliativos, perversos por el puro placer de serlo. Seres abyectos y odiosos.

Esta no es una novela de viajes, es la novela de un viaje que comienza en el terror y no desvelaré dónde acaba. Es tal su descarnamiento –tanto temático como formal- que se diría escrita con los huesos y con las boñigas de las ovejas sobre el árido papel del páramo. Me pareció escuchar al leerla, el canturreo de Delibes, el murmullo de Cervantes, el guitarreo gaucho de José Hernández, los estertores de Juan Rulfo o la sorna displicente de Baroja. Sin duda, Jesús Carrasco es además de un gran escritor, un magnífico lector que, sin acercarse lo más mínimo al plagio, bebió bien y con mesura de las mejores fuentes.

El ritmo de su verbo oscila entre lo trepidante y lo desesperantemente lento. Conoce como pocos el léxico del campo y nos trastorna con tanta terminología rural que uno acaba por rendirse y deja de ir al diccionario a cada paso. Somete cada frase al bellísimo corsé de la sencillez extrema, de la depuración máxima. Nos obliga a acompasar nuestra respiración a la de sus personajes, nos acelera los pulsos y nos encoje los esfínteres.

Lean a Jesús Carrasco. Prepárense para un final asombroso. Escápense de casa y enfréntense a sus terrores. Lleven manta, pues refresca por las noches y aunque sufran lo indecible… disfruten.

 

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