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Pierre Lemaitre: vestido de Hitchcock

Todas las novelas son, en el fondo o no tanto, un homenaje a terceros. No me refiero a las dedicatorias, casi siempre personales e intransferibles (y por lo mismo, incomprensibles para el lector) si no a los maestros que se manifiestan aún más omniscientes que el propio narrador, a la sazón alter ego del escritor. Y digo esto porque hoy les traigo la novela más deudora de Hitchcock que me he encontrado hasta ahora: Vestido de novia, del novelista y guionista (quédense con este dato) francés Pierre Lemaitre.

A Lemaitre le concedieron el Goncourt en 2013, pero la fama ya le había llegado con anterioridad gracias a novelas policíacas como El novelista (2006), Álex (2011) o Sacrifices (2012), algunas de las cuales han sido adaptadas al cine. Dicho lo cual declaro que comencé a leer con prejuicios –pues el tufo a best seller siempre me echa para atrás y si Hollywood anda de por medio, ni te cuento-, esta obra que me enganchó nada más terminar el encabezamiento en cursiva del primer capítulo. Unas pinceladas, una descripción inquietante, una mujer enajenada, un niño que yace ¿muerto? entre sus piernas. Todas las posibilidades. La obertura podría haber sido, perfectamente, un microrrelato de Monterroso. Avanzo y me voy sumergiendo en una trama alucinante. Sophie, la joven protagonista, va dando tumbos desde que hace unos meses, de manera paulatina e inexplicable, su vida feliz y plena se desmorona merced a “accidentes”, olvidos, equívocos y mayúsculos desastres cotidianos, de los que no es responsable (o al menos eso cree) a pesar de que todo apunta a ella como culpable: la paranoia la ha poseído, dinamitando su entorno y  sus circunstancias. Atónita y desbordada, se observa a sí misma protagonizando letales despistes, cometiendo delitos impensables, huyendo de la policía y de su mala fortuna e intentando averiguar cuándo, dónde y cómo comenzó esta pesadilla. “¿Dónde está Sophie y qué has hecho con ella?” parece preguntarse la mujer frente al espejo. Ya casi ni se reconoce. Solo fuma y escapa. Únicamente la alienta la pulsión animal por sobrevivir, esa instintiva tozudez de ser vivo que pelea por seguir siendo.

La novela es una roadmovie de vertiginosa velocidad. Los acontecimientos pasan tan rápidos como el paisaje por la ventanilla de un coche a 200 por hora. Con cada nuevo acontecimiento, la acción se revuelve y se retuerce ahondando cada vez más en una intriga para la que el lector no encuentra respuesta. Solo cabe acompañar a Sophie, esconderla, si llega el caso, y gritarle que no está sola, que ella no ha sido, que nosotros, lectores, sabemos que ella no… ¿Y entonces quién? Esta primera parte de la novela es, con diferencia, la más brillante, aterradora, trepidante y cautivadora. Todo son interrogantes. Todo es inercia y huida. (Hitchcock sonríe a Lemaitre desde su sillón de director).

La segunda parte, escrita en forma de diario de un maniaco, da voz a Frantz. En ella, la trama se desentraña, lo irracional se aclara y el lector comienza a entender por qué. Sin embargo, aunque tanta explicación nos colme la curiosidad, la novela decae, se afloja, pierde tensión e intensidad… (Hitchcock levanta una ceja).

Las partes tercera y cuarta son un fiasco. Perdura en ellas la buena técnica literaria. El lenguaje eficaz y cortante de las frases breves y los adjetivos justos. Cierta maestría nada desdeñable nos dice que estamos ante un autor completo, complejo e inteligente pero… su vocación de guionista (muy estilo USA) lo pierde. ¿Era necesario tanto detalle que a fuer de tan exacto se vuelve intolerable y prescindible? ¿Hacía falta explicar cómo se urde la trampa en la que cae el tramposo? ¿Necesitaba Sophie de un padre-asistente-detective? (Hitchcock ha gritado: ¡Corten!) No puedo darles más datos porque les destrozo la historia y nada hay más odioso que el espoiler a la segunda página. A buen seguro que ya he hablado de más.

Todos estos aderezos sobran, básicamente porque la historia inicial se basta a sí misma. No pasa nada por dejar cabos sueltos, por permitir que el lector suponga, adivine, y falle… o no. No hay porqué cerrar todas las puertas ni resolver todos los enigmas. Mi sensación a estas alturas de la novela es la misma que tengo cuando alguien se empeña en explicarme un buen chiste. Con lo bien que empezaste, Pierre…

Aunque solo sea por eso, por esa magnífica primera mitad de la novela, merece la pena leerla. Elijan un domingo de niebla y dolce far niente. Déjense las uñas largas porque se las van a comer todas. Nada de café. Tila y valeriana o Lexatín, llegado el caso. Pasen miedo (del de jadear), asústense (hasta la taquicardia), saquen sus propias conclusiones, imaginen posibles escenarios, opten por no leer la tercera y cuarta parte (Cortázar lo permitiría…) y, por favor, disfruten.

 

 

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