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Cuando todo era redondo como un disco

Prácticamente toda representación, si merece la pena, comprende una reflexión tácita sobre el arte en que se inscribe. Ello permitió, desde el origen, trazar la reflexión intelectual en el campo del cine. Sin hacer caso omiso a los primitivos más intuitivos, que bocetaron su modelo de representación en catálogos, la teoría se formó desde temprano a base de tasar y considerar las prácticas que los autores iban sacando a la luz. Es decir, la práctica impone la teoría, es por lo que Pureza Canelo mejoró el cavile de sus ensayos con el poemario Oeste, cumpliendo a Godard -las películas deben tratar, todas, del cine, igual que en la médula poemática ha de encontrarse la poesía más que el tema aislado del poema-.

La metapoesía se hace inevitable si nos movemos en un terreno de formas y sombra. Y así, por ejemplo, en el séptimo arte, es considerado de buen gusto que la fotografía remita al propio cine, a Louis Lumière, y que reproduzca mediante cualquier rectángulo –aunque Lumière usara formato cuadrado- una pantalla; que el ojo del director se meta por una ventana o saque rendimiento de la arquitectura; que encuadre, en definitiva, como vienen haciendo desde siempre los pintores. Los realizadores más avezados lo practican -pongamos Luis Rosales en La soledad- más que nunca, ya que la muerte del cine está sobre la mesa, consecuencia del adiós del dispositivo, esto es, del proyector. Pero también del celuloide y de la misma sala.

En plena vorágine digital, la música no es ajena al clima luctuoso, que según otros es simplemente de cambio –y que no es óbice para que siga habiendo muerte-. La cuestión puede ser el final de la cultura como cultura. Piratería e internet, huevo y gallina. El patíbulo reluce y a él acuden las cabezas huecas, en ejercicio de su voluntad, para ver si se rompen al caer en el cesto o escuchar el tipo de sonido cóncavo que desprenden.

Sí, tenemos un malbaratamiento del arte de la escucha a causa de los formatos comprimidos y la valoración espantosa de la cantidad de canciones –la anticultura- sobre la calidad y la reescucha. También tenemos un malbaratamiento del concepto autor y, producto del espectro virtual, del valor de lo físico, o sea, de aquello que existe. Por último, el malbaratamiento es de la propia producción bajo la idea falsa de que cualquiera puede registrar un disco en su cuarto trastero. A Godard le preguntaron qué opinaba de la perspectiva digital: “Ahora cualquiera puede hacer cine”. Imaginamos su carcajada interior. “Que lo hagan” dio por toda respuesta. Podría haber dicho indistintamente ‘que se atrevan’. O: ‘que vacíen de serrín primero la cabeza’. ¿Cualquiera puede hacer cine? ¿Quién es cualquiera? ¿El que saca una foto del pincho que le han puesto con la bebida para colgarla en una red social?

Dig out your soul, año dos mil ocho, contiene la despedida de Oasis a la vez que un tributo a la música y a los padres fundadores. Se llama ‘I´m outta time’, traducible como ‘Fuera de tiempo’ o ‘Fuera de lugar’ o ‘Estoy fuera de tiempo’. Apoyado en el contexto del estribillo -“Si me derrumbo, / ¿estarías ahí para levantarme / o te esconderías tras la ley? / Porque si me voy / crecerás en mi corazón, / que es al lugar al que perteneces”- es legible en doble vía: una, personal y transferible –transferencia, herramienta de curación-; y otra, histórico-musical.

Las estrofas recuperan cierta mansedumbre abstracta ya practicada, por ejemplo, en ‘Live forever’ –“Tal vez / no quiera saber realmente cómo crece tu jardín  / (…) / ¿Sentiste el dolor en la lluvia de la mañana?”-; en ‘Some Might Say’ –“Algunos podrían decir que el rayo de sol sigue al trueno, / ve y díselo al hombre que no puede brillar”- y en ‘Slide away’ –“Encontraré una manera de capturar el sol”-. En ‘I´m outta time’, que no fue un éxito, escuchamos: “Aquí hay una canción / que me recuerda cuando éramos jóvenes / Mirando hacia atrás, a todo lo hecho / debes mantenerlo vivo. / El mar, / único sitio en que duermo / y del que puedo obtener conocimiento. / Sabes que se está poniendo difícil volar”.

