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Miguel de Unamuno: Las mentiras de la verdad

Me pregunto si será posible cuantificar el sufrimiento de un secreto, que a fuerza de serlo, se convierte más bien en una mentira. Esto que ahora se conoce con la expresión “salir del armario” abarca un territorio mucho más extenso que el de una sexualidad alternativa, socialmente reprobada y necesariamente oculta durante tanto tiempo. Me refiero a esa condición (la que fuere) que de hacerse pública nos sometería al lamentable repudio social, primero por ser “la mentira” y después por haber construido sobre ella toda una vida que, sin pretenderlo, acaba siendo modelo y espejo social.

San Manuel Bueno, mártir (1933) es una de las últimas novelas de Unamuno. Obra de madurez y síntesis, el relato ofrece con engañosa simplicidad la exposición de los hechos “intrahistóricos” que condujeron a un párroco corriente y rural a convertirse en santo y de las verdades atrapadas en su alma que lo atormentaron en vida.

El etiquetado al uso debiera obligarnos a hablar de “nivola”, término acuñado por el propio Unamuno para distinguir sus obras de corte psicológico y filosófico, de las narraciones decimonónicas adscritas al Realismo. Sin embargo, cierta voluntad de estilo, algunas descripciones pintorescas o la sesuda profundidad de los caracteres de sus personajes hacen virar la obra hacia derroteros más clásicos. Aún y así, San Manuel tiene esa brusquedad narrativa tan del gusto de don Miguel.

Vamos a los hechos: Ángela Carballino, vecina de Valverde de Lucerna, relata la vida y andanzas del que fuera párroco del pueblo, el buen don Manuel, para justificar su santificación propuesta por el obispo de la diócesis de Renada. En primera persona va detallando cómo y cuándo lo conoció, qué poderoso influjo tuvo sobre toda la parroquia y muy especialmente sobre ella y el modo en que, ya en vida, don Manuel era perseguido por un premonitorio olor de santidad. Todo en él era bondad, lucidez, alegría, solidaridad y compasión. Hombre de acción más que de oración, llenaba las horas de su existencia con mil labores pequeñas que excedían con mucho sus obligaciones eclesiásticas: ayudaba en el campo, arreglaba desperfectos, acompañaba enfermos… Y además era guapo, inteligente, cariñoso y risueño. En la adolescente inocencia de la narradora se transparenta un deseo claramente sexual hacia el párroco, que ella identifica con una necesidad de ser madre. Cuando está cerca de él, no puede evitar sentir un extraño calor en el vientre que don Manuel se apresura en rechazar. Así de santo era. El asunto se complica cuando aparece en escena Lázaro, el hermano de Angelina (obsérvese el valor simbólico de las antropónimos…) que regresa al pueblo tras toda una vida de emigrante en América y a todos pretende revolucionar con sus ideas ateas, anarquistas y liberales, pero que finalmente, se ve atrapado por el magnetismo extraordinario del párroco.

Empieza aquí una hermosa amistad fraguada a golpe de paseo por la orilla del lago y los caminos que circundan el pueblo. Largas y solitarias tardes que ambos dedican a la conversación trascendente hasta llegar a la confidencia, a la confesión. Lázaro resulta ser el depositario del gran secreto del sacerdote; esa verdad que lo atormenta y lo culpabiliza y que explica su hiperactividad: hacer para no pensar, para no castigarse más, para no ser responsable en primera persona de la desgracia ajena. ¡Qué pesada carga! Don Manuel le confiesa a Lázaro que es ateo. Sí, él, el perfecto párroco al que todos consideran ya un santo en vida. No cree, no tiene fe, duda de todo, cuestiona los dogmas de la Santa Iglesia que lo cobija, pero, por fortuna para él, tiene una certeza que le impide concretar un suicidio frecuentemente deseado y no es otra que la de saber que su pueblo es feliz en la creencia de otra vida, de un dios y de sus normas. Si les revelara ese espejismo, los haría sumamente desgraciados y no es esa su labor. Él se sacrifica en aras de un bien público. Con el tiempo, Lázaro acabará confesando a su hermana la verdad revelada y esta, sumida en una gran confusión, escribe la historia muchos años después, cuando ya don Manuel es San Manuel. En un admirable resumen final, Unamuno, ya en primera persona, justifica el relato asegurando que encontró casualmente el manuscrito de Angelina, que ahora ve la luz.

La obra entera es un compendio de símbolos casi esotéricos que los estudiosos de Unamuno se han afanado de largo en desentrañar: el lago, la nieve, la montaña… Y precisamente por eso, porque es trigo muy trillado, prescindiré de un análisis que encontrarán a tiro de Wikipedia o de manual de literatura. Sin embargo, he creído ver (perdonen el atrevimiento) una metáfora de la trinidad católica en forma de criaturas literarias. Don Manuel sería Jesucristo, el de las dudas en la cruz, el de las acciones antes que las oraciones, el que expulsa a los mercaderes del templo. Lázaro sería Dios, el que todo lo conoce y en todas partes está. Angelina sería el Espíritu Santo, la perfecta suma de los dos anteriores, la inocencia, la piedad y la capacidad de amar sin límites. Debajo de esta triada protagonista queda el pueblo, la gente sencilla e ignorante a la que deben mantener al margen de las verdades a las que se llega por la duda. Un rebaño manso al que proteger y cuya presencia en la novela se concreta en el personaje de Blasillo, un pobre hombre, mermado en sus facultades mentales, cuyo papel estelar consiste en imitar machaconamente pero con profunda devoción, las palabras que don Manuel pronuncia en sus sermones. He aquí el eco desprovisto de sentido… Vean cómo una mentira mil veces repetida llega a ser la Verdad.

Los dejo con don Manuel. Apenas precisarán de un par de horas para leerlo pero su digestión no es fácil si son ustedes adictos a la reflexión posterior. No les garantizo, como tantas veces antes, un viaje estético inolvidable, ni mundos posibles o vislumbrados. Esta vez es un espejo. Mírense sin miedo, atrévanse a indagar en las mentiras sobre las que todos construimos nuestras vidas, sacúdanse la máscara, abran el armario (si quieren), asomen la patita y disfruten.

 

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