últimoCero
 

Pablo Otero: Si Freud levantara la cabeza

Qué asunto inquietante este de “articular” a un poetamigo… mejor, a un poetavecino, poetaconocido, poetaquetecaebien, Vaya jardín. ¡Cuánto más sencillo largarles una buena perorata sobre Garcilaso, Quevedo o Verlaine! Todos muertos, todos mudos, sin posibilidad de réplica o movimientos de cabeza en señal de desacuerdo. Pero se cruzó Pablo, colgó en la red sus Cueros, se me ocurrió ojearlos y no me quedó más remedio que traérselos a ustedes a primera línea de poesía, para que lo gocen, lo despellejen, lo recomienden y lo aborrezcan por cada uno de sus malditos y vergonzantes versos que ni ustedes ni yo supimos escribir y él sí. Les advierto que no es Cueros lectura para mojigatos que apagan la luz para marcarse un misionero ocasional con la parte contraria, un sábado sí y otro no. Cueros se saborea desde la promiscuidad mental, onírica y carnal, pues no es esta obra otra cosa que una sucesión aberrante, deliciosa, concupiscente y pornográfica de las ideas locas, los antojos prohibidos, las filias inconfesables que todos hemos tenido (bendita sea la hora) más de una vez, más de diez.

Mucho cuidado con leerlo en clave de canto a la mujer u otras cursilerías semejantes. Cueros es un poemario con vocación universal desde lo más personal de Pablo Otero, un tipo corriente que compra en mercadona, no se afeita a diario y conversa con desparpajo y facilidad sobre la frivolidad de turno. O sea, que no va de poeta, ni se viste de poeta, ni vive como un poeta…Esta aparente normalidad de hombre que se busca la vida, paga facturas, tiene cuñados y se acatarra, engrandece aún más a ese otro hombre (¿o acaso no es el mismo?) que acomete con pluma furiosa el asunto antropológico más antiguo y desconocido: el sexo. O el amor. O el sexo con/sin amor… pero siempre con cuero, con piel que es frontera, que es salida y meta, alfa y omega de los encuentros casuales o eternos. Su erección intelectual y literaria es permanente y sin embargo qué alejada su poesía de obsesiones manidas, de lugares comunes tan fáciles de reconocer cuando se habla de sexo. Porque la erótica de Cueros reside en la no frontera entre la realidad y el deseo, entre el orgasmo perfecto que nunca llega y la cotidiana urgencia de las cosas de la vida, entre el amante bandido y el chico de los recados. Por eso es tan sencillo reconocerse en el discurso de quien se sabe presa de un priapismo congénito y a la vez víctima de la necesidad de comprar el pan.

“lléname de quebrantos y sonidos inconexos.

que se curve mi cuerpo como arco y te lance

todos los gritos que llevo ocultos desde niña.

 

sé la espada que atraviese el arcón de mis miedos.

y bésame,

bésame, bésame tanto que llenarte pueda

 de espasmos y de vientos.

 

y luego,

luego llena mi ego

 lavando los platos que se agolpan en la mesa.”

 

Me asombra y me complace la observación delicada y dedicada del deseo femenino, el tratamiento cortés y certero de las sospechadas fantasías de mujeres que conoce, conoció o supuso; la educada manera de indagar en los pezones erectos, las vaginas húmedas, los clítoris abultados y exigentes, sin machismos, sin triunfalismos, anticipando la derrota de quien se reconoce ajeno a tales excitaciones, pero se queda mirando como parte innegociable del disfrute. Otero es poeta voyeur, de los que abre los ojos durante la penetración para grabarse a fuego cada mueca, cada pliegue y recrearlos más tarde como asesino que vuelve al lugar del crimen. También es perro rastreador, olfateador profesional que atesora jugos y humores con los que perfumarse el resto de la jornada.

 

“hoy, todo me huele a ti.

en la panadería, todo el pan huele a ti.

paseo, y el mar huele a ti.

me encuentro con Sophia, y Sophia huele a ti.

haciendo la comida, el cocido huele a ti.

el cobrador de la comunidad, huele a ti.

