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Virginia Wolf: Orlando o el desconcierto del género

 “…sólo el grosor del filo de una navaja

separa la felicidad de la melancolía”

V. Woolf

 

En el colmo de mi vanidad he decidido que en mi próxima vida “me pido” ser Vita Sackville-West, a la sazón, amante y amiga de Virginia Woolf y destinataria de esta biografía-poema titulada Orlando, porque es muy probable que la presente obra sea una de las más grandes, extensas y preciosas dedicatorias que poeta alguno pudiera ofrecer a su amada, con tanta grandeza y humildad a partes iguales.

Orlando nos reconcilia con la Literatura. Si se cuentan ustedes entre esos lectores descarriados y empachados de best-sellers y productos pseudoliterarios escritos mal y pronto, no hallarán mejor medicina que Orlando. Cada párrafo (qué digo cada párrafo), cada línea (qué digo cada línea), cada sintagma, cada palabra, cada fonema son la naturaleza misma del arte literario, la encarnación textual de la musa que cohabitaba en el interior de la Woolf, la quintaesencia de la maestría narrativa…; resumiendo, el no va más.

Aupada a una fantasía y creatividad modernísimas, Virginia Woolf inventa la biografía de un joven noble nacido a mediados del siglo XVI cuya vida se estira sin asombro hasta principios del siglo XX. Si tal hecho les resulta ya sorprendente, pásmense cuando se enteren de que, con una lógica irremediable, Orlando se convierte en mujer en el primer tercio de la narración. Todo es posible e ilimitado; han caído las normas espacio-temporales decimonónicas, se han derribado muros del imaginario colectivo plácidamente instalado en las coordenadas del realismo y del positivismo. Sin pedir permiso ni perdón, Virginia Woolf transgrede las leyes de la honesta literatura al uso y se cuenta a sí misma a dos voces: a veces narradora-biógrafa y las más de las veces el/la propio/a Orlando. Los lectores prejuiciosos están de enhoramala.

Para leer Orlando lo mejor es olvidarse de todo lo que uno sabe o ha leído con anterioridad y entregarse sin prevención a un relato que narra con desgarro, sinceridad y preciosismo la historia del ser humano, así, sin nombre ni filiación porque Orlando somos todos, más bien Orlando es lo que todos querríamos o deberíamos ser a lo largo de una vida. No es inocente que la fábula comience en plena adolescencia del personaje, de lo que se deduce la voluntad de novela iniciática con la excusa del viaje y el tiempo y los avatares. Las circunstancias anómalas e inverosímiles que permiten al protagonista vivir casi cuatrocientos años o cambiar de sexo de la noche a la mañana, no son sino delirantes licencias que la autora se permite, pues es tan formidable y extenso el relato que una vida simple no le alcanza para explicarse.

¿Quién o qué es Orlando? En primer lugar, un ser libre y además curioso, inteligente, inquietante, aventurero, gitana, marinero, dama de sociedad, escritora, amante promiscua, galante donjuán, tahúr, decorador, naturalista, madre, solitario, amante esposa, embajador… Posee el mágico y envidiable don de la ubicuidad mental y viaja en el tiempo y el espacio ligero/a como un pensamiento, capaz de distinguir una brizna de hierba en un abigarrado paisaje de la campiña inglesa mientras conduce veloz su descapotable o galopa con aristocráticas maneras por los bosques de su propiedad. Empeñado desde su infancia en ser escritor, Orlando redacta su poema El Roble que se agranda y afianza con el paso de los siglos, siempre escondido bajo su camisa o bajo su corsé y que constituye su testamento vital, el diario íntimo donde ha volcado las extrañas y profundas conclusiones a las que ha llegado tras mucho caminar. En ese sentido, Orlando obliga a una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la consistencia chiclosa de ese elemento que tanto ha obsesionado a científicos e historiadores; el tiempo que de pronto resume en un grumo todo un siglo o que amenaza con perpetuar un segundo concreto de extremo dolor o placer.

Y Orlando ¿es hombre o mujer? ¿Acaso importa? El verdadero aprendizaje de este ser humano alcanza su cima cuando comprende que el género es una pura convención social y que un espíritu libre está por encima de encasillamientos genitales. ¿Por qué ser una u otra cosa pudiendo serlo todo, sentirlo todo, vivirlo todo, gozarlo todo, sufrirlo todo? Orlando hombre ansía el poder, el sexo, el éxito, la conquista pero cuando madura, cuando adquiere la insensata cordura de los que “se dan cuenta” curiosamente se vuelve mujer (¡qué guiño estupendo y feminista el de la Woolf, pues no olviden que la obra fue escrita en 1928!) y siendo mujer descubre que el poder de su nuevo sexo radica (¡qué simple, ridículo y atrozmente cierto!) en la mirada lujuriosa de un marinero que descuida el timón para echar un vistazo fugaz a su hermoso tobillo aunque por ello el barco naufrague. Esta monumental revelación hará de ella una amante lúbrica y expansiva pero dueña de su destino y ajena al deseo de consolidar su posición mediante un matrimonio conveniente o cualquier otro supuesto trato de favor que su nueva condición genérica le hubiera podido proporcionar a una mujer rica y hermosa. Cuando, muchos años después, consiente en casarse, será la poesía quien la lleve al altar, arrebatada por el misterioso nombre de un lobo marino que la desposa pero sigue su viaje liberándola de la molesta convivencia doméstica.

No quiero terminar sin mostrar mi admiración y mi reverencia por la orfebrería laboriosa y excesiva con la que está construida la novela. Pura prosa poética sin concesiones. Lo cursi, lo kitsch, lo rococó se mezclan con palabras que son espadas y hieren de muerte, con imágenes desoladoras y descarnadas. El lenguaje se deforma y se transforma y lo cotidiano adquiere el brillo de lo inesperado a través de una expresividad y una libertad de pensamiento ilimitadas. Ventajas del monólogo interior, que es el formato más recurrente del relato.

Nuevamente les traigo a una suicida. Cuando la lean, comprenderán porque no tuvo más remedio que tirarse al río. Quizá allí encontró la tierra prometida que aquí le fue negada. Un mundo muy estrecho para tan anchos pensamientos.

Disfruten.

 

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