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El último que apague la luz

Ningún disco suyo despertó la curiosidad de su autobiografía; por lo menos, mediáticamente. Empezaron, que si merece figurar en el catálogo de Penguin; después, que adónde va con ochocientas páginas; luego, fíjate qué majo que ha pedido salir en bolsillo, o sea, barato; lo último, el primer puesto en la lista de ventas. También ha habido hueco para echarle en cara que no aclare sus preferencias sexuales, cosa que debe de preocupar mucho a la prensa inglesa. No debe de tener bastante con saber que aprueba algo cercano a la castidad. Algunos dicen que es homosexual y buscan chismes, confundiendo las librerías con los quioscos y la literatura con el Sun. Un país cuya prensa consta de ¡seis cabeceras sensacionalistas!, dos de derechas, una de centro y otra de centroizquierda no es de fiar.

Las preferencias musicales de Morrisey son mucho más interesantes y ésas, por fortuna, sí vienen en el libro, amén de un soterrado análisis sociológico de un país esquizofrénico, que parió el punk y votó a Thatcher. Sabemos que ahorraba para ver a los Stones y a Bowie y que admiraba por igual a New York Dolls y a Lou Reed. Frente a la alegría -o inconsciencia- de los Dolls, “los de la Velvet habían descubierto el infierno dentro de sí mismos y no les podía importar menos si te hacían sufrir. Su mensaje era simple: nunca tendrás nada”. Efectivamente, Lou Reed ha sido nuestro enviado especial, o corresponsal, al infierno. O uno. Ayer murió, hoy los medios –suspicaces con su antipatía durante las entrevistas- lo loan. Menos mal que las prejubilaciones, la frivolización y la sobrevaloración de la juventud y de la incultura todavía no han arrasado completamente el paisaje, dejándolo como una novela de McCarthy. Me imagino tomando decisiones a esa gente de la –redoble de tambores…- Generación Mejor Preparada, en la que hay de todo, también mucha tontería, jerarquizando la muerte de Lou, al que seguramente ni habrán oído. Me refiero a su nombre, su música lo doy por hecho, como las fotos de la última etapa. “Oye, llega un teletipo, dice que ha muerto Lou Reed”. “¿Y ese quién es? Bueno, da igual, ¿has visto qué pulsera me he comprado?”. Me comentó hace tiempo Juan Carlos Soriano, mascarón de proa de RNE, que uno de los problemas de descapitalizar los medios, todos, es que, en el suyo, la radio, empieza a haber emisoras con redacciones donde no sobra gente con facultades para decidir, a la muerte de alguien, si hay que darle treinta segundos o noventa. La cuestión es seria. Dependemos de la valoración. En el caso de Lou puede ser evidente porque es una súper figura, pero ¿y en el de un arquitecto holandés enfrentado al Movimiento Moderno?

Me preocupó la riqueza tipográfica digital e impresa dedicada al adiós a Alfredo Landa. Si se hubiese ahorrado el noventa y dos por ciento de su trayectoria no habría pasado nada. Lo peor es que a la semana o así tuvo la ocurrencia de fallecer Querejeta y emergió a las claras el estado de las cosas: la sexta parte de espacio. No es necesario andar todo el día en lo sublime para, aun contemplando el gusto del común, y satisfaciéndolo –puesto que la popularidad no deja de ser un subfactor de criterio-, saber ponderar y privilegiar la categoría sobre la anécdota. De lo contrario convertimos lo populachero en ciencia. Es así, la gente daría el Nobel a Coelho. Menos mal, repito, que todavía no está el paisaje arrasado y salen primeras páginas como la de hoy, veintiocho de noviembre, de El País, que anda a la deriva pero hoy parece el cuadro de un museo,  o una de esas primeras del NYT, que siempre pensaste que, además de periodistas curtidos, las diseñan arquitectos. En ella, en vez de una instantánea de la horterada de concentración españolista y antieuropea convocada ayer por lo que se ha dado en llamar Las Víctimas del terrorismo, sale Lou Reed de luto riguroso como venido del siglo pasado o como si hubiese muerto antes de la llegada del color a la prensa diaria. Dentro, tres páginas bien escritas. Abc –que un día parece un pasquín y otro el ejercicio de un quintacolumnista raso-, le dedica cinco, también, bien escritas. El Mundo, seis. Todavía hay esperanza. Hasta Losantos le dedicó por la mañana un hueco en su mesa.