Karmelo, que me sirve el café y la tostada, huele a ti.

hasta el Ensayo sobre el libre albedrío de

Schopenhauer

que intento leer por quinta vez, me huele a ti.

 

(es lo que tiene, supongo,

haberme quedado dormido

entre tus muslos.)”

 

Pero si algo me ha conmovido más que su retórica, es la humildad con la que aborda las conquistas, una cierta pose de cazador cazado, la voluntaria obediencia a la que se somete en los encuentros, mucho más preocupado de dar gusto que de obtenerlo pero consciente de que no hay forma más extraordinaria de goce propio que provocar el placer del cuerpo ajeno, del alma del otro. Cueros canta al inmenso dolor que subyace en el orgasmo y tras él, a la indolencia fingida con la que vamos viviendo mientras esperamos, imaginamos, anhelamos un encuentro total con el cuero del otro, una comunión que explique qué es esto de estar vivos, un ejercicio que, abismándonos a la muerte misma, nos separe de ella y nos haga eternos. El santo sexo redentor se muestra en Cueros con escatológica crudeza, con alucinada admiración, con explicitud procaz y valiente, con metáforas que vienen de muy lejos, de Safo, de Sade, del Cantar de los Cantares, de Catulo, del Arcipreste de Hita, de las jarchas o de San Juan:

 

“tendida en aquel camposanto

e imaginarme

musgo

fermentando.”

 

¿Y qué decir del esfuerzo? ¿Cuántas horas dedicadas a esculpir unos versos que son hachazo maestro, inspiración curradísima y todos ellos cabos atados, repensados, reescritos? Nada queda suelto. Pablo desmiente a la musa veleidosa y se agarra al teclado con sudores de picapedrero… La poesía de Otero no es fácil, ni se digiere bien, ni a todo el mundo contenta, pero calienta como pocas y el lector agradecido sabrá valorar las horas extraordinarias que nunca se cobra.

A estas alturas no voy a hablarles ya, del amor que suda su poesía, del compromiso con una muy particular visión del mundo y del otro, que Pablo ofrece con respeto y sin pudor. No les hablaré de ella, de esa mujer que conozco y de esa otra que adivino debajo, al lado, encima y dentro de muchos de estos versos. El mar, la mar. Mar.

 

“me provoca, señora,

cada día,

una nueva hornada de panes de leche y hiel.”

 

Pero Cueros es muchas otras cosas más. Es colección de grabados y dibujos que, sabiamente elegidos, adornan unos textos que ya son puro ornamento de por sí. Con la promiscua presbicia del mirón que sabe lo que mira, nos regala versiones de su Klimt, fotos retocadas y pinturas de un grupo de artistas y amigos que le prestan ropa con la que tapar sus magníficas vergüenzas. Cueros es también un proyecto solidario en formato de pura artesanía, pues Pablo Otero, con sus propias manos encuaderna bajo pedido cada libro y destina un tercio de la ganancia a colaborar con la Asociación Española Contra el Cáncer entre otras. Así que vayan tomando nota de cómo hacerse con la obra. Si lo desean, la pueden descargar desde: http://pablooterocueros.blogspot.com.es/. Si lo que prefieren es comprarla y colaborar con su proyecto, realicen su pedido en otero01@hotmai.com

A ustedes les dejo el honor de descubrir el resto entre sus poemas, de calentarse con un sexo primitivo y refinado al que Pablo tuvo la osadía de asomarse. Si Freud levantase la cabeza leería Cueros con resabio y admiración y les diría “os lo dije”. Atrévanse a ponerse en Cueros, mejor acompañados si no quieren terminar en un onanismo anunciado (o sí); hagan memoria de lo que nunca pusieron en práctica, abran los cinco sentidos, retiren la colcha, suban la luz y disfruten.

 

Bodegas Hiriart - Cigales

 

Formulario de búsqueda

 
Presentación | El equipo | Videos de Apoyo | Suscríbete | Contacta