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El día de Beatriz Barrios Marroquín

A nadie le suena el nombre de Beatriz Barrios Marroquín, una maestra guatemalteca que fue desaparecida hace 27 años en el tornado oscuro del genocidio que azotó a uno de los países más bellos y jodidos del mundo. Yo tampoco la conocía, hasta que Jean Marie Simon, una fotógrafa norteamericana que se jugó la vida más veces de las necesarias, me enseñó una imagen que tomó de su cadáver. Las manos amputadas, las uñas arrancadas, los cortes profundos en la piel, los hematomas eternos. Descansando sobre una mesa metálica, bajo la luz de un foco, revelando el alcance demencial de una locura homicida que se llevó por delante a Beatriz, pero también al padre de Rosina, al escritor Luís de Líon, a Jorge Castañeda y a otros 250.000 guatemaltecos, mientras empujaba a otras decenas de miles, como mi amigo Luis, a exilios improbables, largos y dolorosos.

Ayer el juez Primero B de Mayor Riesgo, Miguel Ángel Gálvez, procesó a Efraín Ríos Montt por genocidio. Ríos Montt: general, pastor evangélico iluminado, asesino en serie. Ríos Montt el intocable, el del plan Victoria 83 urdido entre pueblos quemados en el Triángulo Ixil, los centenares de muertos en cada fosa, en la Finca La Perla, en Tres Erres, en Panzós, en Rabinal. Ríos Montt, el de los asesores argentinos recetando viajes de la muerte en Ford Falcon de vidrios tintados sin placas, navegando por la ciudad sin límites dejando un sabor metálico en la boca de quienes los vislumbraban regando muerte. Ríos Montt. Ríos Montt. Ríos Montt. Paladeen ese nombre, que contiene un cuarto de millón de almas, y pienso en los recuerdos de un Mundial que tenía lugar en mi ciudad mientras a ocho mil kilómetros se desarrollaba un infierno inimaginable, que se llevó también por delante a decenas de españoles que no pudieron no tomar partido, con la sotana, con la máquina de escribir o con el fusil.

Y lo vi. A dos metros de mí, en el Palacio Nacional de Ciudad de Guatemala, en 2004, yo recién llegado como becario al país, en una recepción a un ministro de exteriores o un secretario de estado, de visita apresurada a la región, cooperación y Telefónica. El no era un proscrito: lo habían elegido presidente del Congreso, asegurándole el aforamiento que necesitaba para seguir impune, observándolo todo en silencio. Y ahí estaba, rodeado de guaruras, que es como llaman a los guardaespaldas de lentes oscuros y sacos baratos de Siman tapando apenas las automáticas de cachas nacaradas. Sonreía afablemente y uno de los guardias civiles adscritos a la embajada me susurró que, si pudiera, le pegaría un tiro allí mismo. A mí me pareció entonces fuera de lugar. Meses después, con la imagen del cadáver de Beatriz Barrios Marroquín grabada a fuego, lamentaría no ser yo el que hubiese tenido el arma a mano.

Se lo dije: ustedes no conocen a Beatriz Marroquín. Yo tampoco pude hacerlo. Pero sí les puedo garantizar una cosa: que se merecía este día. Ella y nosotros.

 

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