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Marta Traba: Cuatro veranos, una mujer

Lo habitual es que, una vez leído o releído el libro al que los invito quincenalmente, me obligue a un riguroso reposo de varios días y,  desbrozado el relato de imágenes y sensaciones inmediatas, me sienta más o menos capaz de ofrecerles una visión siempre parcial pero en la medida de lo posible desneurotizada, de la obra que me ocupa. Esta vez no ha sido así. No ha podido ser así. No me deja ser así. Acabo de terminar su lectura en este momento y tras haber superado la prueba infalible a la que someto cada obra que leo (que no es otra que estrechar fuertemente el libro contra mi pecho mientras entono una letanía apenas susurrada “no quiero que se acabe, no quiero que se acabe”) empiezo a tentarlos.

Las ceremonias del verano es una ¿novela? escrita a una voz y cuatro veranos por una autora no demasiado conocida, la argentina Marta Traba que, sin llegar a la categoría de mis abundantes suicidas, engrosa la lista de autores que murieron mucho antes de lo debido y dejaron huérfanas las letras y la belleza. Si de común, la muerte de los mejores es siempre absurda, aún lo es más cuando llega en forma de avión estrellado y deja “in media res” una vida, una obra y una vejez aún lejana y promisoriamente fecunda. Marta fue novelista, poeta, crítica de arte, intelectual comprometida con Latinoamérica y el feminismo, exiliada, ciudadana de todas partes y de ninguna, librepensante, libresintiente, activista de lo justo e independiente hasta la obsesión. Marta vivió afiliada a ella misma, hecho que constituye la más alta y pura forma de feminismo.

Las ceremonias… es una obra muy mayor a pesar de su breve extensión; apenas 143 páginas pero tan densas, tan intensas y tan sinceras que cada una de ellas tarda una eternidad en leerse, pues la autora se desespera en la fragmentación de sensaciones y percepciones de todas esas realidades mínimas y cotidianas que habrían pasado desapercibidas para cualquiera de nosotros, peatones despistados de nuestros propios veranos.

El primer verano enfrenta a una adolescente asustada, alucinada e invadida por una soledad sorda que el abandono y el desamor provocó, a un viaje en tren desde el irrespirable Buenos Aires hasta Vicente López, ciudad ribereña y medioburguesa donde la esperan una tía ignominiosa, una prima desatenta y una criada deforme. Avergonzada por su atuendo y su peinado, tan poco adecuados para los provincianos saraos nocturnos, se refugia en los muebles encerados, en la belleza de los objetos que la protegen y la ponen a salvo de todo el feísmo sórdido de su casa bonaerense. Aquí, en este caserón donde todo está colocado conforme a una geometría inexplicablemente tranquilizadora, la muchacha comprende que nunca más estará sola porque ella misma será su constante compañía, lejos de las convenciones y de lo adecuado, acompañadamente sola para siempre, con su maleta y su pelo indomable, triunfadora de las burlas ajenas, vacunada del rechazo de los otros. Buenos Aires – Vicente López es un trayecto iniciático y sin retorno.

El segundo verano transcurre en París. Ella es ahora una mujer joven que, sin saberlo, se regocija en su desamor y descubre en las orillas del Sena, en los cafés abarrotados y en los apartamentos minúsculos donde los inmigrantes como ella se hacinan, que todo es relativo, que el dolor también es la vida, que quererse y reconocerse poco tiene que ver con que te quiera el otro. Otra vez, como años atrás en Vicente López, se registra como superviviente y parte sustancial de una vida, que en ese momento es ese verano, que palpita y adquiere sentido en la luz y las voces y las calles y el calor.

El tercer verano la lleva a Castelgandolfo. Su hijo, su perro y Clemé, la acompañan en este tercer viaje de autoconocimiento donde la búsqueda del equilibrio, de la paz vermeeriana (así la llama ella en referencia al estatismo virtuoso y consolador de la obra del pintor flamenco) será su motor en un verano campestre, atronado por las chicharras y el perfume de las uvas y devastado por la noticia de la muerte de la hija de Clemé. A pesar de tanto ruido, de tan terribles acontecimientos y tantas cotidianas obligaciones, consigue aislarse y conocerse como ser único y libre. Nuevamente, la luz, el lago, los pinos, el monocorde discurso de la enajenada Clemé, la presencia delgada y discontinua de su hijo, la compañía gratuita de su perro, la arena y el calor, propician una plataforma con vistas privilegiadas a sí misma, a su interior siempre interrogante, al acecho de su propio y auténtico conocimiento. La vida sigue, incluso cuando la muerte la detiene y todo parece contraerse, pero no es más que un breve plazo para coger aire y proseguir. Después de todo, la vida es ella mientras siga viva.

Por último, el cuarto verano no es más que un recuerdo. La mano grande y caliente de un hombre se posa desmadejada sobre su cadera desnuda, mientras el amor y el calor los mece en un hotel de ningún sitio. La modorra y el sopor irrespirable del verano la transportan a otros veranos que fueron, a miles de fragmentos de estíos pretéritos que no logra recomponer pero que la hieren y conforman. Esta mujer es aquella de decenas de veranos a sus espaldas y es esta otra que ahora yace asombrada en brazos de quién sabe, dolorosamente consciente de su mismidad, sintiendo con placer pero también con irónico desapego y cansancio, la compañía del hombre que pronto se marchará para dejarla libre y a disposición de los veranos venideros.

Las ceremonias del verano deja en los intersticios de sus capítulos la magnífica y poderosa posibilidad de que ustedes los completen, los redacten, los imaginen y los firmen como propios. Marta Traba nos hace escribir a todos lo que ella no quiso, lo que desechó, no por inútil, sino por sombrío, arcano y potencial. La vida de una mujer se asoma por un instante a la luz de cuatro veranos y permite que el sol la caliente y se nos muestre un ratito apenas, para deslumbrarnos e inquietarnos y oscurecerse de inmediato dejándonos a la espera del siguiente alumbramiento.

Verán qué prosa tan elocuente, qué maestría en la redacción, qué poderosos sus adjetivos, su discurrir de pensamiento que es casi monólogo interior, qué delicadeza en la interacción de lo tocado con lo sentido, de lo cierto con lo imaginado… Descubran a Marta Traba, incorpórenla a su biblioteca desordenada, veraneen con ella, encuéntrense mientras la buscan siempre cerca de un río, de un lago o de una playa… y disfruten.

 

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