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Sándor Máray: "Pero el amor, esa palabra..."

Si algo grandioso tiene la Literatura es la posibilidad combinatoria inagotable que uno va descubriendo a lo largo de toda una vida de lectura desordenada. Y es que de un modo perverso y fecundo todos los libros son “el libro” y las grandes obras han tendido siempre a interfagocitarse incluso no conociéndose entre sí ni siendo necesariamente coetáneas. Por eso, cuando tropiezas con una novela genial la encuentras llena de quijote, rayuela, odisea, hamlet, edipo, orlando… La memoria sesgada del lector desordenado conecta intuitivamente una obra con la otra y pone en juego lo que de todas ellas aprendió y aprehendió. Este es el motivo de que hoy titule mi artículo con una demoledora reflexión de Horacio Oliveira, ese personaje “cortaziano” lleno de palabras que enmudece ante el sentimiento que más tinta se ha cobrado en la literatura: el amor.

Sin embargo, me pregunto ahora si esta novela que les traigo es o no una novela de amor. La mujer justa es un relato a tres voces que devela con refinadísima crueldad dónde radica la miga del amor, dónde nace, por qué muere, cómo deriva en otra cosa bien distinta, cuándo se pervierte, quién lo mata, qué lo sustenta y para qué sirve. Sándor Márai es un autor húngaro, nacido a principios del siglo XX. Vive la devastación de las dos grandes guerras y la posterior invasión de la URSS y tras su exilio en Italia, se retira a morir (en realidad, a matarse) a California. Porque sin pretenderlo yo, se lo aseguro, Márai no hace sino engrosar la lista de genios inmolados que se me aparecen sin premeditación. Al igual que sucede con Pizarnik o con Zweig, a estos los ves venir desde la tercera línea… “aquí tienes otro suicida” te dices, mientras respiras ese compás desesperanzado y sarcástico que emana de sus palabras. Pero entremos en la novela.

Tres son los protagonistas del relato: un hombre y dos mujeres. Constituyen muchísimo más que un triángulo amoroso previsible porque la suma de sus tres lados arroja un resultado tan completo y variopinto que supera sobradamente el morbo del adulterio y la doble vida. El argumento es sencillo: hombre rico casa con mujer hermosa; pasan los años, viene el divorcio. Hombre rico casa en segundas nupcias con mujer inquietante (también hermosa). Vuelve a venir el divorcio. Solitarios y descreídos, cada uno de los tres va relatando los años vividos desde su momento y su dolor. Son monólogos llenos de incógnitas que únicamente la lectura completa de la obra resuelve.

El primer monólogo lo protagoniza la primera mujer. Hastiada y aún dolorida, años después de su divorcio hace memoria de lo que fue su vida junto a este hombre que nunca le perteneció del todo por motivos que conocerá cuando ya es demasiado tarde para ellos. Lo fascinante de su discurso no radica en los hechos si no en lo sentido, lo esperado, lo ansiado. Ella es la mujer que está dispuesta a todo por conseguir sin ambages el amor de su marido. Pero no un amor cualquiera; ella quiere una relación que le otorgue identidad vital; se percibe como una mitad por completar y busca desesperadamente convertirse en la única razón de vivir para su marido. Claro que ella lo ama pero eso es lo de menos porque su felicidad solo le será concedida cuando él se entregue a ella de un modo absoluto y definitivo. Entonces ella se vuelve pozo sin fondo; nada es bastante; ella se cree con derecho a esperarlo todo de un hombre que no parece dispuesto a darle más que cuarto y mitad. Y cuando finalmente accede a lo que ella considera el verdadero motivo que la priva del afecto caníbal que persigue, respira aliviada. Todas las mujeres sabemos (¿?) que es preferible que otra nos arrebate el amor de nuestro hombre a que él deje de amarnos sin motivo aparente. Más allá de lo circunstancial, el monólogo de la primera esposa es un tratado de eso que se llama ahora “guerra de sexos” donde hombre y mujer eran más contrincantes que amantes y cada uno ocupaba un lugar en el amor que tenía mucho que ver con los convencionalismos y la educación. Un hombre de verdad se entrega a medias porque muchas y muy relevantes son las ocupaciones y preocupaciones que lo apartan de los asuntos amorosos que quedan siempre relegados a un segundo o tercer puesto en la lista de cuestiones importantes. Por el contrario, ya pueden venir mil guerras, morírsete un hijo o arruinarte que una mujer sentirá siempre que el todopoderoso amor la rescatará y para ello vive y se desvive.

El segundo monólogo es el del hombre. Aristócrata, refinado, rico y socialmente reconocido y envidiado, nuestro caballero transita por la vida como un alma en pena. Prisionero de su educación y clase social pero muy activo intelectualmente, se debate entre lo que de él se espera y lo que él desea. Este es el capítulo más devastador del libro. Por fin un hombre se sincera y explica sin tapujos qué espera del amor, cómo lo asfixiaba el apremio afectivo de su primera esposa, cómo lo arruinó la cruel tibieza de la segunda y cómo, en definitiva, no cree en nada ni en nadie. Es un ser inquieto cuya privilegiada posición social le permite invertir tiempo y esfuerzo en elucubraciones sobre el arte, la vida, la cultura, la burguesía, la lucha de clases y todas esas cosas interesantes a las que los hombres de bien dedican sus pensamientos. Pero está vacío. Está solo. Ese es su drama, la soledad absoluta del ser humano y en su flaqueza se convence que solo el amor de su segunda mujer de quien se cree enamorado desde hace muchos años, lo podrá salvar de ese sentimiento.

El tercer monólogo es el más rico e interesante. Desde un cuarto de hotel de medio pelo en Roma, la segunda esposa, Juditka, relata con descaro y sinceridad los motivos que la llevaron a casarse con ese hombre al que nunca amó más allá de lo que la llevaron los primorosos calzoncillos bordados con el blasón familiar que ella le lavaba cuando era su sirvienta. Porque Juditka, que se había criado en un agujero rodeada de miseria y de ratas sabía que ningún hombre le aportaría a ella, una superviviente nata, ningún motivo de peso que justificara su existencia. Así que esta buscavidas representó con profesionalidad su papel de criadita misteriosa hasta conseguir su propósito: casarse con el señorito y desplumarlo. Así de fácil, así de cruel, así de práctico. Esta tercera parte es todo un tratado de lucha de clases en el sentido más prosaico de la palabra. Las diferencias sociales no estribaban en explotadores y explotados, en derechos e injusticias, en los de arriba contra los de abajo. Las auténticas e insalvables desigualdades eran las que provenían del olor de una piel acostumbrada a carísimas lociones importadas desde muchas generaciones atrás. Ella sabía que ningún perfume traído desde la más exclusiva y refinada firma francesa lograría borrar de su cuerpo el aroma a tierra mojada, basura y miseria que la rodeó en su infancia. Tal circunstancia le otorgaba pleno derecho a ser así, una manipuladora fría y despiadada. La única de los tres personajes que nunca se permitió olvidar quién era, de dónde venía y cuál era su cometido. La única que sabía que eso del amor que te colma y te engrandece quedaba reservado para los que tenían llena la barriga y los armarios.

La mujer justa debe leerse sumando sus partes porque si algo es verdad, es que los tres personajes aciertan y en su valentía de mostrarse sin complejos, como seres profundamente limitados y miserables, radica la grandeza de sus sentimientos.

Felices días, como quiera que los pasen. Cenen, salgan, compren, brinden o háganse objetores de conciencia navideña, pero, por favor, lean. Y disfruten.

 

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