Parece mentira que unos estúpidos redomados como los hermanos Gallagher, que en las entrevistas, sobre todo en los noventa, apenas salían de la interjección fuck, hicieran luego tantas canciones buenas. Cierto que un ramillete de ellas guarda una deuda maleante a otras preexistentes, un peligro mortal que sortearon entre su circunscripción en el homenaje y la impresión de un sello propio y matrero, que exhibía una personalidad vocal y musical lujuriantes. El dúo tenía la historia de la música, que usaba de trampolín, y a los Beatles y a los Stones en la boca más tiempo que el micrófono. Algo que debió de escocer al fragmento indie de su parroquia, que suele, o solía, pensar que todo era, o debía ser, nuevo y que lo tradicional estaba superado como el Triásico. Aunque menos que muchos indies, los Gallagher eran estupidillos. Lo que me refuerza en la idea de que el creador bastante tiene con vaciar sus entrañas, un fenómeno raro, entre el parto y la autoextirpación. Dilucidar es tarea del teórico. Y si cuesta creer que estos hombres hicieran cosas tan buenas, no digamos que esa gema, ‘I´m outta time’ –en la que invirtió más de un año-, la firmara ¡Liam!, el más payaso, a la sazón compositor nimio; hasta el cuarto disco de Oasis no aportó obra y en los siguientes lo hizo de forma testimonial. Ni tan siquiera en su proyecto actual, del que es líder indiscutible, Beady Eye, ha logrado aportar la mayoría del repertorio.

Lo queramos o no, fuera nos sacan cuerpos de distancia en tareas compositivas, en cultura… y en el rodaje de videoclips. No es el mejor del grupo, pero el significado textual admite casi un decoupage. Oasis, consciente de su final como grupo y del final de la música como ha sido entendida durante décadas, firma su epitafio y el realizador del clip sabe interpretarlo, volcando un clima fantástico –el de la ambigüedad del arte- al que superpone una letra vacilante sobre el amor y la música –o el rock- como factótum y como contención de la vida; al menos en el edificio del siglo veinte. Sin esa sustancia –que engloba el modo en que debe ser consumida- las personas, melancólicas y desorientadas, se desvanecen o pierden parte fundamental de sí. Bajo esa perspectiva se rueda ‘I´m outta time’. Si los cineastas encuadraban y remitían a la idea de pantalla, aquí tendremos una remisión permanente al disco.

Play. Sobre unas nubes, la luna, redondísima, parece una bola de cristal a la que el protagonista, el propio cantante, somete sus dudas, enunciadas en la letra, en cuyo telón vemos, está dicho, el amor y la música, o el futuro de la música.

Paisaje natural. Mal tiempo. Un zorro poco zorrero. Asoma el hocico. Lo esconde. Nada taimado, asustadizo, como en cautividad, pretende refugio. Los reflejos de la luz forman un juego de círculos desteñidos y rutilantes que no se despegarán de la imagen. Justo antes de empezar a cantar, una mota ¿tapa? su boca -¿la enfoca?-. Y sobre un blanco y negro, permanentemente insinuante, estallan reflejos sobre lo que se entiende un río. La cara –elíptica, por supuesto- de una lechuza reclama sabiduría en las comarcas de la noche cuando… otra vez… la luna, agujero blanco del cielo, hace presencia. El concepto esférico transmuta de centro y ahora viene pronunciado por un sombrero fedora, o, en todo caso, de ala generosa, que tapa la visión –los ojos redondos- del cantante. En realidad, vemos media ala, pero media ala no es sino la evocación del ala entera, del círculo perfecto. Y del ala del sombrero pasamos a las alas de una mariposa que se alzan con la luna, nueva y redonda, testigo del crepúsculo. Seguirán los reflejos del agua, las motas de polvo, el paisaje adivinado nunca resuelto.

Va a detonar el estribillo. Dos motas blancas y redondas escalan el firmamento y unas notas de piano anteceden el momento culminante. El tiempo desapacible, el viento en contra -“Sabes que se está poniendo difícil volar”-, desnudan a un vilano, lo deshilachan, rompen su cabellera como a un pobre indio, y con ella rompen su redondez, de colmo, de disco, de cuando no había más que excelsitud. Pero veremos de seguido que sólo es arrancada aparentemente.