Igual que en Lou había mucho Gingsberg y de Rimbaud, y de otras literaturas y artes escénicas y músicas, en la aristocracia del rock español hay mucho de él. Seguramente porque ésta tuvo que deconstruir la España franquista igual que él las cenizas desagradables del pasado inmediato, o sea, aquellos dejes pacatos, religiosos, provenientes de la cultura anglo, que nada tenían que ver con la ética, ni siquiera con la recta y necesaria moral, sino con una ideología retro y, como mucho, con el puritanismo. Cisuras que dejaron cicatrices en el pulmón y la cabeza de los ciudadanos, hendeduras que Paul Thomas Anderson retrata en alguna de sus películas. Patricio Pron nos recuerda que las obras más relevantes de la cultura estadounidense son simultáneamente documentos de la grandeza y de la decadencia del país que los ha producido. El realismo novelístico se ocupa de ello. El retrato posee alcance de denuncia desde Velázquez. O, mejor, desde Maquiavelo.

Lou Reed, padre de la música rock en España es, sobre todo, nube en los mares del mundo. Está, cómo no, en REM, Television, Sonic Youth, etcétera, lo previsible. Comparte maneras con Jagger y Richards. Con Bowie. Abrió senda a Iggy, Ramones y otros profesantes del rock urbano. Pero también lo imagino detrás de algunos grupos aburridísimos, tipo Placebo, y otras oscuridades de mentira, esas que creen que basta con poner a sonar el bajo y añadir chorus a la voz e, incluso, un poco de electrónica. Me estoy refiriendo a esos grupos cuyos integrantes tocan como hubiesen salido del hospital de parapléjicos de Toledo, España, con perdón. Pero toca ser claros, hay muchos, citemos dos. Los cargantes Joy Division –sólo hay que pensar que después fundaron New Order- y los tediosos Interpol –llevan tiempo sin dar la murga, sueño con que hayan desaparecido, usar y tirar, y reciclado sus guitarras-. Sí, imagino a Lou y su Velvet detrás de esas oscuridades profanas. Pero la sombra de este icono llega hasta el presente total. Cómo no reparar en los Strokes. Nuevamente, entre otros.

Cuando La Frontera registra ‘Mala vida’ en dos mil siete no necesita datar la procedencia del sonido. Cuando Loquillo regraba en dos mil uno ‘Barcelona ciudad’, tampoco. Los mismos Dandy Warhols llevaban parches y camisetas stonianas en el vídeo de su estupendo ‘Bohemian like you’. Nadie les ajaría que han sacado el riff de ‘Brown sugar’ o ‘Gimme shelter’ o… Pero otros hacen trampas. Toman al oyente por tonto y pueden hacerlo con libertad ya que a éste le falta un bagaje absoluto. Lo que ofende de tantos indies no es su ignorancia, sino la insolencia. Cuando, por ejemplo, salió Is this it? –gran disco- los posposmodernos hablaron de novedad. Era El Grupo. Hay que nutrirse del pasado para avanzar, sí, pero sólo pueden deslumbrar los Strokes de la manera en que lo hicieron a quienes nunca hayan escuchado a la Velvet. Pones seguidas ‘I´m Waiting For The Man’ y ‘The modern age’ y ‘Hard to explain’ y la segunda y la tercera no son más que variaciones de la primera.

