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¿A qué viene este cuento?

El único animal que sabe contar cuentos es el “ser” humano. Lo hace desde que “es” humano, desde el origen. Tal vez, precisamente, el salto evolutivo que nos define esté en ese primer cuento narrado en la caverna, junto al fuego. Son los cuentos la expresión de nuestra humanidad. No sólo el dominio del fuego ni la capacidad de pensar y transmitir las ideas con palabras, ni siquiera las potencias de la memoria y la imaginación. Lo que nos hace humanos es la conjunción de todos esos dones en la narración de historias.

El fuego es el hogar, la reunión de los semejantes y el tiempo detenido; la inteligencia supone la capacidad de observar, de entender, de cuestionar y responder; el habla facilita la comunicación; la memoria ayuda a conservar la experiencia; la imaginación permite crear nuevas respuestas para adaptarse al medio… y ¿los cuentos?

Todo eso, y más.

Los cuentos son el lienzo sobre el que hombres y mujeres han plasmado sus principales conflictos, sus dudas y sus respuestas. En ellos se guarda información necesaria para superar los retos de la vida. Son la experiencia de quienes, antes que tú y que yo, se enfrentaron a los mismos escollos. Gracias a los cuentos sabemos cómo se las gasta el malvado y que es posible escapar de su opresión, sabemos que la vida es un viaje difícil pero que existe un camino a Ítaca, que hay otras Ítacas y que, a la hora de la verdad, esa añorada isla natal se encuentra en lo más escondido de nuestro corazón.

Relatar, hacer relación, poner orden… para eso sirven los cuentos. Los cuentos nos ayudan a explicar el mundo, a encontrar nuestro lugar en él y a comprender quién es el otro. Lo hacemos con metáforas, con imágenes compuestas de palabras. Cuantas más palabras y cuentos tengamos, más grande será nuestro ámbito, más felicidad encontraremos en él y mejor nos entenderemos con el prójimo.

También a través de los cuentos reflejamos nuestra forma de pensar y sentir, nuestras ideas y emociones. Contando cuentos nos narramos, decimos quiénes somos y cómo queremos que sea nuestra vida.

Por eso hay que tener mucho cuidado a la hora de elegir el cuento y las maneras:

Blancanieves no es la misma contada por los hermanos Grimm, o por Disney, o en cualquiera de las últimas versiones cinematográficas. No es lo mismo narrar la Conquista de América (así, con mayúscula) que la aniquilación de las poblaciones indígenas (así, con minúscula). No es igual decir “había una vez una crisis…” que decir “había un plan para desvalijar el reino…” recordemos que esto no es un país, es un reino: el reino de la desfachatez, parlamentaria pero desfachatez.

Son sólo algunos ejemplos, referentes comunes para todo el mundo… También los cuentos son así: memoria que se comparte y se convierte en lugar de encuentro, en casa común. Podemos elegir los materiales con los que construirla.

Lo que no se cuenta se olvida, se pierde… deja de existir… eso lo saben muy bien todos los fascismos, que se han preocupado de silenciar y olvidar los cuentos que no les gustan, las versiones desacordes con la suya, incluso las palabras incómodas.

Contemos pues, con la voz desnuda o por los medios que tengamos al alcance, las historias sobre las que queremos edificar nuestro futuro.

Los cuentos no son cosa pueril, ya lo decía el genial Hans Christian Andersen:

Un buen cuento es el que duerme a la gente menuda
y
deja en vela a la que ya creció.

 

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