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Con mala leche

¡Hay que tener muy mala leche para largar a la calle a cientos de trabajadores!

Sí, por supuesto, hablo de Lauki. Pido perdón por el jueguito de palabras, ya sé que es de parvularios (uno tiene una edad) pero no pude resistirme. También tenía un jueguito de palabras para Dulciora pero por fortuna para ellos no encajaba en mi relato. En todo caso, y antes que nada, quede aquí constancia de mi total apoyo y solidaridad hacia todas las familias afectadas por estos dos cierres.

“Tener mala leche” es una expresión que utilizamos para calificar a aquellos que actúan desde la mala fe o con la intención de hacer daño. El origen de la expresión se remonta a la antigua creencia de que la leche con que se amamantaba influía en el carácter. No digo yo que esto tenga que ser cierto ¡Siempre culpando a las madres! pero si que puedo afirmar que mi madre no se sentiría muy orgullosa de mi si dejase en la calle a cientos de familias para que yo pudiera pagarme unas vacaciones a todo lujo en Panamá (con papeles incluidos).

De todas formas, y en descargo de las madres de los que firmaron el cierre de Lauki y de Dulciora, hay que decir que estos señores actuaron sin poner caras al drama, ellos no ven rostros solo ven números. Algo parecido les pasa a los que dirigen drones en zonas de conflicto: detrás de las bombas que arrojan no ven personas, solo ven objetivos.

Es lo más terrible de este mundo mal globalizado: la deshumanización. Digo lo de mal porque se podría haber hecho bien. Sí, podíamos haber globalizado la solidaridad, la dignidad en el trabajo o el respeto por los derechos humanos pero elegimos esta mierda de globalización. Es lo que tenemos, que cuando nos dejan elegir siempre elegimos lo peor.

¡No, no me leáis así! ¡Que la culpa es nuestra, sí! Este sistema lo elegimos nosotros. Los que firmaron nuestra entrada en la Europa de los mercaderes eran nuestros representantes, elegidos por la mayoría de las españolas y españoles. Es verdad que muchos les votaron sin leerse la letra pequeña del contrato pero también es cierto que algunos, unos pocos, se la leyeron y votaron a representantes que, pagando un gran precio, se opusieron al tratado de Maastricht (Grande Anguita).

Imagino que muchos pensaréis que no había otra, que es imposible librarse del tsunami globalizador capitalista y que nuestro destino ya está escrito por un puñado de hombres muy poderosos. No lo sé, es posible, pero me gusta imaginar que ocurriría si todos, antes de votar, nos leyésemos (de una puñetera vez) la letra pequeña de los contratos. A lo mejor no acabábamos con los que actúan con mala leche pero al menos tendrían que pasar el trago de mirarnos a la cara antes de echarnos a la calle.

 

 

 

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