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Mario Benedetti: La tregua necesaria

Amo a Benedetti. Sin idolatrías ni histerismos grupies. Amo al ser humano que construyó para mí, y sin saberlo él, un refugio seguro, una casa (más bien una guarida), un rincón inexpugnable donde recogerme cuando ya no puedo más con… Y mi amor se asienta sobre la certeza de su condición de ser tangible, inmediato, posible, vecino, normal hasta el desvarío. ¡Aprendí tantas cosas que ya sabía leyendo su poesía! La mirada irónica, buena, inteligente, socarrona, erótica y revolucionaria con que Mario enfocaba el entorno, lo deglutía al instante y lo regurgitaba en poemas inmensos, intensos, redondos. Amo a Benedetti en cada verso, sin importarme la rima disonante o el ripio infantil que a veces se permite, chiquilladas de un hombre que se negó a crecer para no renunciar a la sorpresa.

Pero hoy no les traigo al poeta (o quizá sí, quizá también). Hoy viene el novelista y les ofrece con su acostumbrada humildad La tregua, una historia corriente, de un hombre cualquiera, en una ciudad común, en un mundo sabido y presupuesto donde lo ordinario se convierte en objeto de continua reflexión, en punto de mira interesante pese a su disfraz cotidiano. Martín Santomé, viudo, con tres hijos, funcionario y al borde de los cincuenta, anda próximo a jubilarse y decide, un poco por aburrimiento, un poco por emergencia vital, escribir un diario de sus últimos meses como empleado gris, de una oficina gris, llena de compañeros grises y de jefes marengos. Esta novela, publicada en 1960 (jovencísima, se lo aseguro) es siamesa de aquel poema suyo que no me resisto a recordarles:

 

El cuento es muy sencillo, 
usted nace, 
contempla, atribulado, 
el rojo azul del cielo, 
el pájaro que emigra 
el torpe escarabajo 
que su zapato aplastará 
valiente. 

Usted sufre, 
reclama por comida 
y por costumbre, 
por obligación, 
llora limpio de culpas, 
extenuado, 
hasta que el sueño lo descalifica. 

Usted ama, 
se transfigura y ama 
por una eternidad tan provisoria 
que hasta el orgullo se le vuelve tierno 
y el corazón profético 
se convierte en escombros.

Usted aprende 
y usa lo aprendido 
para volverse lentamente sabio, 
para saber que al fin el mundo es esto, 
en su mejor momento, una nostalgia; 
en su peor momento, un desamparo 
y siempre, siempre, 
un lío.

Entonces, 
usted muere.

 

En La tregua, la belleza de la cruda realidad convierte en un acto literario de máxima poesía, este ejercicio en prosa (quizá le dio pereza a Mario andar rimando esta vez). La vida asombrosamente simple y por ello compleja de Martín tiene algo de vegetal, de espora en espera, de corriente mansa, de todo el pescado vendido. Hombre silencioso, serio y de contenidas emociones, mantiene una relación difícil con sus hijos, esos desconocidos que lo respetan a veces y lo desprecian siempre aunque lo amen. Es tarde para abrirse ahora, para jugar a la familia feliz, para intentar entenderse, para vadear abismos y acortar distancias. Solo, completamente solo en su soledad protectora, Santomé va de casa a la oficina como un autómata burlón, consciente de su mediocridad laboral, paternal, social. Hace pocas concesiones a la nostalgia; apenas algunos vistazos al pasado para evocar a Isabel, la esposa muerta y recordar sus gozosos juegos de cama. El resto es seguir adelante sin más rumbo que la vida misma. Ocasionalmente tropieza con viejos conocidos que lo aburren mortalmente, un puñado de fracasados que no han hecho nada con sus vidas, que andan ignorantes y prosaicos, buscando contentar su estómago, su bolsillo y su bragueta, mientras rumian los mismos chistes de siempre, sin gracia. Él se aburre. Su existencia ha entrado en un bucle cansino. Ahora que ya no queda nada para su jubilación ¿qué hará con su tiempo? ¿Qué es eso del ocio? ¿Cuál es el suyo? Mientras, el placer aparece en encuentros fugaces e insípidos con señoras fortuitas y desconocidas, con la contemplación casi propia del viejo verde, de mujeres que pasan y que sus ojos sabios clasifican en bonitas y feas y, de entre el grupo de las bonitas, las de buenas tetas o buen culo. El dilema se resuelve sin dudas: amplia victoria de los traseros. Esta frase tan limpia, tan sincera, tan jodidamente acertada y libre de verbo, dejó hace tiempo sin elección posible al poeta Jorge Molinero, que no tuvo otra que titular así su poemario. Y es que hay sentencias que no buscas, más bien te encuentran ellas y ya no hay escapatoria.

Pero detrás de Martín está Mario, el filósofo de barrio, el cronista del hombre. Ese que no titubea ni se corta al poner en boca de su protagonista ciertas afirmaciones calificadas hoy de machistas, de clasistas u otras de abiertamente homófobas. Esa pluralidad de pensamiento, ese amor de Benedetti por su criatura literaria, le permite inventar ideas que a buen seguro el escritor no comparte, sin desdoro ni merma para el protagonista. Martín, no lo olviden, es un tipo corriente. Su desgracia es que se hace preguntas, es consciente de su normalidad. Su capacidad de introspección, aunque plagada de pequeñas mezquindades, lo sitúa en un nivel superior.

Y luego está Avellaneda. La muchacha que se incorpora a la oficina a las órdenes de Santomé. El sol calienta más aunque sea invierno y el mate vuelve a tener el sabor amargo de los días buenos. El corazón patea su caja, la piel dormida se despereza y las erecciones son de nuevo emocionantes, mucho más que fisiológicas. No hay más remedio que liarse, enredarse, alquilarse un pisito y rendirse a la felicidad. La vida le da una tregua, lo saca a bailar, a él, que no tiene oído (más bien oreja). Pasó del blanco y negro al tecnicolor. El resto se lo dejo a ustedes. Ya conocen mi aversión al spoiler.

En fin. Bendita sea la hora en que aquella maestra gorda y buena me enseñó a leer. Benditos los libros con los que me he construido un hogar de los de verdad. Bendito Benedetti que llegó para contarnos y se fue muerto de risa porque él ya sabía… En estos tiempos de ignorancia, ceguera y estulticia La tregua resulta enciclopedia. Ya están tardando. Disfruten.

 

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