El periodismo musical voluntarioso, con ganas de matar al padre, que no es sino matar a dios con figura interpuesta, como se ha dicho, piensa que todo se ha inventado siempre de ocho años para acá. Reducen el Big Bang a una plaga de dinosaurios. Con esa actitud centrada en lo último, demuestran ser los más inmovilistas y, por supuesto, reaccionarios. En este punto me apetece citar a Igor Paskual, y no su ‘putos indies’, sino el siguiente extracto de un artículo reciente: “Rockdelux y sus acólitos, durante años, se han arrogado una posición de superioridad estética y ética sobre otras escenas. Se creían con mejor gusto musical y comportamiento moral que los demás y alguien ha dicho, por fin, que el emperador va desnudo, que son tan machistas como todo el mundo. Y, claro, los gafapastas se han enfadado. Les recomiendo la lectura de White Boys, White Noise: Masculinities and 1980s Indie Guitar Rock, de Matthew Bannister, editado por Ashgate. Limpien sus gafas”. Límpienlas.

En lo estrictamente musical buena parte de los músicos y los críticos de ese palo ignora que todo lo hizo antes otro y -debido a la malnutrición imperante, que favorece crear malas canciones- lo hizo mejor. Apenas hay nombres que defender con ánimo. ¿Artic Monkeys? Están bien, sí, pero si eso es lo mejor que ha dado el siglo, puntos suspensivos. Es cierto que los Artic se dejan tupé y eso ya es mucho. Pero la dieta hipoglucémica, de ayuno constante de cultura, tiene consecuencias: la música que se consume se ha convertido en causa y consecuencia del problema. La letra de ‘Bohemian like you’ casi suena a reivindicación: “No, no he escuchado tu grupo / porque sois bastante nuevos. / Pero, si te gusta la comida vegetariana, / ven a mi trabajo: / haré que te cocinen algo que te encantará”.

En los ochenta y primeros noventa, hasta una emisora tan blanda e ideológica como los Cuarenta incluía música verdadera. No sacaremos una lista, entendamos que convivía la virtud con el defecto. Hasta el canto gregoriano entró en lista con Enigma. Hace años se está mejor en un vertedero –donde puedes escuchar crotorar a las cigüeñas y todo- que escuchando esa emisora. En los cincuenta, sesenta, setenta, ochenta y noventa, el medio imponía un criterio que afectaba sobre los gustos y hasta la excelencia se convertía en algo relativamente popular. Un criterio, quiero decir, con componentes artísticos, hoy erradicados por el factor económico y la sociedad líquida a partes iguales. A Lou Reed, aun siendo minoritario, cualquier persona a partir de cierta edad prácticamente lo conoce. En las mocedades actuales debemos añadir el factor nivel cultural si queremos que controlen la referencia.

Nunca, ni con John Cale ni en solitario, vendió toneladas. Sus grandes éxitos lo fueron a posteriori. El primer plástico de la Velvet despachó treinta mil en cinco años. Anticomerciales eran y son igualmente los Rolling Stones, no nos engañemos. Un ejemplo: año ochenta y uno. Salen de gira en plena apoteosis del Tatoo you y la registran en un disco, Still life, que para el no informado tiene que ser directamente insoportable. El nivel de ruido, de densidad sonora y raíz resulta insoportable para un oído simplemente semiacostumbrado al mainstream. Aquel directo, seguido y comprado por cientos de miles de personas, en su volcado contiene diez temas más intro y outro. Salen sonidos de Duke Ellington, Hendrix, versiones de Eddie Cochran, William Robinson, Norman Meade y Norman Whitfield. Y, para compensar, ‘Start me up’ y ‘Satisfaction’. Lo que ayer era búsqueda y compromiso hoy es exclusivamente comercio. Los trileros han logrado que hasta se pueda ir de frente estando de perfil.