A la secuencia de acordes responde un caballo pastando sobre la cima de una colina que más parece la loma de un pecho, redondez concéntrica culminada en areola, pensemos en la portada de El pecho de Philip Roth y superpongamos la estampa de un vinilo o de un cedé y encontraremos pocas diferencias. Seguramente tampoco las encontraremos si intercalamos –como aquí sucede- los ojos –con su iris, su pupila, su esclerótica- de la lechuza anterior, también llamada lechuza de campanario, por lo que la suponemos apostada cerca de lo sagrado.

Tras el ave, los restos de una flor despeluchada nos devuelven la imagen de los restos del vilano, mostrándonos que, tras el pelaje de todo brote, sigue habiendo un núcleo perfectamente constituido. Queda lo que sería el cáliz, oval y nuevamente religioso; o el ovario de la planta, con su posibilidad de vida a la cintura.

El paisaje sigue iluminado por la luna; leche materna, alimento, luz. Liam se introduce en un caserío minúsculo, convertido en maqueta; dos farolas le guían; ellas despiden un fulgor que desdibuja su propia anatomía de lámpara, dejando en la atmósfera nada más que un circulo irradiante. En el pueblo destacan, virando, un carrusel y una bicicleta. Y llegamos al momento impactante, han pasado dos minutos y medio: nueve círculos perfectos o formas que remiten a círculos: el rostro de Liam Gallagher, sus  ojos, la boca, los orificios de la nariz, el ala del sombrero, al fondo la luna -que podría ser el planeta de la música- y, en primer plano, subrayando como un caligrama la cara del cantante, una última burbuja.

La mirada, por primera vez atenta, se expresa en oblicuo. ¿Dónde se dirige? Contraplano: una maleta, un picú, se abre, una aguja va a rayar el microsurco. El picú se abre solo, Liam se tumba en el suelo y descansa, puede morir en sus brazos. Primer plano del picú, ahí yace la redondez nuclear. Estribillo lamentoso, estoy fuera de tiempo, como suspendido. Y, en plena suspensión, un paracaidista cruza el cielo como una medusa, con el globo –recordando al ocular- abierto, técnicamente llamado campana... alrededor de la cual se componían las lechuzas.

El cielo, lugar de las ideas y de las emociones, brinda reposo. La persona, ida, mantiene su cabeza girada, buscando en la música el aire que le falta en los pulmones. El carrusel y un cilindro giratorio como los de los viejos postes de barbero siguen su curso –circular-. Liam calla, el elepé habla y lo que sale es un discurso, de cierre, cuya atmósfera remite a aquella conversación entre la Base y el Mayor Tom, llena de gravedad en todos los sentidos… y retrato de la frivolidad del mundo -“Has conseguido dar el Gran Salto / y la prensa quiere conocer / qué marca de camiseta llevas”-. La palabra que flota, suspendida en el tiempo, machadiana, pertenece a John Lennon –no en vano Liam llamó Lennon a su primer hijo-. Es palabra proveniente de su última entrevista: “Como dijo Churchill, cada inglés tiene el derecho inalienable de vivir donde le plazca. ¿Qué va a hacer? ¿Desaparecer? ¿No va a estar allí cuando regrese?”. ¿No va a estar allí cuando regrese?... ¿la base?, ¿la Tierra?, ¿el amor?, ¿la música?... En ‘Space oddity’, esa pirámide total y liriquísima, el Mayor Tom confesaba: “Las estrellas parecen tan distintas hoy (…) La Tierra está triste / y no hay nada que yo pueda hacer (…) Decidle a mi mujer que la quiero”. Tragamos saliva.

El antepenúltimo plano, el más bonito, contiene una rueda de bicicleta, unos bolos y un templete que evocan por última vez el plato del tocadiscos, encuadrándolo todo en circunferencia igual que la pantalla de cine redondeaba en paralelogramo. Al fondo, la música. En ella, la verdad.

Si hay que estar con el tiempo en que se vive, también hay que usar la brida para que el corcel no se desboque. Cualquier tiempo pasado no tiene por qué ser mejor, ¡pero tampoco peor! De hecho, mejora a mejora llegaremos al Gran Empeoramiento, de acuerdo con la segunda ley de la termodinámica. Frente a lo líquido, lo sólido. Y qué mayor solidez que aquella perfecta del disco, en la que hasta el amor se cumplía.

Enlaces:

Oasis: I'm Outta Time

David Bowie: Space Oddity

 

Bodegas Hiriart - Cigales

 

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