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La noche en casa: J.M. Guelbenzu disecciona el amor

José María Guelbenzu es uno de esos raros escritores que ha entendido a la perfección el arte de la novela. Conoce de qué materia está hecha, la destroza, la vapulea, la maltrata y casi muerta, la recompone ofreciéndola limpia, grande, nueva, desnuda. Leer a Guelbenzu requiere pasamontañas y bufanda, pues su prosa azota con aire frío, cortante, de los que te deja sin aliento; no da tregua jamás, no se rinde a la pleitesía del esteticismo hueco, no hace concesiones mercantiles, ni asoma jamás entre líneas con guiños amables al lector. A Guelbenzu lo aborreces o lo adoras. Yo, confesa adoratriz de este genio, me propongo seducirlos, invitarlos, apremiarlos a que no dejen pasar ni un día más sin entregarse a su obra. Háganme caso.

De entre su surtida producción, que vengo devorando desde joven, elijo esta delicia titulada La noche en casa (1977) por lo que tiene de bocado singular y por su enorme honestidad. Es una novela de amor, no de amores; de soledad, no de hombres solos; de trenes, viajes, encuentros, despedidas y una ciudad luminosa, San Sebastián, por la que el protagonista, devenido ocasionalmente en correo de un grupo vasco ilegal, transita a la espera de entregar un paquete que le pesa y acongoja, pero le proporciona la excusa perfecta para alejarse de un Madrid que lo atormenta, de una exmujer que no sabe ni cómo ni cuándo perdió, de una juventud que se le escapa… Entre paseos por La Concha, cañas solitarias y búsqueda de pensiones que lo mantengan en continuo movimiento, va Chéspir (que así se llama el protagonista) desplazándose errante pero sobre todo pensante, inquiriente, casi diletante. Y desde esta soledad que es su vestido, evoca, rebobina, rememora detalles nimios o enormes de su pasado, impulsado por una necesidad casi enfermiza de encontrar la clave de su desolación y, claro… llega al amor, al desamor, al dolor. Entonces empieza lo bueno.

Quiere la suerte que encuentre a Paula, una vieja amiga y compañera de facultad, que también de paso por la ciudad, hace noche en casa de unos amigos ausentes. La noche en casa. Y sigue queriendo la suerte que estos dos se reconozcan de inmediato, se celebren y aproximen y que durante una hermosa e hiriente noche, arrimen sus soledades de viajeros sin destino. No piensen en un romance, por favor… Porque Paula, que como bien suponen es una hermosa e interesante mujer, trasciende de inmediato su previsible papel de revolcón de una noche, para transformarse en la interlocutora lúcida y necesaria de las introspecciones vitales de Chéspir. Los diálogos rápidos y cómplices nos desvelan sus complejas personalidades, tan dispares pero tan compatibles. Paula es los pies en la tierra y la cabeza en las nubes; el pánico a las ataduras y el cepillo de dientes que no falte; la urgencia de volar a cualquier parte con la agenda y los horarios bajo el brazo. Chéspir es el caos, el hombre asediado por la culpa, cercado por el miedo, herido por la pena pero tan amargamente cínico que resulta conmovedor. Por eso es tan hermoso leerlo en sus reflexiones demoledoras y honestas, pensando de ese modo tan, permítanme, poco masculino, sobre el amor y su duelo, sobre el vacío existencial, sobre la inutilidad de cualquier gesto, cayendo en un nihilismo que lejos de liberarlo lo sume aún más en esa maraña de sinrazones que es la propia vida.

Lejos de mi intención desvelarles nada más de la trama, que personalmente sitúo en el último puesto de la clasificación de mis intereses lectores de esta novela, y no porque no sea trascendente y válida, sino porque aquello que me atrapó de su lectura tenía muy poco que ver con cómo termina la historia, ni siquiera con cómo empieza. Esta percepción particular, pero a buen seguro compartida por muchos lectores de Guelbenzu, obedece a la maestría técnica del autor. Les dije al principio que el escritor no hace concesiones al mercantilismo pero eso no significa que desprecie la eficacia narrativa y precisamente por ello, convierte en análisis sesudo y suficiente “per se” un argumento que caído en otras manos no habría pasado de folletín.

Déjense llevar. Abran el libro y sean Chéspir. No se conformen con mirar. Guelbenzu les está escribiendo su propia vida. ¿No sienten curiosidad?

 

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