Después de haber puesto siete veces seguidas ‘There is no time’, se me viene el experimental The raven. Lou Reed lo sacó en dos mil tres, el mismo año lo vi en directo. Tocó como solía: intentando hacerlo por debajo de sus posibilidades. Debemos agradecérselo. The raven, más recitado que cantado por un cantante que nunca cantó. Lo llamaron ‘talking-singing’. Lo volvía a decir hace poco Metallica, junto a quienes firmó su último disco: “Los críticos decían que no cantaba. ¿Cuándo coño ha cantado? ¿Esperabais que se convirtiera en Robert Plant?”. Nuevo ejemplo del magisterio de la imperfección. Dejemos que canten los productos. “Bisbal no es música es negocio”, sentenció, exacta, Christina Rosenvinge, tras la explosión de OT en la revista La Clave. The raven es música, Bisbal no. Obvio. Pero las cosas obvias hay que repetirlas.

La voz de Lou no era una voz, sino una suma de ideas e imágenes. Lou, un ejemplo al que seguir acudiendo para reivindicar la Factory, situada en la misma Union Square en que concelebraron manifestaciones y concentraciones en favor de Sacco y Vanzetti y de cualquier circunstancia a favor de los derechos civiles. La Factory era más que una broma. Arte, mecenazgo, contracultura real; la multiculturalidad es tantas veces de fogueo. Sus miembros usaron el concepto pop como un túnel por el que sorprender a las masas. Fueron un nuevo topo. Se servían del mercado pero no acometieron práctica que no fuera de riesgo. Y no me refiero a inyectarse heroína sobre un escenario. Lou fue tan minoritario como las películas de Warhol, afortunadamente valoradas por los grandes de la práctica –Guerín- y de la teoría –Weinrichter-. Transgredir, aun con viento a favor, no deja de ser meritorio si es sincero.

Después de la noticia del fallecimiento leemos que seis millones de personas podrían no disfrutar este invierno de calefacción en nuestro país. No dudamos ni medio segundo que Lou estaría con ellas. Marsé dice que siempre someten los mismos: en la dictadura, en la transición, en la democracia,… da igual. Son los mismos. Sabemos quiénes. Lou también estuvo siempre del lado de los mismos. A mí me basta. Apoyó el movimiento Occupy Wall Street, el 15M y criticó todo lo criticable. Le disgustaba lo que veía. Era un romántico, como también se ha dicho. La condición humana termina siendo un muro de carga contra el que poco más se puede hacer que elevar una protesta. La sociedad es la cristalización perfecta. Las cosas, como mucho, se cambian dentro de uno.

En las últimas giras confirmó que se cansó hace tiempo de luchar contra sí mismo. Entendemos que encontró la paz por primera vez, y abandonó la corresponsalía en el submundo, al conocer a Sylvia Morales. Contrajeron nupcias en el ochenta. Su segunda esposa fue Laurie Anderson, a quien conoció la década siguiente. Ella significó la reafirmación del equilibrio. Lo introdujo en el taichi y en la fotografía. La vida tranquila y familiar era, después de todo, la meta. Igual que Bowie, casadísimo con Imán. Algunos desean que hubiese seguido al límite, sin levantar el pie, y, probablemente, muerto prematuramente. Siempre es prematuramente. Qué fácil y gratuito, ver los toros sentado. Fue igual de auténtico o más en sus últimos veinte años. La vida serena y sin aspavientos era la meta, pero había estado combatiendo demasiado rato en primera línea, como esos chicanos del ejército estadounidense. “Soy fruto de la medicina moderna”. Siempre fue tarde para vivir demasiado. Se había matado noche a noche, lustro a lustro, conscientemente, como un japonés elegante, arrimando una daga al torso, cada vez más, pegándola hasta que acabó por hundirla, en su caso, bajo de los pulmones. Lo mismo escribió unos versos de despedida. Quizá todo empezó cuando, siendo un teenager al advertirle tendencias homo le aplicaron electroshocks a petición de sus padres.

Fue operado en mayo. La prórroga ha sido de cinco meses o de veinte años, según se mire. Si a Apolo le comió a pocos el hígado un par de buitres, a él se lo picoteó cada día una pareja de cuervos. Hasta el final, fiel a Poe. De alguna manera se inmoló por nosotros, como todos los héroes. La moral de Paul Thomas Anderson ya estaba antes, plena, en Lou Reed.

 

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